jueves, 22 de agosto de 2013

Los vicios privados dan lugar a virtudes públicas

Todas las épocas tienen algunos “mitos” fundadores, creencias que surgen de forma algo imprevisible y que arraigan profundamente en el pensamiento colectivo convertidas en principios orientadores de la conducta que se dan por supuestos y no se ponen nunca en cuestión. Es más, son la vara de medir con la que evaluamos casi todo lo que hacemos. Uno de esos mitos fundadores del mundo contemporáneo es la convicción de que los vicios privados dan lugar a virtudes públicas.

El autor de esa frase fue Bernard de Mandeville, quien en 1705 escribió un poema que tuvo gran aceptación, «El panal rumoroso: o la redención de los bribones». El éxito del breve poema hizo que 14 años después escribiera un libro amplio con el título que se ha hecho famoso: La fábula de las abejas. O vicios privados, virtudes públicas. Todo a lo largo del siglo XVIII siguió siendo un libro muy leído, duramente criticado por algunos y reelaborado por otros, en concreto por Adam Smith, uno de los grandes fundadores de lo que podríamos llamar liberalismo económico.

El mito es sencillo: según el autor, los seres humanos somos movidos sobre todo por pasiones, en especial por pasiones egoístas (era un seguidor del pesimismo antropológico de Hobbes). Ahora bien, esas pasiones, que podemos denominar vicios privados, entre las cuales está la codicia o afán de riqueza, no deben erradicarse pues si desaparecieran de la sociedad, esta colapsaría y desaparecería. Si los dejamos libres, sin intervenciones coactivas de las autoridades se llegará a un equilibrio natural (Mandeville es el primero en formular lo que se ha llamado la mano oculta de los mercados) proporcionando la armonía y bienestar sociales. Conclusión, el bien común, las virtudes públicas, se sustentan sobre los bienes particulares, los vicios privados. Si intentamos erradicar esos vicios privados, la sociedad dejará de funcionar.

El hecho es que la idea caló hondo y ha sido recuperada por los neoliberales actuales. Es sencillo; lo mejor que puede hacer la sociedad es dejar que la gente de rienda suelta a los vicios privados, siendo fundamentales dos, el afán de riqueza y el deseo del lujo. Cuando alguien busca hacerse rico, se convierte en un emprendedor creativo lo que genera riqueza y también, pues no de otro sitio sale esa riqueza, puestos de trabajo. Al mismo tiempo, esa riqueza le permite acceder a lujosas condiciones de vida, con disfrute de innumerables bienes materiales. La frugalidad, una cierta austeridad en el consumo, no es en absoluto una virtud y solo quienes son pobres y no pueden permitirse lujos alaban la frugalidad para encontrar consuelo a su pobreza, mientras en el fondo envidian a los ricos.

Muchos pensadores de la época, que profesaban las creencias cristianas, criticaron duramente esa posición. En primer lugar, porque no compartían esa visión tan pesimista del ser humano; en segundo lugar, porque consideraban que el excesivo amor a las riquezas, el deseo de lujo, era contrario a la actitud de un buen cristiano. La caridad, el amor al prójimo, era el eje de una buena vida, no el egoísmo.

Ya en el siglo XIX, fueron los movimientos socialistas de distinto signo los que arremetieron contra esa visión del mundo, proponiendo tomarse en serio la exigencia de igualdad y fraternidad que coronaba las declaraciones fundadoras de la democracia contemporánea. Las luchas obreras de manera especial bregaron a favor de un modelo diferente de sociedad, movidos por unas creencias totalmente diferentes: un claro optimismo antropológico y una exaltación de la solidaridad y el apoyo mutuo. Su esfuerzo se vio compensado por un progresivo avance del estado social o estado de bienestar, en el que todavía estamos.

Como todos sabemos, desde los años setenta --más bien desde los mismos orígenes del actual modelo de relaciones sociales-- las élites sociales o bloque hegemónico decidieron redoblar sus esfuerzos para conseguir que siguiera siendo dominante ese antiguo mito, recuperando incluso cierto atractivo que parecía perdido sepultado bajo la destructiva losa del Estado protector. Exaltaron la codicia, aunque bajo el eufemismo del espíritu emprendedor, y sedujeron a la sociedad con el espejismo del acceso a un simulacro de lujo.

Lo llamaron capitalismo democrático, convenciendo a la gente que la compra de acciones les convertía en propietarios del capital, codeándose con los poderosos. Y la gente mordió el anzuelo y se lanzó a invertir en bolsa, o a hacer planes de pensiones que, a su vez, invertían en bolsa con afán claramente especulativo. Claro está, buscando siempre el máximo beneficio, a veces bajo el nombre de acciones preferentes.

Lo llamaron consumo democrático o consumo de masas. Y la gente mordió el anzuelo e identificó bienestar con consumo, cuanto más lujoso, o más cercano al lujo, mejor. Quizá solo tenían dinero para unas “Royoban”, pero eran tan parecidas a las genuinas “Ray-Ban” que bastaban para quedarse satisfechos. Un traje de Stradivarius o un sofá de Ikea ayudaban a consolidar la autoestima… y sobre todo ayudaban a crear las grandes fortunas de los propietarios de esas marcas multinacionales.

Desbocadas las abejas de la fábula, el afán de lucro sin mesura ha provocado que los ricos se hayan hecho más ricos y los pobres más pobres porque lo que oculta el mito de Mandeville es que no puede haber riqueza ni lujo para todos, al menos mientras sean así concebidos.

Ha provocado también una fuerte crisis de la sociedad civil y de la democracia como forma de vida, pues estas se cimentan sin duda en unas virtudes públicas que van profundamente unidas a las virtudes privadas. La búsqueda del bienestar material (incluso entendido parcialmente como riqueza y lujo), solo puede alcanzarse en la medida en que se rompe la falsa contraposición entre buscar el bien particular y el bien común y se apuesta por un modelo en el que ambos van juntos, en conflicto sin duda muchas veces, pero siempre complementándose el uno al otro.

Fácil no lo tenemos, pues el mito sigue gozando de buena salud. Pero hay que seguir intentándolo, contando a favor con el hecho de que los seres humanos no somos esos seres egoístas depredadores de los que hablaba Mandeville, y con el indiscutible hecho de que la cooperación sigue siendo el mejor camino para lograr una vida de calidad.

El café y la filosofía

Es la segunda bebida más consumida del mundo y, para algunos filósofos, una pócima mágica para leer y entender el mundo: ¿qué dice el café de la cultura humana? El libro Coffee, Philosophy for Everyone compila ensayos de pensadores y antropólogos que analizan ética, estética, metafísica y cultura del café.

La bebida mágica que abre la puerta al intelecto

Por Nicolás Artusi

Todo exceso se funda en un placer que el hombre quiere repetir más allá de las leyes ordinarias promulgadas por la naturaleza”: ahí donde hubo un adicto después suele aparecer un converso. Maestro indiscutible de la novela realista y autor de La comedia humana, el pensador francés Honoré de Balzac tomaba cincuenta tazas de café por día como estímulo para su prolífica producción literaria. Acaso inspirado por Voltaire (ochenta tazas por día) o por Goethe (sesenta tazas), Balzac se convenció de que la sobredosis de café le provocaría una muerte precoz y, en un ejercicio de purgación masoquista, se obligó a masticar granos tostados y, con el pensamiento nublado por la penosa penitencia, escribió un delicioso brulote contra las infusiones, Tratado de los excitantes modernos: si es cierto que la verdadera fuerza del hombre se encuentra entre los dos excesos vitales, el intelectual o el sensual, para muchos pensadores el café fue el combustible mental que les permitió moderar la hybris y encauzar la libido. “El café produce una suerte de excitación nerviosa semejante al enojo: alzamos la voz; nuestros gestos expresan una impaciencia enfermiza; queremos que todo fluya como fluyen las ideas”, se maravilló Balzac antes de entregarse a la abstinencia estricta. Mientras la cafeína siga siendo la sustancia farmacológica más consumida del planeta, el “oro negro” será una pócima mágica que permite entender el mundo. 
“Pitágoras nunca tomó un latte, Sócrates nunca sorbió un macchiato…”, se disculpa Donald Schoenholt, distinguido como “el padre del café americano”, en el prólogo de Coffee, Philosophy for Everyone, el libro que compila ensayos de pensadores, periodistas y antropólogos que analizan ética, estética, metafísica y cultura del café: “La filosofía se aprovechó del café durante más de un milenio porque el café, quizás más que cualquier otra bebida, se identificó con el pensamiento occidental desde su llegada a Europa a través de Venecia durante el siglo XVII”. Una arqueología de la bebida dirá que la Ilustración encontró una estampita a la que adorar en la imagen de un molinillo de café que publicó Denis Diderot en su mítica Enciclopedia, allá por 1751: mientras Balzac pontificaba con la retórica del recuperado, intelectuales de distintas épocas y categorías, como Hegel, Lincoln, Rosseau, Marx o Bob Dylan se asumían como bebedores compulsivos. Cuando no existía el “agua finamente gasificada”, en las grandes ciudades se bebía alcohol a hectolitros, porque los ríos estaban contaminados. El café fue la primera “bebida social” que un hombre podía ingerir en público y en cantidades sin embriagarse, entonces como ahora acodado en la barra de un bar, discutiendo los vicios del capitalismo o las distorsiones del “relato”: la cafetería Lloyd’s de Londres, allá por el 1800, se bautizó como “la universidad del penique” porque, por el precio de un pocillo, cualquiera tenía derecho a discutir sus ideas para salvar el mundo.
Si una vieja ironía dice que el filósofo es una máquina que convierte el café en teoría, la conclusión es evidente: un espresso hace pensar a la gente. “Históricamente fue una bebida que encendió la chispa de la energía intelectual, a menudo de la manera más radical, a veces con una verborragia que condujo a la herejía y la sedición”, describe Schoenholt. El secreto radica en la cafeína: “Es la única sustancia psicoactiva adictiva que ha superado la resistencia y la desaprobación en todo el mundo, al grado en que se encuentra libremente casi en todas partes, sin regulación, se vende sin permiso, se ofrece sin receta en tabletas y cápsulas e incluso se añade a las bebidas destinadas a los niños”, dicen Bennett Alan Weinberg y Bonnie K. Bealer, autores de El mundo de la cafeína; la ciencia y la cultura en torno a la droga más popular del mundo: “Para el siglo XX, la vida cultural de la cafeína, transmitida en torno al consumo de café y té, estaba tan entretejida con los hábitos sociales y los afanes artísticos del mundo occidental que la baya del café había llegado a ser el cultivo comercial más rentable de la tierra”.
Elogio de la lentitud
“La analogía apropiada sería que el café y la filosofía van juntos como el juego previo y el sexo”, compara Michael W. Austin, editor de compilados superventas que analizan el pensamiento filosófico en función de la paternidad o el deporte, entre otros temas: “Usted puede tener uno sin el otro, pero lo segundo siempre es mejor después de lo primero”. El café es un inductivo del pensamiento lento, con la calma entendida como equilibrio, en el sentido que acuñó el periodista canadiense Carl Honoré: “En la filosofía de la lentitud, las personas descubren energía y eficiencia allí donde quizás menos lo habían esperado: en el hecho de hacer las cosas más despacio”. El ritmo pausado que exige la degustación de una taza genera la oportunidad de conversar, leer, pensar. La icónica foto de Jean Paul Sartre, sentado frente a su mesa fija del parisino Café de Flore y rodeado de otros parroquianos, discute su afirmación de que estamos solos en el mundo y además es la estampa definitiva que sugiere cómo debería verse un filósofo contemporáneo. En ese bistró se acuñó la broma que resume el pensamiento existencialista: Sartre estaba sentado cuando se acercó el mozo para tomarle su pedido. “¿Puedo servirle algo, señor?”. “Sí, me gustaría una taza de café negro sin crema”, responde Sartre. El mozo se retira hasta la barra y, cinco minutos después, regresa a la mesa: “Lo siento, señor, no tenemos crema. ¿Podría traerle el café sin leche?”.

“La analogía apropiada sería que el café y la filosofía van juntos como el juego previo y el sexo”.

Tan cierto como que los filósofos griegos reunidos en el ágora no conocían el frappuccino es que las cafeterías funcionan como plazas públicas modernas. Los bares son instituciones sociales. “Existe una cultura extensa, diversa y enérgica alrededor del café”, opina Austin: “Cuando hablamos de café también estamos hablando de otras cosas que lo acompañan: lo asociamos con la conversación y la amistad, con el arte y la lectura, con la política y la revolución. Y todos esos temas son del interés filosófico”. Si los fenómenos del marketing hicieron que la palabra “metafísica” se relacione con la sección de autoayuda de las librerías, la auténtica metafísica se ocupa de investigar la naturaleza de la realidad o, según la definición de la Real Academia, “el ser en cuanto tal y sus propiedades, principios y causas primeras”. ¿Existe Dios? ¿Las cosas son como las percibimos? ¿Hay libertad en el destino? ¿El café negro es pura agua filtrada o en realidad es una panacea?
“La devoción y la condena extremas sobre el café perduran desde su descubrimiento hasta hoy”, escribe Mark Pendergrast, autor de Uncommon Grounds, la biografía más completa de la bebida publicada hasta ahora. En el inicio de los tiempos, fue una inspiración para las prácticas religiosas y, si en su llegada a Europa se conoció como “la bebida del Diablo” (por su color oscuro y su efecto estimulante), en el año 1600, el papa Clemente VIII se vio obligado a bautizarla: “Esta bebida satánica es deliciosa”, reconoció: “Sería un pecado dejársela a los infieles. ¡Venzamos a Satanás impartiéndole bendición, para hacer de ésta una bebida verdaderamente cristiana!”.
Agua bendita en una iglesia de herejes
¿Cuándo se colaron los televisores y sus insufribles canales de noticias en los bares? ¿Por qué los porteños estamos condenados a padecer en silencio la repetición infinita del último choque en una esquina? “En las cafeterías, el mundo exterior parece haber desaparecido”, escribió el autor estadounidense Christopher Phillips en su ya famoso ensayo Socrates Café: “Los estantes están repletos de revistas y libros. Las paredes están cubiertas de cuadros. La música de las guitarras flota a través de los parlantes. Es el lugar perfecto para entregarse al pensamiento hasta cualquier hora”. A mediados de la década del ’90, con el propósito de acercar la filosofía a las masas, Phillips fundó el grupo Sócrates Café, que se proponía reunir a personas comunes alrededor de una mesa para discutir ética, estética, metafísica y cultura con la informalidad de una plaza griega y la inducción inadvertida a la búsqueda de respuestas según el método socrático: la discusión organizada, con interlocutores por turno, uno liderando la charla y el otro asintiendo o negando ciertas conjeturas.

El café fue la primera “bebida social” que un hombre podía ingerir en público y en cantidades sin embriagarse.

Según Phillips, todos somos “socráticos” en cuanto se cumpla con una premisa del maestro griego: que el hombre común ocupe con sus asuntos el espacio público. El grupo se identificó pronto como “una iglesia de herejes” y sus resultados se publicaron en un libro que tiene hasta hoy muchas reediciones.
Varios años antes, el filósofo francés Marc Sautet (1947-1998) había invitado a un pequeño grupo de amigos al Café des Phares, en la Plaza de la Bastilla, para celebrar conversaciones semanales. A medida que los encuentros se hicieron más populares, adoptaron el nombre de “Café Philosophique” y se extendieron por buena parte de Francia y otras capitales europeas. Estaban abiertos a cualquiera que tuviera ánimo de discusión y gusto por un café au lait. Aunque existía un moderador, no tenía la imposición rígida del atril: no eran conferencias ni lecturas públicas de textos, apenas charlas con agudeza argumentativa y espíritu crítico. Mucho antes de que se proponga fútbol, turismo carretera o merluza “para todos”, la obra de Sautet promovió la idea de que la filosofía puede ser ejercida por cada persona con voluntad de pensar.
La adopción de la cafetería como ágora fue inspirada por la idea posmoderna de que la filosofía debe abandonar los claustros y mudarse allí donde esté la gente, para jugar un papel más activo en la vida social. Desde el principio del milenio, este concepto fue el disparador de un interesante boom editorial que analizó los fenómenos de la cultura pop en clave filosófica, con libros dedicados a Dr. House, Mad Men, Los Simpsons o Lost y su relación con las grandes ideas. “Una cucharadita de azúcar ayuda a que uno pueda tragar un remedio y una dosis de cultura pop ayuda a entender a Kant”, compara William Irwin, considerado el padre del filón con su libro Seinfeld and Philosophy: “La filosofía tuvo un problema de mala prensa durante siglos, pero estos libros intentan cambiar eso, demostrando que el pensamiento puede ser relevante en la vida cotidiana”. Alguna vez, el genio inglés Bertrand Russell se lamentó de que “los tontos y los fanáticos estén llenos de certezas, mientras que la gente inteligente está llena de dudas”: la filosofía de coffee-shop tiene sus detractores, los que argumentan que no es más que una banalización de la sacra institución del pensamiento, pero sus defensores repiten que usar la cabeza no hace ningún daño y que, aun por ambicioso, el objetivo de la discusión no deja de ser el más noble que pueda existir: reflexionar sobre cómo hay que vivir.
Una copa de vino árabe
Como un lubricante social, el consumo de alcohol reduce las inhibiciones. Desde El banquete de Platón, escrito hace más de dos mil años, la imagen de los pensadores discutiendo acerca de los asuntos del día acompañados por una vasija de vino confirmó el vínculo entre las libaciones y el intelecto. El café es la bebida antierótica por excelencia: pone alerta los sentidos en lugar de enturbiarlos (de esta verdad se deriva el hecho de que nadie tome café para perder la cabeza y entregarse a la sinrazón de la pasión). “El café es licor sobrio y poderosamente cerebral que, muy al contrario de los espirituosos, agudiza el discernimiento y la lucidez. Suprime la vaga y tosca poesía de los vapores emitidos por la imaginación y, a partir de una realidad neta, hace brotar el destello de la verdad”, escribió el célebre historiador francés Jules Michelet (1798-1874). En su llegada a Europa a través de los hábiles comerciantes del Medio Oriente, el café se conoció como “vino árabe” y, mucho antes de la aspirina, se prescribía como medicina potente contra la fiebre, la gota, el escorbuto o la depresión, siempre preparado al modo oriental.
“La atmósfera general que rodea las ‘conversaciones etílicas’ se caracteriza por una falta general de sentido y seriedad”, distingue el filósofo Bassam Romaya en Coffee, Philosophy for Everyone. Entonces, ¿qué es lo que puede hacer un buen café por el pensamiento? El argumento más sólido es que esta bebida milenaria, gracias a su componente esencial, la cafeína, aumenta las habilidades cognitivas. Según Romaya, “el pensamiento mejora como resultado del consumo de café”. Las pruebas son químicas: se agudiza la capacidad cerebral, crece la atención a los detalles y se activa rápidamente la memoria de corto plazo. “Muchas de estas habilidades son necesarias, y a menudo empleadas, cuando uno se envuelve en la reflexión o el diálogo filosófico”.
Los intentos de encontrar el mejor método para practicar la filosofía no son nuevos: a través de la historia occidental, muchos pensadores discutieron qué significa filosofar, cómo obtener los mejores resultados y, por supuesto, si en definitiva sirve para algo o es un ejercicio inútil de onanismo mental. “Los filósofos a menudo discuten acerca de qué clase de indagación debería considerarse ‘filosofía’ y, sobre todo, nunca coinciden en qué convierte un pensamiento en ‘buena filosofía’”, explica Romaya. Si desde hace cientos de años se debate qué es el arte, para este autor la comparación exacta sería entre el pintor vocacional y el discutidor del café: “Ambos practican conceptos elementales de propósitos más complejos, pero que pueden ser mejorados con un mayor grado de dedicación y durante un período más largo de tiempo”. La conclusión es que el café ofrece beneficios en una amplia variedad de inquietudes profesionales o creativas: si los monstruos sagrados de la Ilustración se reunían en el Café Procope de París, las bestias de la poesía beat norteamericana hacían del coffee shop su lugar de rebelión y pertenencia.
En una aldea poblada por irreductibles galos, el senil druida Panoramix guardaba el secreto de la poción mágica que otorgaba poderes sobrehumanos: dos mil años después, la fórmula tiene estado público y, de tan ubicua, sólo exige que se capture la atención de un mozo y se dibuje una “c” con el pulgar y el índice (aun así, no intente cargar un menhir sobre su espalda). Si la cafeína fue descubierta por un doctor alemán en 1820 a pedido de su buen amigo J.W. Goethe, que tenía recurrentes problemas de insomnio, hoy perdura como el combustible intelectual de cualquiera que se siente en una mesa del bar de la esquina o del Café Descartes, ubicado en el centro de Chicago, que invita a la reflexión con su lema: “Bebo, luego existo”.

Filosofía de vida

El tema de tener y crear mi propia filosofía de vida es algo que me apasiona, como también hablar de ella cuando surge la ocasión. Para mí es algo muy potente que cada persona pueda crearla, tenerla y practicarla, por eso intentaré explicarlo lo más breve posible en este post.
Tener una propia filosofía de vida lo engloba todo, es un resumen perfecto de lo que eres, quieres para tu vida y cómo debes actuar en cada situación de tu día a día para sentirte pleno, útil y libre como persona.
La filosofía de vida va más allá de todo, porque es algo creado por ti a partir de un conocimiento exhausto de tu ESENCIA de persona, de los conocimientos y habilidades adquiridas, con lo cual esto te permitirá discernir lo que es bueno y malo para tu vida.
Crear una filosofía de vida no es un cortar y pegar de las que tienen aquellas personas a las que admiras o tienen éxito, porque esto lamentablemente es lo que hace la mayoría de las personas. Copian las recetas de los gurús de turno o personajes exitosos, lo aplican a su vida y por supuesto no suele funcionar. Entonces frustrados dejan esa manada y se van a otra mini manada en donde quien la lidera, explica su filosofía y algunos de los integrantes la aplican (porque otros escuchan y no hacen nada), vuelven a fallar, otra vez a repetir el cambio de manada y así sucesivas veces.
Tener tu propia filosofía ¡¡¡es no copiar a nadie!!!, puedes tomar y aplicar cosas de personas que admiras o te inspiran pero si quieres que tenga éxito debes adaptarla a lo que eres, porque ahí radica la diferencia, recuerda que todas las personas somos diferentes, tenemos una ESENCIA distinta y una misión de vida diferente, con lo cual si copiamos y pegamos perderemos nuestra identidad, autenticidad y seremos miembros de una manada, haciendo lo que nos dice el guía de turno.
Insisto que puedes copiar métodos, formas, planes, ideas, hábitos de los demás cosa que veo muy bien para aprender (de hecho yo lo he hecho) pero siempre debes adaptarlo a tu persona, por eso es vital e importante conocerse a fondo, ya que si no te será muy difícil tener tu propia filosofía de vida.
Recuerdo hace unas semanas atrás le pregunté a un cliente cuál era su filosofía de vida y me respondió: “ser buena persona”, ésta respuesta no significa nada para mi ni para él, es una contestación que demuestra la falta de conocimientos sobre sus propios patrones de vida.
Digo esto porque le pregunté al cliente que significa ser buena persona, después de unos minutos no supo responder. Esto que comento le sucede a la mayoría de las personas, a mí también me sucedió hace una década atrás cuando me hicieron la misma pregunta y no supe describir el significado de ser buena persona para mi, porque está claro que para cada individuo tiene muchos significados e interpretaciones.
El crear y vivir desde tu filosofía de vida te hará sentirte libre, podrás aportar e inspirar a quienes te rodeen, además no dependerás de que los agentes externos determinen si lo que haces es bueno o malo, tú sabrás perfectamente cuando has actuado con coherencia, bien, mal, regular o has sido fiel a tu filosofía.
Tu filosofía de vida te guiará en todo momento, te avisará inmediatamente si estás actuando fuera de ella o no, además el estar en sintonía plena con ella hará que te encuentres conectado contigo mismo en todo momento.
Pero ¿por qué es tan difícil crearla, tenerla y vivirla?, porque se necesita primero mucho conocimiento de uno mismo, luego tener la mente abierta para conocer a muchas personas y sacar de ellas lo mejor que tienen. Una vez hecho esto debes filtrar lo que puede aportarte a tu vida, adaptarlas a tu ESENCIA, tener un gran ejercicio de autocrítica para mejorar constantemente y no dejarte seducir por tus saboteadores para que no abandones la mini manada del gurú de turno.
Una vez hecho todo esto viene lo más difícil, que es tener el coraje y la valentía de ponerla en práctica, olvidándote por completo del que dirán, de esperar reconocimiento externo y romper con los apegos. Además esto provoca que el único responsable de tus decisiones seas TU, con lo cual ya no podrás echar culpas a los demás cuando las cosas no salen como habías querido.
Espero que haya podido aportar algo con este post, este es un tema para desarrollarlo en muchas hojas, pero quería dejarte la idea de la importancia de tener tu filosofía de vida y que si te interesa tenerla, puedes ponerte a pensar en ella y poco a poco ir ¡construyéndola!.

martes, 20 de agosto de 2013

Instrucciones para recrear un beso

...instrucciones para recrear un beso, consíguete un pedazo de luna, son más comunes en las noches no importa que no esté completa, apaga la luz, consigue un poco de pintura color azul o dependiendo tu estado de ánimo puede ser negra, o purpura, abre las cortinas, dibuja en tu ventana un cielo, y pégale el pedazo de luna que acabas de conseguir (generalmente va en la parte de arriba), puedes incluir estrellas, o nubes grises, luciérnagas, aunque no son obligatoriamente necesarias, enciende el tocadiscos para que suene la sonata para piano No. 14 en do sostenido menor, interpretada por grillos, ranas, búhos, y suspiros, relájate un instante, si eres de pilas apágate, si te conectas, desconéctate, trata de hacerlo en la parte más segura de tu cama, para evitar algún mal golpe, cierra los ojos aproximadamente 23 grados evitando que alguna de tus pestañas toque tus mejillas, ajusta tus latidos con algún reloj, de preferencia que no sea de arena, apaga la gravedad en tu habitación, ajústala de tal manera que no te estrelles con el techo, a media altura está bien, ahora si invita a tus sueños a alguna persona la cual como único requisito indispensable es el que sea poseedora de dos labios,  entonces obsérvala cuidadosamente con la parte de ojos que te quedo descubierta, acerca tu cara hacia su cara, ten cuidado con la nariz, se recomienda inclinar hasta 45 grados el cuello no mas, cada quien elige un lado, hay quienes prefieren formar una X, y otros que prefieren seguir la misma ruta que su compañero de beso, contempla como los dos ojos se convierten en uno, y las dos cejas también, no te espantes, es parte del encanto, llega hasta donde te limite el otro rostro, percibe la humedad de sus labios, puedes utilizar su aliento como guía, ten cuidado de confundirte con la respiración la mezcla de labios y nariz aun no ha sido considerada como un beso, siente el estrepitoso deseo de entrar a la persona a través de su boca, las ganas de ser devorado, libera tu lengua pero no la sueltes, dibuja figuras con ella, si hay otra lengua juega con ella, invítala a nadar como mantarayas en un hermoso mar, disfruta las reacciones secundarias del acto, piel enchinada, cosquilleos en genitales, golpes en el estomago, corazón desorbitado, y la sensacion de que todo lo demas no tiene sentido, incluyendo los pasos anteriores, a partir de este momento la connotación del beso sera directamente proporcional a la cantidad de amor contenida en la persona emisora-receptora, aunque cabe aclarar que aveces también con un poco de deseo y pasión tambien se puede llegar a lograr,  cede un poco de tu saliva la suficiente como para inundar el alma de la persona besada, pero no tanta como para quedarte seco, ya que posiblemente después sea necesario volver a repetir los pasos anteriores…

No existes

...he llegado a la conclucion de que no existes, eres imposible,  ilegible, eterea, volatil, impalpable, sublime, ficticia, imaginaria, utopica, virtual, falsa, quimerica, fantastica, ilusoria, irreal, y lo afirmo porque definitivamente no puedo creer que tu existencia quepa en mi, que tu grandeza eclipse tanto mi universo, que tu belleza destruya mis conceptos de flor, de cielo estrellado, de rojo atardecer, de la belleza en si, no puedo creer que tu voz necesite un pentagrama y tus palabras un libro de poemas, no puedo aceptar tu luz atravezandome el alma, tus caricias golpeandome el corazon, tu silencio ensordeciendo mis oídos, refuto este cardumen de sentimientos, niego este alfabeto de simbolos entre tu y yo y me deslindo de la idea de creer que realmente existes, pero porfavor apaga la luz que ya es hora de dormir...

Tus ojos

…y vi tus ojos profundos, callados, como aturdidos, quizás por un recuerdo, los vi opacos sin brillo, como esas noches sin luna, como el amor sin luz, al borde de una lagrima, a la horilla de la melancolía, ¿donde escondías tu mirada?¿ Porque tus silencios son tan grandes?¿de que se trata el tiempo a la hora de olvidarse? Tus pupilas sin mar, no quiero decir que sin sueños, nostalgia de ojos que dejaron de verse, pero el tiempo es muy pequeño a la hora de irse, la palabra adiós es muy corta tomando en cuenta que a veces significa eternidad, o nunca o jamás, pero los cosas pasan o dejan de pasar y tus ojos andan por ahí de ambulantes en la opacidad de las nadas que a veces pierden sentido o prescinden de él, así sucede que a veces ando por ahí yo también, con estos ojos que no saciaron de verte, y veo en tus ojos profundos y callados que ya no puedes verme…

El pensamiento de la muerte. Nietzsche

Siento una melancólica felicidad al vivir en medio de esta maraña de callejuelas, de necesidades, de voces: ¡cuánta fruición, impaciencia y apetito, cuánta vida sedienta y embriaguez de vida sale a la luz en cada instante! Y, sin embargo, ¡qué gran silencio reinará pronto alrededor de todos esos hombre ruidosos, vivos y sedientos de vida! ¡Cada uno de ellos lleva tras de sí su sombra, su oscuro compañero de camino! Es siempre como en el último instante previo a la partida de un barco de emigrantes: tienen más que decirse uno a otros que nunca, el tiempo apremia, el océano y su vacío silencio esperan impacientes detrás de todo ese ruido, tan ávidos, tan seguros de su botín. Y todos, todos piensan que lo que han tenido hasta ese momento no es nada, o es poco, y que el futuro cercano lo es todo: ¡y de ahí esa premura, ese griterío, ese ensordecerse unos a otros y aprovecharse unos de otros¡ Todos quieren ser los primeros en este futuro, ¡y sin embargo la muerte y el silencio de los muertos es, de ese futuro, lo único seguro y lo común a todos¡ ¡Qué raro que esta única seguridad y comunidad no tenga casi poder alguno sobre las personas, y que de nada estén más lejos que de sentirse como la cofradía de la muerte! ¡Me hace feliz ver que los hombres no quieren en modo alguno pensar el pensamiento de la muerte! Me gustaría emprender algo que les hiciese cien veces más digno de ser pensado el pensamiento de la vida.

lunes, 19 de agosto de 2013

La vida y sus consecuencias mortales

"El hombre aprende que en cualquier forma no puede durar, que todo placer es breve, que para todas las cosas finitas la hora de su nacimiento es la hora de su muerte –y que no puede ser de otro modo".
Marcuse, Eros y civilización.

Muchas veces me he preguntado acerca de los homenajes póstumos; recordar que alguien existe justo cuando acaba de dejar de existir. Qué ironía. Y saber que justo eso pretendo hacer ahora.
Todo parece indicar que las verdades de la vida son aquellas que atañen a la muerte, las que pese a la modernidad no podemos controlar del todo, ni predecir, ni detener: que todos nos vamos a morir en algún momento y que por ello no existe, más allá de la metáfora, la inmortalidad. Aquellas verdades que después de sucedidas nos dejan precisamente inmersos en procesos tan mundanos, tan ligados a la vida como son los trámites de una muerte ajena. Y es que para los vivos no existe tal cosa como morir a secas: rituales y gestiones que procuran dignidad y hermosura en la partida nos ponen de pie en lo práctico y nos acercan a la vida mediante la recordación de la muerte; bella como diría Petrarca y definitivamente mujer como añadiría Saramago.
Consideremos entonces que tal vez seamos como gatos y tengamos varias vidas; o que sea posible reencarnar en árbol, sapo, vientre, uña, sueño, cronopio o espada; y luego volver a morir. Y que esa simple posibilidad de mutar en forma y perspectiva es una nueva vida ligada a la anterior pero prácticamente independiente en acciones y consciencia; de nuevo frívola o colorida o mundana y con consecuencias mortales.
Pensemos ahora en cada vida cuya única condición es el fin, en cómo la lógica de la misma parece dibujarse consecuencial y sutilmente predeterminada, en cómo se adoptan las maneras y se asume una normalidad sobreevaluada y malentendida. Entonces todo parece implícito, contenido en la conducta cotidiana: caminar por la derecha, comer con cubiertos, salir vestida a la calle, no leer en voz alta en la biblioteca, pedalear la bicicleta antes de levantar los pies del suelo. Y todo parece natural menos esa primera única condición, la finitud. La comprensión de esa finitud y por ende de la potencial insignificancia de un individuo desembocará entonces en sujetos lúcidos aparentemente locos; sepultureros de Hamlet que cavan tumbas con canciones, paseadores infernales de la mano de Virgilio, plañideras que ríen después de llorar dolores ajenos o niños ingenuos que juegan con arena.
Y entretanto, de este lado seguimos los vivos, viendo cómo otros se van sin tener la osadía de desligar nostalgias; hace pocos días fue asesinado Facundo Cabral, antier murió Gustavo Zalamea Traba y ayer en la mañana murió mi última bisabuelita; y seguimos estando aquí, como observadores del fin de unas existencias que, cada una a su manera, imprime un recuerdo y cuyo recuerdo, por amor o por admiración, conmueve. Porque no importa si hemos visto la desgarradora Guernica, o si hemos caminado por La Comala o conocido la bañera de Marat o a la bella Ofelia de Millais–y a Rimbaud escribiéndole poemas-, pues a diferencia del asesinato (incluido el propio), la muerte natural humaniza a quien la rodea; le permite descargar, dejar partir y reconocer su propia pequeñez; como ahora, despidiendo a mi bisabuela que como Celestina a Melibea, amó hasta su muerte pero aconsejó amar de jóvenes y dejar a la vejez con los vericuetos de la enfermedad. Que en paz descansemos.

Juliana Castro

Olor del mar

Entre los recuerdos que se burlan de los presentes, aparecen siempre, y sobre todo, aromas particulares. Algunas veces, aparecen también esos sabores que transportan cuerpo y alma, sin que parezca que uno quiere ese transporte.
Un aguaribay, la tierra mojada, el café, el higo dulce, el olor del mar...

Hay aromas más fuertes que otros, más invasivos, que todo lo tiñen. Hoy pareciera para mí, que todo tiene el olor del mar. Mis manos, mis libros, mi almohada, los sueños que me despiertan a mitad de la noche casi llorando o los que adornan las tardes de estíos lluviosos. Las hojas de los cuadernos en escritos desordenados, la humedad de las voces que resuenan cantando canciones ajenas o lejanas, la sal que se pega en la piel.

Todo tiene el olor del mar, todo tiene el ruido de las olas contra las piedras, todo tiene, en el fondo, la textura de la arena en la piel cuando las sonrisas solamente caían una tras otra y no había que buscarlas desaforadamente.

Los recuerdos no son más que burlas, inventos o intentos de permanecer ausentes en el presente. Son tubos de ensayo, llenos de líquidos coloridos, distractores de dolores o pinchazos continuados; monerías de niños que no quieren ir a dormir, caminatas sin rumbo.
Los recuerdos se inventan, las añoranzas se escatiman en los días nublados, el ruido sordo sucumbe ante las melancolías peligrosas de ardores que pinchan y queman.

En días como estos, quisiera devolver el sentido del olfato, para dejar de tener ese pinchazo tan hondo; o mudarme a la luna, o dormir un sueño largo sin sueños, o abandonar mi mente colgada en cualquier percha...

Rayuela

Llegar al cielo con los pies. Mirar hacia arriba para transportarse al infinito. Para convergir en distintos espacios. Donde Paris y Buenos Aires se recorren sin distancia. Sin distancia material. Sin distancia kilométrica. La misma que separa al cielo de la tierra. Ausencia de caminos terrenales que exceden la mera acción de arrojar una piedra y caminar diez pasos.
Territorio de baldosas cuadriculadas. De hormigas en los zócalos de Banfield. De palabras inciertas. De puntos y comas. De Tango y de jazz.
Vanguardia literaria. Ruptura de estructuras. Arte continuo. Música. Pintura. Letras. Tiempos modernos. Clásicos. Barrocos. Piano, manos y voz. Pero, también ceniceros. Cortinas sucias. Sábanas desprolijas, manchadas de amor.
Una habitación-Paris, de Maga torpe e impulsiva. Con fragancias tardías y desgastadas. Con sonido musical. Con un pieza-cama que se extiende en el espacio. Sin bordes. Sin límites. Que se confunde con el piso cálido, mientras las sábanas se enredan con la ropa de todos los días. Porque los placares se abrieron y se convirtieron en repisa de vasos acumulados. De botellas sin terminar. De relojes como adornos. De tiempo sin registro de tiempo. De libros inconclusos. De discos esparcidos. De ventanas cerradas. De humo y de amor.
Una cocina- Buenos Aires, de Grekrepten condescendiente. De palabras formales. De vida cotidiana. De costumbre segura. De registro de tiempo. De plato en la mesa a la hora de comer. De televisor con noticiero al mediodía. De rutina y diario a la mañana. De ducha y café con leche al despertar. De olor a torta fría y sabor a mate amargo. De siesta y de mesa de luz.
Donde París-amor, maga-oliveira, parís-deseo, Oliveira-Pola difieren de Buenos Aires-rutina, Oliveira- Grekrepten, Buenos Aires- costumbre, Talita-Traveler.
Cincuenta años de hombres que quieren ser Horacios. De mujeres que quieren ser Magas. De puentes amarillos, de paraguas olvidados. De amores que irrumpen como la lluvia a la salida de un concierto.
Bretón, dada, Duchamp y el automatismo de Cortázar materializado en novela.
Hernández, Discépolo, Borges y la pertenencia que los aires porteños tienen por Cortázar.
Pero Rayuela es de todos. Tan universal como los mitos griegos. Tan universal como la religión. Como la literatura. Como las palabras que despliega el escritor para lanzarlas al mundo y para que el mundo se las adueñe. Como los conejitos que se vomitan sin aviso. Como el Axolotl que contempla la vida desde una pecera o el Cronopio que se incomoda cuando lo miran demasiado.
1963. Rayuela. Cincuenta años. Revolución literaria. Revolución intelectual. Un libro. Un juego. Una piedra. Un salto que te mantiene en la tierra, te transporta al cielo y te permite regresar.

domingo, 18 de agosto de 2013

Sobre mentira

Los animales se equivocan, olvidan, pero no mienten. Exclusiva humana es la mentira -que es la realidad que socava, que merma, que mina su esencia misma, que es la razón, para extraviarlo en los confines de su ser irracional. El hombre es el animal que por la mentira socava su propia esencia, la racionalidad, en una vuelta, forzada, hacia la animalidad -retrogradación que en el hombre no puede ser sino simbólica y, justamente por ello, monstruosa.
   Pero quien miente acerca de algo, tiene ya algo acerca de lo cual mentir, algo que usurpar. Así resulta que la mentira, y el mentiroso mismo, son algo derivados, meramente apendicular, algo secundario y perfectamente extirpable .como los solecismos para la retórica. Ser segunda y ser sombra, esos son sus estigmas,  y el tributo que rinde la mentira a la verdad, al cuerpo, a lo principal.
   La mentira no es otra cosa que la negación misma, pero disfrazada del algo, de algo en apariencia positivo. Su arte, en efecto, no es otro que el de la apariencia, el de la representación. En sí misma es una nada, pues en su puesto subalterno, dependiente, tiene que partir, necesariamente, de algo cierto a partir de lo cual mentir. Sus mecanismos psicológicos son propiamente los de la envidia; los de el deslumbramiento por algo que, en esencia, no puede o no se atreve a aceptar, y que interiormente mina, corroe, porque le es inasimilable, porque le da nausea, en una perfecta inversión de los valores. Primero, así, postula su adhesión al principio que contradice, del cual duda, en el cual no cree; luego, adopta  para volverse acepto una especie de elaborado formalismo estéril, profitando de dientes para afuera, clamando con la voz en cuello el valor que envidia: actúa. Se acerca entonces a la luz, pero la luz la hiere; es, sin embargo, el contenido a partir de lo cual tiene la mentira algo a partir de lo cual falsea, aquello que mentir, que deformar, que ocultar. 
   Negación u ocultación de la verdad, contradicción franca, llana, o encubierta de la verdad, la mentira parte de la verdad -sólo que en la dirección contraria, creando la tensión sin poder ya proponer otro principio, con el avieso propósito atropellar a la verdad y así romper el hilo, el cordón umbilical, de independizarse pues, para lo cual afanosamente se agita, se desvela, se contrae, se retrae, se exalta, se alarga, se hincha. Luego de pasar por arriba de la verdad, que en realidad es siempre por debajo, la mentira se vista de apariencia de verdad para así sustituirla.
   Su tercer estigma es la doblez, los interminables repliegues y dobleces del psiquismo, que terminan siempre en un recoveco, en un remolino de confusión, que es donde la corriente de su psiquismo jalará las aguas siempre para su molino, siempre insatisfecho, de muelas lisas y cascadas, insatisfactible pues. Psiquismo escindido, doble, de doble moral, que aparentemente habita en la casa, en el mundo, con nosotros, el mentiroso en realidad es un fantasma, que no está nunca del todo en el lugar donde aparece, siempre en actitud de fuga, de huida, que nos da la espalda cuando nos muestra la cara. Zorro, astuto prestidigitador que borra sus pisadas, el mentiroso esfuma el valor del que pende, como de un hilo, apenas al tocarlo, ya no está, o no lo vemos, porque se ha vuelto invisible, inasible. 
   Su imagen es así la del espejo, la del Narciso rebotando en el charco de agua: es pura ideología, un constructo, infiel, por ser un reflejo invertido de la realidad. Primero calca, copia, imita, para luego mudar el valor que adopta a manera de bandera, retorciéndolo hasta convertirlo en otra cosa. 
   Porque todo en el mentiroso es reflejo sus verbo es siempre cínico, reflexivo, meditado, ideológico, repito, y por tanto cuando miente, se miente, se niega a sí mismo, y es su vida así un barranco, un pozo plagado de vericuetos y contradicciones, asolado por la esterilidad, pues el valor que postula y luego niega no puede sino transformarse en cosa, en materia manejable, de volumen denso, en atmósfera pesada, y sin embargo huecas, óseas, sin vida. 
   El mentiroso se ha vuelto así un hombre-espejo, saturado de proyecciones de sus culpas, amortajado por de sus contracciones, por sus faltas, por sus carencias. Reflejo y fantasma de sí mismo, hombre que se persigue sin poder nunca llegar a sí mismo, fugitivo de su propia mano que se vuelve contra él al señalar a otros, es el espíritu del mentiroso donde se encuentra mayor horror y mayor oquedad -también y por lo mismo, mayor poder, esa fuerza que luego es flácida, de descomposición y disolución social.

La mentira

El estigma de la mentira es la doblez: de ahí su máscara, de ahí también su persistente desequilibrio ciclotimia, su enajenación, su constante desacuerdo, su ínsita anarquía, su rebeldía. Por ello su figura más acabada es la del fariseo, la del hipócrita, la de burlador, la del volteado –pues suelen ser lo que no dicen y no dicen lo que son, no pudiendo así ser tampoco vienen a bien quienes dicen ser.
Porque la mentira frecuentemente comienza como un ocultamiento de los hechos, en mentirlos, lo que trae como consecuencia un desajuste de todo el tejido de hechos objetivos en que descansa la verdad, siendo en este sentido también cometer una injusticia, un desarreglo, un desacomodo, lo cual lleva por necesidad a reducir extraordinariamente los horizontes de experiencia y aun vital del mentiroso.
Así, lo que suele comenzar como un juego bobo de egoísmo y conveniencias pronto se transforma en una cadena que lleva al mentiroso a mentir-se a sí mismo y caer, más pronto que tarde, en el autoengaño: al fingimiento, falta o carencia de verdad a la que entonces se suma la actuación de una postura, de una posición, que ya no se tiene, que se ha perdido. El falsario tiene entonces que subir a escena, sobreactuando frecuentemente su papel por... por ... por desesperación: desesperación de no poder sí mismo o por haberse falseado a sí mismo. Juego premiado, es verdad en este mundo mundo matraca, pero que es en el fondo prisión, penitencia y castigo.
Lo que entonces persigue el mentiroso, más que nada, es ser respetado: lo que traducido en términos contemporáneos equivale a una condición mínima: que se le otorgue una especie de licencia de libre circulación, es decir, a que no se pidan cuentas ni transparencia -o dicho en otra fórmula, que se le permita seguir sin responder de los hechos, en la la irresponsabilidad (donde hay por ello tal vez algo de clandestino). Nada peor hay para el mentiroso que pedirle cuentas, o moverlo al sitio de la luz pública o de la transparencia -pues requiere de la opacidad para seguir ejerciendo, desde las sombras, en una especie de subjetivismo rampante donde se mezcla la falta de personalidad con la burla al prójimo que, de tener que salir a la palestra, vuelve a ser con el fingimiento de una respetabilidad que en verdad ya no tiene, que ha perdido.(fenómeno sólito en el mundo de la pedagogía, de la educación, en todo el mundo, pues, de las relaciones sociales).

Falla avalada socialmente es frecuente la mentira, a la que por último hay que sumar, junto a su dobles, confinamiento, actuación la entrada en la casa de los espejos, donde se desarrolla una imagen falseada tanto de la persona como del mundo mismo, con una recaída lamentable en la petrificación, muchas veces narcisista, de los sentimientos,de donde la mirada queda oscurecida por el velo brumoso del olvido y la insistencia, maniática, en un perpetuo ahora, donde el mentiroso llega a creer su mentira: exhibiendo así, por último, una especie de austosuficiencia de sí mismo, de dar razones (de ahí su vuelco y revuelco en el racionalismo), pero que desemboca, más pronto o más tarde, en la caída hacia adelante del existencialismo: en ser puramente hecho, irresponsablemente, no importándole que razones dar, no importándole ni tener ni dar razón, sin importarle ser simplemente de hecho, pues, y ya sin razón de ser.

Disney estrena "Nietzsche"

El viernes pasado se estrenó en más de 500 salas norteamericanas la última producción de dibujos animados de los estudios Walt Disney titulada “Nietzsche” y que explica la conmovedora vida del filósofo alemán.
“Nietzsche” ha contado con un presupuesto de más de 90 millones de dólares y ha sido realizada de manera tradicional, sin el soporte de la tecnología en 3D. Su director, Wolfgang Reitherman, es un artesano de Hollywood de origen alemán con más de 40 años de experiencia en las producciones animadas, y ya realizó en 1967 la muy exitosa “El libro de la selva”. Escrita por los mismos guionistas de “Lilo & Stich” o “Daltónico por sorpresa”, “Nietzsche” explica la historia del solitario Friedrich, un tímido profesor de universidad que desea hacer una aportación importante en la historia de la Filosofía pero no sabe cómo hacerlo sin pasarse mucho. En sus aventuras le ayudará su fiel Wagner, un perro salchicha con patillas y boina muy dicharachero y “tocacojones”, que le seguirá a todas partes hasta que, a media película, un muy harto Friedrich termine por cortar con un cúter al chucho por la mitad.
Otros personajes que sí aguantan hasta el final son: Zarathustra, un acordeonista desnutrido que vive solo en una montaña; Superhombre, el rencoroso malvado que no perdona a Friedrich que no sea él el protagonista y Ecce Homo, un gay ingenioso y bailarín que trabaja en el Starbucks donde suele ir Nietzsche a escribir.
Antes de que se estrene la película, ya se han alzado algunas voces en su contra con el argumento de que difunde entre los niños una visión nihilista del mundo, “como si no lo fueran ya lo suficiente”, escribe un muy enojado Isaac Leonard en su columna de Variety. Pese a todo, los productores han comenzado ya a preparar una segunda parte. Se titulará “El eterno retorno” y arrancará con un Friedrich ya sumido en una total locura y, por tanto, será una cinta sin un argumento claro, eminentemente musical, muy en la línea del clásico de Disney “Fantasía”.

Kindle Toucho

Amazon dio a conocer el pasado viernes su principal novedad de cara a las Navidades: un nuevo modelo de Kindle de 5 kilos pensado “para aquellos que necesitan mostrar al mundo que leen libros que no se salta un galgo, gruesos como el muro de un castillo y pesados como el plomo en el planeta Urano”. El nuevo eBook, que presentó el mismo Jeff Bezos, presidente ejecutivo de Amazon, consiste en un pequeño cofre de madera de peral sabio y acabados en cuero y oro que es necesario sostener con ambas manos “para que todo el mundo pueda apreciar el enorme esfuerzo físico e intelectual que requiere leer algunos libros”.
“Pongamos por caso el Necronomicón, un libro que contiene un saber tan arcano cuya lectura provoca la locura y la muerte. Es ridículo leerlo en una tablet que cabe en el bolsillo de la chaqueta. El nuevo Kindle Toucho soluciona este problema: uno no puede invocar males primigenios con un dispositivo del tamaño de una novelita romántica”, explicó Bezos.
Esta tablet (de 40 centímetros de altura, 15 de anchura y 25 de grosor) se venderá también con polvo incorporado para que el usuario tenga la sensación de que va a leer algo que no ha abierto nadie en mucho tiempo “porque el mundo está lleno de imbéciles que, a diferencia de nosotros, no son capaces de entender lo que estamos a punto de empezar a leer”.

En la red ya son muchos los que han mostrado su recelo respecto al nuevo “Kindle Toucho”: “Todo el mundo quiere aparentar ser un gafapasta, ya me veo a muchos cargando con el nuevo Kindle para que todos piensen que están leyendo ‘El Ulises’ de Joyce cuando e en realidad estarán leyendo cualquier mierda con vampiros en la edad del pavo”, podía leerse en los comentarios de una web de tecnología.
Sin embargo, desde Amazon se han adelantado a los posibles malos usos de su nuevo “Toucho” con un dispositivo de seguridad que hará que el Kindle explote en cuanto alguien descargue en el mismo cualquier libro de Coelho, cualquier texto que no contenga un mínimo de 2000 metáforas o novelas con la expresión “…dijo ella en un suspiro mientras sentía cómo el destino se le escapaba entre los dedos de las manos como si fuera la fina arena de una playa olvidada”.
Por su parte, Apple, “apostando por la usabilidad”, ha respondido a la oferta de Amazon anunciando que la nueva actualización del iPad mostrará las frases que hasta ahora había que leer entre líneas “con el consecuente desgaste que eso supone para el usuario”.

Desarticulada una red de psicoanalistas

La Policía ha capturado esta mañana a los integrantes de una red de trata de neuróticas de clase media alta que operaba en Barcelona. “Eran todos de nacionalidad argentina y habían alquilado un local en el barrio de Pedralbes. Se dedicaban a analizar a sus víctimas a cambio de dinero” ha explicado uno de los agentes. Al parecer, las sesiones de terapia estaban diseñadas para que el agredido volviera una y otra vez a la consulta hasta arruinarse.
“No se anunciaban a lo grande, claro. Procuraban que las vecinas se recomendaran las sesiones unas a otras. Así es como me engancharon a mí. Al principio me pedían que les hablara de mi infancia y de mis sueños recurrentes. Cuando al cabo de tres meses ya lo había contado todo, no me pedían nada. Sólo que me sentara en el diván e interpretara dibujos. Pero al final de todo ya ni eso. Yo les decía: ‘qué’. Y ellos contestaban: ‘qué de qué’. Sí es cierto que me sentía más relajada, pero ahora me he dado cuenta que era por las siestas que me echaba allí”. El testimonio de esta víctima anónima que cayó presa de la red hace dos meses ha servido para conocer la metodología de los psicoanalistas y detectar otros posibles casos. La Policía recomienda que, para evitar caer en engaños similares, se desconfíe por regla general de la gente con perilla que habla de sueños.
Aunque las autoridades no lo han confirmado, algunas fuentes cercanas a la investigación sospechan que el objetivo último de los psicoanalistas argentinos era reunir el dinero suficiente para construir un robot de Sigmund Freud cuya misión sería despertar el inconsciente colectivo y sembrar el caos en Occidente.

sábado, 17 de agosto de 2013

Paris

Anoche soñé. Lamentablemente, y como de costumbre, sólo quedaron en mi memoria trazas del sueño, entre ellas una mujer voluminosa que, por calles atestadas, siempre obstaculizaba mi paso. Mientras avanzan los minutos noto cómo con ellos se difuminan esos contados vestigios de la aventura nocturna, pero hay algo que me asombró en el sueño y que me sigue asombrando ya despierto. Vagábamos por París, paseando en coche por sus calles antiguas, y recuerdo que miraba hacia arriba con el asombro con el que miran los niños, reconociendo los laberintos de Cortázar, adivinando a Ribeyro en uno de sus paseos tristes, reviviendo a Pardo Bazán mientras investigaba el mundo por aquellas calles de cuento. Los edificios se alzaban tan hermosos, tan inesperadamente hermosos...

Nunca he estado en París, y aunque muchas veces vi, en fotos y películas, sus edificios más emblemáticos, ese tipo de calles debió forjarse en mi sueño con retales de otros lugares, tal vez con la propia sustancia de mi fantasía. De cualquier modo, esas calles, esas admirables fachadas tapizadas de detalles extraordinarios, ya fueran creadas por mis recuerdos o sólo por mi imaginación, demostraban que dentro de nuestra cabeza existe un núcleo fascinante de creación, una fuente insospechada de delirios y de arte, tal vez sometida por el ruido de nuestros apremios cotidianos, por el terror que, en el fondo, les tenemos a las verdades más sencillas.

El amor es soledad

Lo he dicho muchas veces: si un filósofo tiene que elegir entre una verdad y la dicha -y eso puede llegar a suceder- no se puede llamar filósofo más que en la medida en que elige la verdad. Renunciar a la verdad, o a la búsqueda de la verdad, sería renunciar a la razón y, por el mismo hecho, a la filosofía. Aquí la norma prevalece sobre el fin y debe prevalecer: la verdad, para el filósofo, se antepone a la dicha. Más vale una auténtica tristeza que una falsa alegría.
Estar aislado es estar sin contactos, sin relaciones, sin amores, y eso, por supuesto, es una desgracia. Estar solo es ser uno mismo, sin recurso a los demás, y ésa es la verdad de la existencia humana. [...]
La soledad es la regla. Nadie puede vivir por nosotros, ni morir por nosotros, ni sufrir o amar por nosotros. Eso es lo que llamo la soledad: no es más que un nombre distinto para el esfuerzo de existir. Nadie vendrá a llevar tu carga, nadie. Si se puede dar a veces la ayuda mutua (¡y es cierto que se puede!), eso supone el esfuerzo solitario de cada uno, sin lo cual -excepto en el caso de ilusiones- no podría darse. Así pues, la soledad no es el rechazo del otro, al contrario, aceptar al otro es aceptarlo como otro (¡y no como un apéndice, un instrumento o un objeto de sí mismo!), y en este sentido el amor, en esencia, es soledad. Rilke halló las palabras precisas para expresar ese amor que tanto necesitamos y del que tan raramente somos capaces: "Dos soledades que se protegen, se completan, se limitan y se inclinan la una hacia la otra"... Esta belleza suena a cierta. El amor no es lo contrario de la soledad: es la soledad compartida, habitada, iluminada -y a veces ensombrecida- por la soledad del otro. El amor es soledad, siempre, y no porque toda soledad sea amorosa, faltaría más, sino porque todo amor es solitario. Nadie puede amar en nuestro lugar, ni en nosotros, ni como si fuera nosotros.
Quien no sabe vivir consigo mismo, ¿cómo podría saber vivir con otro? Quien no sabe habitar su propia soledad, ¿cómo podría pasar por la de los demás?

viernes, 16 de agosto de 2013

Película Sartre, la edad de las pasiones

Del bulevar Saint-Germain a la Sorbona; de Roma a Venecia, pasando por La Habana; así ingresamos en los años de la década de 1960. Volvemos sobre la pasión filosófica, teatral, literaria y política de un hombre de normas extraordinarias: Jean Paul Sartre. El intelectual parisino marcó su tiempo con ideas revolucionarias. Toda una época se guarda tras la pluma del filósofo: los jóvenes estudiantes que militaban y se comprometían por defender una causa justa, la inminencia de la guerra de Argelia, la censura omnipresente. Años novelescos, llenos de esperanzas, de combates y de pasión. Su historia de amor con Simone De Beauvoir fue escandalosa. Unidos por lazos espirituales, formaron una pareja indestructible.


jueves, 15 de agosto de 2013

Nautilus sigue siendo el libertario enigma de los mares…

Cierto amigo, ya fallecido, cuando íbamos a un restaurante sin pretensiones —benditos sean— y alguien lo recomendaba diciendo “aquí comeremos como en casa”, siempre protestaba: “¡Ah, no, yo lo que quiero es comer bien!”. En efecto, la dieta cotidiana precisamente por serlo puede no resultar la más apetecible. De igual modo, la vida a la que nos resignamos cada jornada, lo real empeñado en parecerse minuciosa y fatalmente a lo real, tampoco tiene por qué apasionarnos siempre como argumento literario. Es más, la descripción minuciosa y esforzadamente fiel de la realidad es insuficiente para comprender la realidad misma. Ocurre que lo auténticamente significativo nunca sucede fuera de nosotros, en el escenario fotográfico y pedestre, sino dentro, que es territorio fantasmagórico. Acudimos a lo fantástico no para huir de la realidad —objetivo tan digno como imposible— sino para ponerla mejor a nuestro alcance o, como diría el lobo a la realista Caperucita, “para entenderla mejor”. No debemos olvidar que Borges catalogó la teología y digamos que por extensión también la filosofía misma como pertenecientes a la literatura fantástica. En la misma línea, Paul Valéry —un poeta racionalista donde los haya— escribió en su Pequeña carta sobre los mitos: “¿Qué sería de nosotros sin el auxilio de lo que no existe? Poca cosa, y nuestros espíritus desocupados languidecerían si las fábulas, los malentendidos, las abstracciones, las creencias y los monstruos, las hipótesis y los pretendidos problemas de la metafísica no poblasen de imágenes sin objeto nuestras profundidades y nuestras tinieblas naturales”.
Desde luego es cuestión de carácter, como casi todo lo que respecta a gustos literarios. Entre quienes admiten el placer de la ficción, que ya es fantástico de por sí, los hay que solo son realmente capaces de disfrutarlo si refleja con esforzado parecido el orden desordenado con el que suelen convivir: la vecina del tercero izquierda, esposa insatisfecha que busca consolarse con el hijo del portero, quien a su vez padece maltrato laboral en una empresa dirigida por un capitalista beneficiado por la guerra civil, que a su vez… Todo muy interesante para quien se interese por ello. Pero existen caracteres diferentes, reacios a la función del espejo o nostálgicos de atravesarlo para ver qué hay al otro lado, que nos identificamos con lo que dijo de sí mismo el gran Herbert George Wells: “Quizá soy persona de excepcional condición. No sé hasta qué punto experimentan otros hombres lo que yo. A veces padezco extraños alejamientos de mí mismo y de lo que me rodea. Me parece que observo lo exterior desde parajes muy remotos, fuera del tiempo, del espacio, de la vida y de la tragedia de las cosas”. Para esos paladares está hecha la literatura fantástica, aunque a través de ella volvamos siempre a recaer en la vida y la tragedia (o comedia) de las cosas.

Basada en la maravilla o el estremecimiento sobrecogedor, los tiempos no son propicios al género a pesar de la sobreabundancia casi industrial de artefactos literarios que pretenden pertenecer a él. Cuando cualquiera de nosotros, por ramplona que sea su imaginación, lleva ahora en el bolsillo un objeto prodigioso del tamaño de un paquete de cigarrillos que permite comunicarse con cualquier parte del mundo, enviar sonidos e imágenes, tomar fotografías, ver películas o acontecimientos deportivos, consultar archivos y bibliotecas, orientarse en ciudades desconocidas, recibir noticias, solicitar ayuda si se está en peligro, buscar novia o jugar al póquer, además de mil cosas más, creer en la magia se ha vuelto difícil por saturación. Nos hemos familiarizado con lo milagroso, cuya esencia consiste precisamente en romper con lo explicable y familiar. Las profecías innovadoras de Jules Verne o el propio H. G. Wells no nos transportan ya imaginativamente hacia el futuro sino que ahora tienen el encanto nostálgico de aquellos tiempos en que lo supuestamente imposible era todavía imposible de verdad y no una rama de las ofertas otoño/invierno de los grandes almacenes. Tal como decía el viejo chiste que le habría ocurrido de haber vivido en España o México, Franz Kafka se ha vuelto ya en todas partes un escritor costumbrista… Sin embargo, el encanto literario de lo fantástico sobrevive a su cumplimiento tecnológico: aunque hoy ya el submarino sea un vehículo tan prosaico como el autobús, el Nautilus sigue siendo el libertario enigma de los mares…

Fernando Savater

Los filósofos y el amor

¿A quién quisieron los grandes pensadores de la historia?¿Cómo influyó la experiencia sentimental en sus teorías metafísicas? Los filósofos y el amor, de Manuel Cruz, revela las dudas sentimentales de personajes como Platón, Spinoza, Heidegger, Arendt, Nietzsche, Foucault… ¿En qué ha cambiado nuestra forma de enamorarnos? ¿Es el amor castigo, salvación o ninguna de las dos?
El encuentro entre Friedrich Nietzsche y la “encantadora joven rusa”, Lou Andreas-Salomé, se produjo en un lugar insólito: el Vaticano. Era 1882. Abril. Un conocido, Paul Rée, con el que el filósofo alemán había pasado el verano anterior, le habló de un confesionario lateral en la basílica de San Pedro. Desde allí pretendía demostrar (al menos así lo dijo) la no existencia de Dios. El impulsivo Rée se escondía horas y horas tras la celosía y, en ocasiones, debatía inquietudes metafísicas con una amante, Lou, que apenas tenía 20 años. Nietzsche, autor, entre muchos, de Así habló Zaratrusta, ya rozaba los 40. Un día se presentó en Roma sin avisar. “Su entrada en escena no pudo ser más teatral”, cuenta el escritor Manuel Cruz en su libro Amo, luego existo. Los filósofos y el amor (Espasa, 2010; Austral, 2012). Completamente impresionado por la chica, que le mira entusiasmada, Nietzsche “se dirige a Lou, le tiende la mano y le dice, mientras dibuja con su cuerpo una profunda inclinación: ‘¿Desde qué estrellas hemos venido a encontrarnos aquí?’”.
Este fue el principio. A ella, según el profesor Cruz, el personaje le provoca una mezcla de sentimientos contradictorios: “Le inquieta su afectado patetismo, pero le atrae la magia de unos ojos que parecen albergar una secreta soledad, una abismal vida interior”. Con los años pasarían tiempo juntos, en un triángulo cuyo tercer vértice sostenía Rée, del que ella sí fue amante. Nietzsche, abatido, aceptó la derrota. Aprendió a vivir sin ella. La odió mucho, como le ocurre a quien ama mucho.
El autor de Humano, demasiado humano se había enamorado. Su hermana, al contemplar cómo recibía a Lou en una estación de tren, ya lo advirtió: “Está loco de atar por ella”. El romance terminó fatal. Peor aún: nunca empezó. Ella no lo miraba como hombre (solo maestro, amigo), a pesar de sus insistentes peticiones de matrimonio.
La joven se convertiría después en una reconocida psicoanalista y escritora. Nietzsche no fue el único en admirar a Lou. Recibió alabanzas del propio Freud, quien escribió sobre ella en 1937: “Quien se le acercaba recibía la más intensa impresión de la autenticidad y armonía de su ser, y también podía comprobar, para su asombro, que todas las debilidades femeninas y quizás la mayoría de las debilidades humanas, le eran ajenas, o las había vencido en el curso de su vida”.
La figura de la intelectual rusa ha fascinado a propios y extraños. Años después del encuentro vaticano, por ejemplo, Lou animó a un joven checo de 21 años, René, a escribir. Creía en su talento. Le enseñó ruso y se convirtió en su mentora/amante. Lou fue quien comenzó a llamarle como es conocido en nuestros días: Rainer. Rainer María Rilke

  
Si amo, quiero sexo
El desventurado Nietszche, como se apuntaba, nunca fue correspondido en el plano físico. ¿Satisface al ser humano un amor puramente intelectual? Puede que no. Puede que sí. Al artífice de la muerte de Dios, desde luego, no. Únicamente un episodio, caminando solos por una preciosa colina boscosa cerca de Orta, al norte de Italia, pudo esconder un furtivo beso entre ambos, pero nunca se supo a ciencia cierta qué ocurrió. Nietzsche no lo olvidó nunca. “A usted le debo el sueño más maravilloso de mi vida”, le dijo a Lou durante aquel paseo. Al recordar aquel momento íntimo, con el tiempo, repetiría incansable: “La Lou de Orta era otra persona”. Le trastornaba continuamente lo que él llamó “la nostalgia de Orta”. Lou fue su amor verdadero (sea lo que sea lo que esto signifique). Y si hubo escondidas otras damas en su corazón herido, como se escondía Rée en el confesionario, no se sabe. Solo consta que no disfrutó de mejor suerte con otra mujer prohibida: la esposa del célebre compositor Richard Wagner, Cosima, a la que, según estudiosos de su biografía como Joachim Köhler, también le unió una atracción afectiva profunda e inconfesable (Nietzsche y Wagner, A lesson in subjugation,Yale University Press, 1996).
La obra refleja la vida y viceversa

Pero no todas las historias de amor son tristes. Ni en la vida ni en este intenso y complejo libro del profesor de Filosofía Contemporánea, Manuel Cruz. El escritor incluye ejemplos de parejas que funcionaron (véase Sartre y Simone de Beauvoir). Pero lo más interesante es la constatación de que el comportamiento moral y los conceptos filosóficos de los grandes pensadores no siempre iban parejos. Las contradicciones afloran en cada página, en cada meditación, en cada corriente, en cada filósofo que, al fin y al cabo, era también (y sobre todo) persona. Las cuitas sentimentales habrían ejercido cierta influencia en sus constructos teóricos, sugiere Cruz. O quizás no. El autor deja el interrogante abierto.
En cualquier caso, en Amo, luego existo asoman decenas de atractivas personas/personalidades del mundo de las ideas. El lector puede conocer más profundamente a Platón y su (mal) interpretado amor platónico; a San Agustín y su pasión “por todas las criaturas porque, a través de ellas, se ama a Dios”. En el extremo contrario, se encontraría la exitosa pareja compuesta por Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre, cuya relación fue, quizás, más bien una marca empresarial, una fórmula de conquista social, un acuerdo más allá del sentimiento. Quién sabe.
Pero el hecho de aunar en un solo libro los datos autobiográficos y las proposiciones más elaboradas del concepto Amor por parte de los grandes filósofos es, cuanto menos, una fuente inagotable de reflexiones (duras, a veces; complicadas, casi siempre). Dos años después de la primera edición, hay quien paladea todavía algunos de los párrafos, como una biblia sentimental en la mesita de noche. Y de cada reflexión surgen otros libros que leer, otras referencias que buscar, otra senda de investigación que conduzca a un mayor conocimiento del mundo, de la otredad, del concepto en sí, de nosotros mismos. El lector agradece cada pausa, quizás incluso, a ratos, retire su mirada de las páginas para (re)pensar sus propias dudas sentimentales. Puede que respire profundo y entienda, y se entienda, mejor. 

¿El amor lo disculpa todo?

El placer de cada página lo trae la altura de sus protagonistas. No es cualquier cosa acompañar en noches de insomnio a la filósofa judía, mente preclara, Hannah Arendt, por ejemplo. Con su diagnóstico certero para todo tipo de asuntos filológicos, metafísicos y políticos, su propia vida, sin embargo, deja entrever sombras. Veamos una mínima prueba.
Casada con otro, Arendt escribía continuas cartas de amor a su idolatrado maestro, el gran Heidegger, quien a su vez, casado con otra —a la que también amaba—, le correspondía. Llegó a decir que sin Hannah, su musa, nunca habría escrito lo más esencial de su pensamiento. Heidegger, emblema de “mi obra y mi vida privada nada tienen que ver”, fue un infiel empedernido. Eso sí, siempre con la determinación absoluta de no abandonar a su esposa, que además era su asesora, su secretaria, su apoyo constante. Arendt, explica Cruz, la culpó a ella de las tendencias antisemitas de su marido. No podía aceptar esas ideas como fruto del pensamiento de su idolatrado maestro Heidegger. La intelectual llegó incluso a disculparle públicamente por sus ataques antijudíos. Cuando le preguntaron cómo podía eximirle de tan evidente necedad, recuerda Cruz, la filósofa solo respondió dos palabras: “Por amor”. Poco más se puede añadir. Y, sin embargo, aunque siempre quiso a Heidegger —y él a ella—, como sucede con los humanos que viven como humanos (con sempiternas complejidades), Arendt proclamó un bienestar profundo con sus dos maridos. De uno de ellos escribió en su diario, pletórica de emoción, que le había permitido ser esposa sin dejar de ser ella misma (uno de sus constantes miedos). Había encontrado el equilibrio. El conocimiento de sí la habría salvado: “Aún hoy me parece imposible haber conseguido las dos cosas que anhelaba, el ‘gran amor’ y seguir manteniendo la identidad como persona. Y solo tengo lo primero desde que también tengo lo segundo. Ahora sé, por fin, lo que significa ser feliz”.

Nos enamoramos de quien queremos

Y los hay también amargados, como cabría suponer. El descreimiento es característica de muchos filósofos resucitados en este libro. Spinoza, por ejemplo, no idealizó ese sentimiento frívolo y utilitario llamado amor. Aseguraba que el amado, el “elegido”, no era, en realidad, demasiado importante ya que, según el pensador, “escogemos a aquellos que se ajustan a lo que ya queremos/sentimos”. Es decir, ya estamos enamorados de las cualidades abstractas que admiramos/anhelamos en abstracto. Sin individualización necesaria. Después puede surgir alguien en quien las proyectamos. Y entonces hablamos de Cupido y su misteriosa flecha, sin reconocer, sin reconocernos, que el amor no fue sino decisión. Tema para debate.
La experiencia sentimental de la vida de Spinoza no fue agradable. Se enamoró de Clara, una alumna de 13 años que dominaba la lengua latina y el lenguaje musical. El filósofo se quedó prendado de su inteligencia y exquisitez de espíritu. Pero ella, recuerda Cruz, prefirió al más apuesto de los condiscípulos, un joven rico, luterano, llamado Dirck Kerckinck, de Hamburgo, quien según cuentan los expertos, con el regalo de un hermoso (y muy caro) collar de perlas consiguió inclinar de su lado el favor de Clara, con la que terminaría casándose. A veces el amor se compra. Ya se sabe.
Cruz critica el mito Romeo y Julieta, que tanto daño ha hecho —y hace— a los enamorados. En nuestra sociedad hay quien sigue pensando que el amor, sin sufrimiento, sin tragedia, sin drama, sin celos, no es amor. El debate continúa.
Es interesante, desde el punto de vista de la pasión, el capítulo dedicado a Abelardo y Eloísa. El título lo dice todo: el amor como herejía. O en el extremo contrario, desde una perspectiva de superación intelectual, el ejemplo de Platón: su escala hacia el bien supremo comenzaría por el amor a la específica belleza carnal (los jóvenes efebos que adoraba) pasando por la belleza general (sin individuo concreto que la encarne) hasta llegar a la culminación de lo bello: la Sabiduría.
Es obvio que se necesitarían más de diez artículos como este para resumir los conceptos amoroso-filosóficos que se multiplican en cada relectura. También tardaríamos años en entender en profundidad cada postulado metafísico-sentimental. Quizás el amor como posesión sea uno de los más interesantes en este momento histórico de caos, convulsión e inseguridad. Señala el profesor Cruz que, actualmente, muchas personas tienden a pensar que su pareja les pertenece. “Eres mío”, sería su lema. Algunas parejas tejen una especie de tela de araña que impide cualquier acto espontáneo-individual por parte del otro. “Hacemos todo juntos”, celebran los enamorados. Y estas relaciones, lejos de lo que pudiera parecer, acaban saliendo bien en duración (la pareja dura años), pero no en satisfacción (la frustración es constante). ¿Por qué? Porque ya no es el amor (tan esquivo, tan difícil, tan bonito) lo que les mantiene unidos. Es el poder de la costumbre, de los hábitos adquiridos, del “fuera será peor”… Puro miedo. Un día, si un pequeño imprevisto, como un minúsculo insecto inesperado, perfora la tela de araña, el binomio está perdido. Comienzan las peleas, las recriminaciones y, en un momento de debilidad, las confesiones: “Es que no sabes cómo es. No es todo tan bonito… Es bueno conmigo, aunque yo, no sé, ya no le quiero”.
El escritor disculpa nuestra tendencia casi obsesiva hacia el mítico sentimiento amoroso. “Es que el amor nos hace sentir especiales”, comenta en su libro como otro de los grandes errores: “Nos eligen entre otros muchos y esto nos hace sentir superiores. La evidente necesidad de afecto del ser humano contribuye al sentimiento de soy el elegido/la elegida”. Pero esto no es la panacea de todos los males, advierte el filósofo. Lo que ocurre es que puede que no tengamos la valentía, la fuerza, la preparación y la humildad suficiente para asumir que “uno es especial hasta que deja de serlo y, más aun, que ser elegido por otro, no le hace mejor ni peor ser humano”. Quizás, más bien, es todo lo contrario. Como señala Spinoza: “el amor nos debilita”. Nos hace más dependientes, más débiles, menos fuertes. “Me asquea no tener el valor de no ser nadie en absoluto”, escribiría por su parte J.D. Salinguer. Quizás es que somos incapaces de comprender, de aceptar nuestra insignificancia. Cruz recuerda la anécdota del protagonista de American Beauty, Kevin Spacey, que lo formulaba con amarga lucidez, cuando en el transcurso de un cóctel su interlocutor se excusaba por no haberlo reconocido: “No se preocupe, yo tampoco me recordaría”. No somos nadie. Ya lo dijo Rousseau: “Ser adulto es estar solo”.

Quiero que me quieras como quiero

Y ya solo queda el tema que más preocupa al ser humano después del amor: la soledad. Claro. Ambas realidades caminan de la mano. El autor de Amo luego existo define la soledad como “la vivencia de que no importamos a aquellos que nos importan”. Después da una vuelta de tuerca más: no es que no nos quieran aquellos a los que queremos, es que “nos sentimos solos cuando no importamos de la manera que querríamos importar a aquellos que nos importan”. ¿Es cierto esto? ¿Nos sentimos frustrados, abatidos, destrozados, tristes, si alguien que queremos no nos quiere de la forma que anhelamos? En filosofía, ya se sabe, las preguntas no generan respuestas, sino otras preguntas peores. Con el amor como telón de fondo, el lector de obras filosóficas, sin querer, se desliza por otros mundos, otras épocas, otras vidas, otros sueños. ¿Somos los mismos o el mundo ha cambiado tanto? Otro interrogante abierto.
El último capítulo del Amo luego existo va dedicado a Foucault. No podía ser de otra forma. La dominación, el poder, la historicidad, el concepto de realidad presente provocado por una subjetividad individual impuesta. Casi nada. ¿Cómo sabemos qué es el ahora? ¿Quién nos impone nuestra forma de ver el mundo? ¿Somos nosotros los que decidimos? Cruz parafrasea al célebre filósofo francés: “Por más sólido e inamovible que se nos aparezca el presente, el conocimiento de que eso que ahora hay es una de entre las diversas posibilidades de materialización que en el pasado se dieron debiera servirnos para pensar sin violencia que lo realmente existente puede dejar de serlo o adoptar otras formas”. Es decir, lo que pueda ser objeto de crítica (se refiere en concreto a la homosexualidad) no siempre se consideró malo por el conjunto social (el mundo heleno recomendaba las relaciones entre hombres, por ejemplo) y podrá volver a ocurrir (quizás ya esté pasando). Por otro lado, el intelectual hace hincapié en la capacidad del lenguaje para crear realidades. Un arma peligrosa: el poder de las palabras. En ellas está todo. Foucault critica firmemente su uso intencionado en forma de injurias, de juicios, de insultos encubiertos. Son los llamados enunciados performativos, es decir, enunciados cuya función es producir efectos (en ocasiones muy negativos) y, en especial, instituir o perpetuar la separación entre los considerados normales y los estigmatizados. Los homosexuales son un ejemplo. Sería como decir “yo soy normal, porque me aceptan, pero tú no”. Esto también valdría para inmigrantes, extranjeros, enfermos, …
En fin, la cantidad de derivadas de la filosofía, desde Platón hasta nuestros días, son inabarcables. El enamoramiento, inatrapable. Cruz concluye con la insinuación de su propia perspectiva: el amor como suma respetuosa de libertades: “Porque solo quien reconoce al otro como un determinado tipo de persona, con su plena autonomía (y no como un mero ser-para-mí) puede experimentarse a sí mismo en su plena especificidad, de manera consecuente y veraz”. Y abunda en el concepto de yo + yo, nunca un fusionado (y forzado) nosotros. “Porque un otro vaciado de contenido, o simplemente con su diferencia debilitada, es, al mismo tiempo, alguien a quien estoy negando su capacidad para reconocerme a mí como el tipo de persona que creo y debo ser”. ¿Y quiénes debemos ser? Ahí ya no entra.