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viernes, 27 de septiembre de 2013

Estudios sobre el amor

Un amor pleno, que haya nacido en la raíz de la persona, no puede verosímilmente morir. Va inserto por siempre en el alma sensible. Las circunstancias -por ejemplo, la lejanía- podrán impedir su necesaria nutrición, y entonces ese amor perderá volumen, se convertirá en un hilillo sentimental, breve vena de emoción que seguir ámanando en el subsuelo de la conciencia. Pero no morirá: su calidad sentimental perdura intacta. En ese fondo radical, la persona que amó se sigue sintiendo absolutamente adscrita a la amada. El azar podrá llevarla de aquí para allá en el espacio físico y en el social. No importa: ella seguirá estando junto a quien ama. Este es el síntoma supremo del verdadero amor: estar al lado de lo amado, en un contacto y proximidad más profundos que los espaciales.
Es un estar vitalmente con el otro. La palabra más exacta, pero demasiado técnica, sería: un estar ontológicamente con el amado, fiel al destino de éste, sea el que sea.

La belleza que atrae, rara vez coincide con la belleza que enamora. Si el indiferente y el enamorado pudiesen comparar lo que para ambos constituye la belleza, el encanto de una y misma mujer, se sorprenderían de su incongruencia. El indiferente encontrará la belleza en las grandes líneas del rostro y de la figura -lo que, en efecto, suele llamarse belleza. Para el enamorado no existen, se han borrado ya esas grandes líneas, arquitectura de la persona amada que se percibe desde lejos. Si es sincero, llamará belleza a menudos rasgos sueltos, distantes entre sí: el color de la pupila, la comisura de los labios, el timbre de la voz...Cuando analiza su sentimiento y percibe la trayectoria de esto que va desde su interior al ser querido, nota que el hilo del amor va a anudarse en esas menudas facciones y de ellas se nutre en todo instante. Porque, no hay duda, el amor se alimenta continuamente, se embebe de causa y razón de amar contemplando real o imaginariamente las gracias de lo amado. Vive en forma de incesante confirmación. (El amor es monótono, insistente, pesadísimo; no soportaría nadie que se le repitiese muchas veces la frase más ingeniosa, y, en cambio, exige la reiteración innumerable de que el ser amado le ama. Viceversa: cuando alguien no ama, el amor que le es dedicado le desespera, le atosiga por su extremada pesadumbre.)
CAMBIO EN LAS GENERACIONES 
 
El amor está en baja. Empieza a no llevarse. Tal vez el lector pregunte: Pero ¿es que existen también modas en el orbe de los sentimientos? La pregunta es trivial. Hay gente que se apresuran a ostentar una pretendida profundidad mostrando su desdén por las modas. Por mi parte, cuando leo en un escritor que cierto estilo de pintura o determinada forma de ideología poco simpáticos a sus ojos -tal vez por no comprenderlos- son «no más que moda», detengo la lectura y no sigo. Es un síntoma infalible de que el escritor es poco inteligente y superficial. La vida humana es en su propia sustancia y en todas sus irradiaciones creadora de modas, o, dicho en otro giro, es esencialmente «modificación». ¿La vida humana?..Acaso toda vida. De suerte que no existe otra forma de manifestarse el proceso espiritual que la serie continua de las modas intelectuales, estéticas, morales y religiosas. Como en los trajes y en las maneras, acaece con las ideas y las formas del sentimiento: que ciertos hombres las crean y otros las siguen. Para que la semejanza con lo que habitualmente se llama «modas» resulte más perfecta, no faltan nunca individuos que se oponen a la corriente, como el pez esturión, y, yendo contra la «moda», dejan que ésta regule también a la postre su conducta. Digo, pues, que las cosas reputadas como las más serias marchan y varían regidas por el mecanismo biológico, esencial, de la moda, que así asciende a ley profunda de lo real,y claro está que si es así, así debe ser. Pero, a la par, conviene añadir que las modas en los asuntos de menor calibre aparente -trajes, usos sociales, etc.- tienen siempre un sentido mucho más hondo y serio del que ligeramente se les atribuye, y, en consecuencia, tacharlas de superficialidad, como es sólito, equivale a confesar la propia y nada más. Es sobre manera verosímil que un día no lejano el análisis microscópico  yquímico de una pestaña revele con anticipación la tuberculosis que se inicia apenas en un organismo o el cáncer que un hombre de veinte años va a tener a los cuarenta. Del mismo modo la simple moda hoy triunfante de llamarse de «tú» las personas a poco que se aproximen implica, para quien sepa mirar, todo el resto de los grandes cambios políticos y éticos que se avecinan. Hay, pues, modas en los sentimientos. ¡No faltaría más! Así ahora el amor empieza a no llevarse, como decía al principio. Expresado el hecho con tales palabras damos a nuestra observación un tinte irónico o desdeñoso. No hay cosa viviente o que en algún sentido pertenezca a la vida que no ofrezca un haz desdeñable. Pero esa misma cosa tiene siempre otro grave, respetable, magnífico o temible. Depende de nuestro humor la elección de punto de vista: ambos aspectos son igualmente verídicos. El error consiste en suponer que sólo uno lo es. Entonces nuestra visión queda dañada de parcialidad. Para abrazar bien lo real, para apresarlo en su integridad, tenemos que lanzar hacia él los dos grandes tentáculos: el espanto y la ironía. Quien no se espanta -el thaumázein de Platón-no profundiza; quien no ironiza se deja arrastrar a lo profundo, naufraga, perece ahogado. Lo mejor es hacer como el buzo de Coromandel: que se sumerge hasta hallar en el abismo la valva preciosa; pero sale luego a la superficie iluminada trayendo la perla entre los dientes -gesto de sonrisa que multiplican las espumas innumerables sobre el haz marino.
El sentimiento amoroso tiene, como todo lo humano, su evolución y su historia, que se parecen sobre manera a la evolución y la historia de un arte. Se suceden en él los estilos. Cada época posee su estilo de amar. En rigor, cada generación modifica siempre, en un otro grado, el régimen erótico de la antecedente. Con frecuencia es tan débil la modificación que se escapa al análisis y no se deja claramente definir. Esta es una de las razones que explican un hecho poco advertido, y, sin embargo, capital para el estudio del amor. Me refiero al hecho de que el hombre en plenitud no logra normalmente enamorarse más que de mujeres que pertenecen a su generación (es decir, aproximadamente de cinco a diez años más jóvenes que él). El muchacho, es cierto, se enamora con frecuencia de mujeres superiores a él en edad. Esto quiere decir que fácilmente adopta en forma transitoria el estilo erótico de la generación anterior. Pero lo mismo ocurre con las ideas. El joven vive una primera época de receptividad. Es absorbido por los maestros del tiempo antecedente. En esta recepción de lo ajeno se ejercita y moldea externamente su figura espiritual. Pero luego sobreviene una segunda época, de sinceridad creadora, de autenticidad vital, en que, madurecidas sus tendencias propias y originales, comienza a ser fiel a sí mismo. Entonces piensa sus propios pensamientos y elimina los recibidos. Entonces se desenamora de las mujeres mayores que él y entra para siempre a formar parte de la caravana de su generación con las mujeres de su tiempo, los poetas de su edad, las ideas políticas y el modo de andar inventados a los veinticinco años. Algún hombre de cuarenta años se enamora de una mujer de veinte; pero esto es una excepción, que la sociedad, sin darse bien cuenta porqué, siente como algo anómalo y, en cierta manera, monstruoso. No obstante, si no existiese alguna razón secreta y profunda, debiera parecer más natural que lo inverso. Lo que necesita explicación es que, normalmente, el hombre de cuarenta años prefiera la mujer de treinta, ya un poco macerada por las blanduras del otoño inminente, a la mujer de veinte años. Y, sin embargo, es así. Al hombre de cuarenta no le «sabe» amorosamente la mujer primaveral, porque no puede prenderse en ella su estilo de entusiasmo. Parejamente, cada estilo artístico comienza por preferir ciertos temas que son como materia a fín y preformada, dócil a la modulación que aquel estilo va a imponerle. Sólo resulta preferida la mujer muy joven cuando no se trata de amoroso afán, sino de abstracta complacencia sensual, exenta de estilo, común a todos los lugares y tiempos. No hay escape normal y satisfactorio de la caravana que forma nuestra generación. Vamos prisioneros en ella, a la par que secretamente voluntarios y satisfechos. De cuando en cuando se ve pasar otra caravana con su raro perfil extranjero. Tal vez, en un día festival, la orgía mezcla ambas; pero a la hora de vivir la existencia normal, la caótica unidad se disgrega en los dos grupos verdaderamente orgánicos. Cada individuo reconoce misteriosamente a los demás de su colectividad, como las hormigas de cada hormiguero se distinguen por una peculiar odoración. El descubrimiento de que estamos fatalmente adscritos aun cierto grupo y estilo de vida es una de las experiencias melancólicas que, antes o después, todo hombre sensible llega a hacer. Una generaciónes una moda integral de existencia que se fija indeleble sobre el individuo. En ciertos pueblos salvajes se reconoce a los miembros de cada edad por su tatuaje.  La moda de dibujo epidérmico que se iniciaba cuando fueron adultos ha quedado incrustada en su ser irremediablemente. La diferencia entre los estilos de dos generaciones consecutivas se manifiesta en todas las actividades, incluso en las más abstractas y que parecen menos sumisas a la mano del tiempo. Si hoy abrimos dos libros de la más alta matemática podremos descubrir, sin previas noticias, cuál de los autores tiene treinta y cuál sesenta años. Pero claro es que la divergencia estilística crece conforme de las funciones más abstractas e impersonales descendemos a las más concretas e íntimas. De aquí que sea la obra de amor el ejercicio donde el hombre advierte con mayor rigor su incompatibilidad con nuevos estilos de vida. Es verdaderamente penoso observar la torpeza, la incongruencia, con que un hombre maduro corteja a una doncellita. Y no por la diferencia abstracta de edad -tal vez el hombre maduro conserva sobradamente la frescura corporal-, sino porque vemos fronteros y antagónicos dos estilos de erotismo que no pueden engranar el uno en elotro. Mas con todo esto no hemos podido acercarnos al tema inicial de estos párrafos. Quede para otro día el intento de definir la nueva moda amorosa, tan distinta de la que inspiraba a las generaciones anteriores, que, mirada desde éstas, más bien parece la negación del amor y hace decir a los viejos que el amor está en baja y empieza a no llevarse.

jueves, 22 de agosto de 2013

Los vicios privados dan lugar a virtudes públicas

Todas las épocas tienen algunos “mitos” fundadores, creencias que surgen de forma algo imprevisible y que arraigan profundamente en el pensamiento colectivo convertidas en principios orientadores de la conducta que se dan por supuestos y no se ponen nunca en cuestión. Es más, son la vara de medir con la que evaluamos casi todo lo que hacemos. Uno de esos mitos fundadores del mundo contemporáneo es la convicción de que los vicios privados dan lugar a virtudes públicas.

El autor de esa frase fue Bernard de Mandeville, quien en 1705 escribió un poema que tuvo gran aceptación, «El panal rumoroso: o la redención de los bribones». El éxito del breve poema hizo que 14 años después escribiera un libro amplio con el título que se ha hecho famoso: La fábula de las abejas. O vicios privados, virtudes públicas. Todo a lo largo del siglo XVIII siguió siendo un libro muy leído, duramente criticado por algunos y reelaborado por otros, en concreto por Adam Smith, uno de los grandes fundadores de lo que podríamos llamar liberalismo económico.

El mito es sencillo: según el autor, los seres humanos somos movidos sobre todo por pasiones, en especial por pasiones egoístas (era un seguidor del pesimismo antropológico de Hobbes). Ahora bien, esas pasiones, que podemos denominar vicios privados, entre las cuales está la codicia o afán de riqueza, no deben erradicarse pues si desaparecieran de la sociedad, esta colapsaría y desaparecería. Si los dejamos libres, sin intervenciones coactivas de las autoridades se llegará a un equilibrio natural (Mandeville es el primero en formular lo que se ha llamado la mano oculta de los mercados) proporcionando la armonía y bienestar sociales. Conclusión, el bien común, las virtudes públicas, se sustentan sobre los bienes particulares, los vicios privados. Si intentamos erradicar esos vicios privados, la sociedad dejará de funcionar.

El hecho es que la idea caló hondo y ha sido recuperada por los neoliberales actuales. Es sencillo; lo mejor que puede hacer la sociedad es dejar que la gente de rienda suelta a los vicios privados, siendo fundamentales dos, el afán de riqueza y el deseo del lujo. Cuando alguien busca hacerse rico, se convierte en un emprendedor creativo lo que genera riqueza y también, pues no de otro sitio sale esa riqueza, puestos de trabajo. Al mismo tiempo, esa riqueza le permite acceder a lujosas condiciones de vida, con disfrute de innumerables bienes materiales. La frugalidad, una cierta austeridad en el consumo, no es en absoluto una virtud y solo quienes son pobres y no pueden permitirse lujos alaban la frugalidad para encontrar consuelo a su pobreza, mientras en el fondo envidian a los ricos.

Muchos pensadores de la época, que profesaban las creencias cristianas, criticaron duramente esa posición. En primer lugar, porque no compartían esa visión tan pesimista del ser humano; en segundo lugar, porque consideraban que el excesivo amor a las riquezas, el deseo de lujo, era contrario a la actitud de un buen cristiano. La caridad, el amor al prójimo, era el eje de una buena vida, no el egoísmo.

Ya en el siglo XIX, fueron los movimientos socialistas de distinto signo los que arremetieron contra esa visión del mundo, proponiendo tomarse en serio la exigencia de igualdad y fraternidad que coronaba las declaraciones fundadoras de la democracia contemporánea. Las luchas obreras de manera especial bregaron a favor de un modelo diferente de sociedad, movidos por unas creencias totalmente diferentes: un claro optimismo antropológico y una exaltación de la solidaridad y el apoyo mutuo. Su esfuerzo se vio compensado por un progresivo avance del estado social o estado de bienestar, en el que todavía estamos.

Como todos sabemos, desde los años setenta --más bien desde los mismos orígenes del actual modelo de relaciones sociales-- las élites sociales o bloque hegemónico decidieron redoblar sus esfuerzos para conseguir que siguiera siendo dominante ese antiguo mito, recuperando incluso cierto atractivo que parecía perdido sepultado bajo la destructiva losa del Estado protector. Exaltaron la codicia, aunque bajo el eufemismo del espíritu emprendedor, y sedujeron a la sociedad con el espejismo del acceso a un simulacro de lujo.

Lo llamaron capitalismo democrático, convenciendo a la gente que la compra de acciones les convertía en propietarios del capital, codeándose con los poderosos. Y la gente mordió el anzuelo y se lanzó a invertir en bolsa, o a hacer planes de pensiones que, a su vez, invertían en bolsa con afán claramente especulativo. Claro está, buscando siempre el máximo beneficio, a veces bajo el nombre de acciones preferentes.

Lo llamaron consumo democrático o consumo de masas. Y la gente mordió el anzuelo e identificó bienestar con consumo, cuanto más lujoso, o más cercano al lujo, mejor. Quizá solo tenían dinero para unas “Royoban”, pero eran tan parecidas a las genuinas “Ray-Ban” que bastaban para quedarse satisfechos. Un traje de Stradivarius o un sofá de Ikea ayudaban a consolidar la autoestima… y sobre todo ayudaban a crear las grandes fortunas de los propietarios de esas marcas multinacionales.

Desbocadas las abejas de la fábula, el afán de lucro sin mesura ha provocado que los ricos se hayan hecho más ricos y los pobres más pobres porque lo que oculta el mito de Mandeville es que no puede haber riqueza ni lujo para todos, al menos mientras sean así concebidos.

Ha provocado también una fuerte crisis de la sociedad civil y de la democracia como forma de vida, pues estas se cimentan sin duda en unas virtudes públicas que van profundamente unidas a las virtudes privadas. La búsqueda del bienestar material (incluso entendido parcialmente como riqueza y lujo), solo puede alcanzarse en la medida en que se rompe la falsa contraposición entre buscar el bien particular y el bien común y se apuesta por un modelo en el que ambos van juntos, en conflicto sin duda muchas veces, pero siempre complementándose el uno al otro.

Fácil no lo tenemos, pues el mito sigue gozando de buena salud. Pero hay que seguir intentándolo, contando a favor con el hecho de que los seres humanos no somos esos seres egoístas depredadores de los que hablaba Mandeville, y con el indiscutible hecho de que la cooperación sigue siendo el mejor camino para lograr una vida de calidad.

lunes, 12 de agosto de 2013

De Simone Beauvoir a Beatriz Preciado

No se nace mujer, sino que se llega a serlo 
Simone Beauvoir

No sólo no se nace mujer, sino que nunca se llega a serlo
Beatriz Preciado, filósofa feminista. Se destaca por ser una de las principales referentes mundiales de la Teoría Queer y la filosofía del género. En abril de 2010 queda finalista del Premio Anagrama de Ensayo en su XXXVIII edición con el libro Pornotopía. Arquitectura y sexualidad en «Playboy» durante la guerra fría. El jurado del premio estaba compuesto por Salvador Clotas, Román Gubern, Xavier Rubert de Ventós, Fernando Savater, Vicente Verdú y el editor Jorge Herralde.
 
El primer ejemplar de 'Playboy' salió en noviembre de 1953 sin número ni fecha, financiado por un grupo de amigos entre los que se encontraban Hugh Hefner y su mujer, Millie Williams. Imprimieron 50.000 unidades de una revista que contenía artículos sobre jazz, sobre las cargas económicas derivadas de los divorcios y un reportaje sobre el diseño de muebles para la «oficina moderna». También incluyeron una foto de Marilyn Monroe en color que otros habían rechazado para evitar denuncias por obscenidad. Y ahí pudo estar la clave de su éxito. Del primer número se vendió toda la tirada. Seis años después, en 1959, la publicación llegó al millón de ejemplares mensuales y, a finales de los años sesenta, culminó su escalada con seis millones de copias.
'Playboy' ha sido una asombrosa aventura editorial que ahora llega a los ordenadores y a los móviles y que ha dado beneficios que se cifran en miles de millones de euros. Pero también ha significado algo más; un sueño y un modo de vida imaginario, un ideal de masculinidad contrario al del hombre casado, residente en una urbanización de las afueras y aficionado a los deportes, a la caza y a la pesca, típico en Estados Unidos durante los años cincuenta.
Una obra de la ensayista Beatriz Preciado (Burgos, 1970), 'Pornotopía. Arquitectura y sexualidad en 'Playboy' durante la Guerra Fría', aborda el ideario y las prácticas de Hefner. La escritora descubrió a su personaje cuando estudiaba en Nueva York durante una noche de insomnio. Mientras veía la televisión, escuchó al dueño de la revista hablando de la importancia de la arquitectura. «Palabras como 'domesticidad', 'liberación espacial' y 'ático de soltero' tenían una resonancia especial en el discurso de Hefner. Aquello no tenía nada que ver con la imagen que me había hecho yo hasta entonces de la revista que sacaba a las chicas desnudas con orejas de conejo», recuerda la autora. 
 
Discípula de Jacques Derrida, uno de los apóstoles del movimiento filosófico del 68, Beatriz Preciado (Burgos, 1970), lleva en su impronta intelectual los dictámenes y la radicalidad de aquella generación de pensadores. Pero con sabor a siglo XXI. De ahí su fascinación por los impactos del movimiento queer, las teorías transgénero y las nuevas reflexiones sobre el efecto de la sexualidad en parangones tan dispares como la política y la economía.
Así, si ya en su anterior libro, Manifiesto contra-sexual (Ópera Prima) echaba por tierra las etiquetas de la homosexualidad y la heterosexualidad –“son categorías normativas impuestas; la vida real de los ciudadanos no se corresponde  con ellas, puesto que, en realidad, la elección de género se decide tras el nacimiento según lo que miden los penes. Yo defiendo que cada uno elija su sexo”, afirma tajante–, en Testo yonki (Espasa) parte de Michel Foucault para explicar cómo en la actualidad nos encontramos en la fase del capitalismo  farmacopornográfico. 

¿Farmaco qué?
 
Preciado resume el término con rapidez: “Es una etapa que comienza en 1947 con la aparición del término género y con la sintetización de la píldora femenina. Ahí se establece por primera vez la barrera entre sexualidad y reproducción”, explica. Preciado cree que la sexualidad se convierte en pornografía porque pide un placer rápido e inmediato. “¿El problema?”, se pregunta, “que no lo deciden los ciudadanos. Es una sexualidad de Estado. Las mujeres creen que dominan su sexualidad, pero quien lo hace es el Estado. El negocio fue redondo porque las ventas de la píldora fueron altísimas”.

Bien explicado, pero el caso de la píldora ocurrió hace ya 50 años. ¿Dónde está lo nuevo? Sin menospreciar a Internet, que con las páginas webs ha potenciado mucho este negocio, Preciado reconoce que la clave de la nueva revolución farmacopornográfica es la hormona testosterona.

“Hasta ahora ha sido una hormona cuidadosamente protegida. Mientras que los estrógenos y la progesterona comenzaron a venderse tras la
II Guerra Mundial y hoy son las sustancias más vendidas de todos los tiempos, la testosterona ha estado en una caja fuerte. Ahora bien, si el hombre pensaba que se iba a salvar, no contaba con el poder del capitalismo. Con la comercialización de la Viagra a partir del año 2000 se va hacia el control del hombre”, explica.

Maniobras penadas

 
Echemos de nuevo el freno. Con Preciado hay que ir despacio. Según los postulados de la filósofa, sustancias como la píldora y el viagra son un símbolo de esta nueva fase capitalista, ¿quiere decir esto que nuestra sexualidad está controlada por el Ibex 35? De alguna manera, sí.
Es más, Preciado quiere ir más allá: “Antes la masturbación estaba castigada. Se prohibía. Sin embargo, ahora se ha comprobado que se consiguen más beneficios económicos si se potencia la masturbación con sustancias como el Viagra. Esto demuestra que tanto la masturbación como el control de la reproducción simbolizan el nuevo capitalismo”, sentencia.
En Testo yonki, Beatriz Preciado rinde homenaje a sus maestros del 68. ¿Qué queda de aquella filosofía 40 años después? “Es un movimiento de fondo. La filosofía no provoca erecciones inmediatas. Pero yo soy optimista. Cuando el presidente Nicolas Sarkozy hablaba de acabar con todo lo que oliera al 68, yo me reía porque pensaba que se le iban a echar encima otros movimientos que proceden de aquellos años, como el queer”. Paradójicamente, para Preciado, Sarkozy es todo un ejemplo de su teoría sobre el capitalismo farmacopornográfico. Según la escritora, él ha convertido la política en placer inmediato, en pornografía. “Lo único que nos falta es ver el vídeo porno entre él y Carla Bruni”. ¿Podemos imaginar un vídeo más deseado y capitalista?
 
 

domingo, 11 de agosto de 2013

España oculta

«Intenté fotografiar el alma misteriosa, verdadera y mágica de la España popular, con su pasión, el amor, el humor, la ternura, la rabia, el dolor, con su verdad; y los momentos más intensos y plenos en la vida de los personajes, tan simples como irresistibles, con toda su fuerza interior, en un desafío personal que me dio fuerza y comprensión y en el que invertí todo mi corazón.»


Cristina García Rodero - fotógrafa documentalista - sus referencias a lo concreto, pero con implicaciones de una historia tras la fotografía que sea moral, ética, étnica, religiosa. La chica soñadora en el primer término de En las eras, Escober, 1988, es como El sueño de Jacob de José Ribera, el cuadro en el Museo del Prado acerca de cual se ha dicho sugestivamente que puede que exista una conexión entre la frase del Siglo de Oro español, "la vida es sueño" (Calderon de la Barca, 1635) y "el sentimiento trágico de la vida" (Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y los pueblos, 1913). Si esta chica que nos presenta García Rodero, separada de los trilladores tanto en términos de la imagen como por el hecho de su sueño, está creando su propia vida deshaciendo otra por el hecho de su sueño, ¿no se trataría esto de la negación artística de la vida de la que se ha retirado la chica? Vibran latentes en las fotografías documentales de García Rodero amplias sugerencias filosóficas, y como acabamos de ver, tal cosa ocurre no sólo por razones de los ritos autóctonos que pintan sus imágenes documentales. De esto último son claros ejemplos: Jugando a la pasión, Riogordo, 1983; La trinidad, Lumbier, 1980; Una promesa a la vida, Amil, 1975; y Cabezas de cera, Gende, 1977. Tal vez sea el momento extático, hablando literalmente, de la imagen En las eras, y no menos así en La maya, lo que convierte las fotografías en desvios alegóricos de los hechos concretos, en lugar de realizaciones fotográficas de una alegorías rituales. 

 

 

domingo, 4 de agosto de 2013

Lo normal y los normales

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“Cuando un juicio no puede enunciarse en términos de bien y de mal se lo expresa en términos de normal y de anormal. Y cuando se trata de justificar esta última distinción, se hacen consideraciones sobre lo que es bueno o nocivo para el individuo. Son expresiones de un dualismo constitutivo de la conciencia occidental”.  Michel Foucault

Lo normal, la normalidad, lo normativo, son conceptos que hemos creado para tratar de definir el conjunto de normas que  regulan nuestra convivencia, el comportamiento de las mayorías, los lugares comunes, la lógica de nuestra sociedad. 
El concepto “normal” nos sirve para distinguir qué es lo correcto y lo incorrecto, qué está bien y mal, que es moral e innmoral. Pero la normalidad sirve, además, para discriminar a todas las personas y grupos humanos que no se ajustan a los patrones y modelos que sigue la mayoría.
Aquellos que son diferentes a esta gran mayoría se etiquetan como los anormales, las raras, los desviados, las extrañas, los ambiguos, las inclasificables, o los diferentes al resto. Esta condena de la diferencia es lo que nos divide en dos grupos: los que se adaptan y los que no, las que son aceptadas y las que no. 
Para poder integrarnos plenamente, tratamos de parecernos a aquellos con los que querríamos que se nos identificase. Por eso en las pandillas de adolescentes van todos vestidos iguales con ligeras variaciones. Necesitan sentir que pertenecen a un grupo. Por eso los varones jamás llevan falda en las sociedades occidentales: sus pantalones les definen como hombres. Esto no les sucede a los escoceses, que la usan en sus vestidos tradicionales sin perder un ápice de su masculinidad.
En nuestra sociedad la tendencia es ir hacia la homogeneización, la diferencia nos asusta. Quizás porque nos han educado con el miedo al “otro”, a la desconfianza al que no reza como nosotros, al que no habla nuestro idioma, a la que no ama como nosotras.
La diferencia, en lugar de valorarla porque nos enriquece,  nos sirve para definirnos, para etiquetarnos, para discriminarnos entre nosotros. El diferente no es normal: los diferentes están locos, son maricas,excéntricos, lesbianas,   enfermas mentales, discapacitados.
La “norma” entonces se sostiene gracias a la aceptación de la sociedad que vive bajo ella. Cuanto mayor es, más seguridad sentimos, por ejemplo en la carretera. Confiamos en que todo el mundo respeta las señales viales porque nos va la vida en ello. Si no, no saldríamos de casa.
Esta normalidad también tiene que ver con la hegemonía. La norma está determinada por las personas que tienen el poder de decidir quién es normal y quién no lo es.
La perspectiva de “lo normal” en un grupo se convierte en hegemónica cuando ese grupo obtiene el poder y puede transmitir a los demás, a través de la cultura y de la información, de la propaganda y de la fuerza, su cosmovisión de mundo, sus intereses, sus concepciones sobre la normalidad, sobre cómo son las cosas y cómo deberían ser.
Por ejemplo, las leyes anti-vagos, que provienen de una ideología según la cual los mendigos y los pobres lo son porque quieren, porque no les da la mente, porque son unos perezosos, porque no desean progresar ni se esfuerzan para ello. Según esta perspectiva, la gente normal es la gente que trabaja y desea mejorar su condición económica.
Así pues, la tiranía del asunto estriba en que creamos que las personas “normales” son aquellas que hacen lo que todo el mundo hace. O que se comportan como se supone que todos y todas “deberíamos” actuar.
Sin embargo, este concepto de normalidad cambia según las culturas y las generaciones. Lo que es “normal” para mi puede no serlo para una mujer saharaui o para una anciana japonesa.
Un ejemplo es la relación que tenemos con la Tierra. Los occidentales consideramos “normal” enterrar nuestros excrementos bajo tierra para evitar malos olores. Los kuna de Panamá y Costa Rica en cambio defecan en el río porque no quieren ensuciar a la “madre Tierra”, a la que adoran. Su cultura no ve normal ensuciar el suelo o el subsuelo, porque es sagrado.
Otro ejemplo: lo que era “normal” en la cultura amorosa de la Antigüedad Griega (el amor sublime se da entre dos hombres, la relación perfecta es la que se da entre un maestro y su joven alumno, las relaciones con mujeres son solo para procrear) no es “normal” en nuestros días, pues nuestra sociedad condena enérgicamente la pederastia.
Lo que es “normal” para un multimillonario, no lo es para una persona de clase obrera.
La normalidad, entonces, cambia no solo según las zonas geográficas, sino también según las épocas históricas, la clase social, la etnia, el género…. y las circunstancias personales.
Cada comunidad tiene sus costumbres, cosmovisiones, tradiciones, creencias y supersticiones, cada religión tiene sus mandamientos, cada pueblo establece sus propias normas. Y además, cada uno de nosotros tiene también una idea particular de cosas que son “normales” y cosas que no lo son. Y no siempre coincide con el concepto de “normalidad” de nuestra comunidad.
No todo el mundo se adapta a la norma de igual forma. Aceptamos algunas normalidades y otras no, rompemos con normalidades en determinadas épocas y en otras asumimos… nos cuesta más asumir normas que nos han sido impuestas y nos cuesta menos cuando participamos en su elaboración y aprobación.
La buena noticia es que hay disidentes de la normalidad por todas partes: gente que ama a alguien de su mismo sexo, gente que cambia de genero,  gente que se queda a medio camino, gente que no piensa que el capitalismo sea el mejor sistema posible, gente que no acaba la carrera o que no acude al altar, gente que no consume desaforadamente, gente que lo deja todo y empieza una nueva vida, gente que se queda y lucha por cambiar las cosas.
Las mujeres y los hombres disidentes, y todos aquellos que no se definen como hombres o mujeres,  y que son disidentes, suelen ser invisibilizados en la prensa, acallados en los parlamentos, discriminados en sus entornos laborales, torturados en las cárceles, golpeados en las comisarias. Todo para que no contagien al resto la disidencia de la normalidad.
No solo están los disidentes que luchan por los derechos de todos y de todas.  También están los disidentes listillos, que ocupan puestos muy importantes y desprecian igualmente la norma, o la utilizan para lo que les conviene. Se dedican a saquear nuestros recursos comunes, a violar nuestra paz y a fomentar la desigualdad o la violencia. Para saber de ellos basta con leer los periódicos: corrupción, privatizaciones, tráfico de esclavas, tráfico de drogas, tráfico de armas, violaciones, homicidios, mafias, estafas…. A pesar de esta gente ambiciosa y con tendencia a delinquir, parece que todo funciona. Los medios de comunicación de masas nos  cuentan que estos que se desvían de la norma son excepciones y que siempre acaban pagando por ello. Aunque sean muchos.
La “globalización” está imponiendo sus ideas sobre lo que es normal, lógico o natural a través de los relatos y las noticias que llegan a todos los pueblos del mundo. La gente los asume como propios, pese a que la normalidad depende mucho de según quién seas, a qué familia perteneces, si la sociedad te ha abierto las puertas o si te las ha cerrado.
Y es que en las periferias del mundo de lo normal en Occidente habitan multitud de personas que no pueden o no quieren integrarse en el sistema de producción y consumo. Son los vagabundos, las personas intergénero, las mujeres transexuales, los seres asociales y asexuales, la gente que sufre deformidades, los frikis de la informática que viven en un mundo paralelo, los travestis de la noche, las mujeres infieles, los que viven encerrados en armarios, os que conviven en tríos, la gente que sufre discapacidades que le impiden la plena inserción, las activistas de género y las performers, las académicas disidentes, la loca de los gatos, los hippies que aún viven en comunidades aisladas, los que protestan en las calles, los idealistas del mundo de la cooperación, las viudas con pensiones exiguas, los prejubilados que no querían jubilarse a los 52 años, los urbanitas que participan en huertos comunitarios, los border line, las artistas, las familias diversas, los que se inventan cosas locas, las que no aceptan imposiciones externas en su sexualidad, las que mantienen su ética y no aceptan trabajos que van en contra de sus principios. Gente rara. 
Y sin embargo, somos muchos los anormales. Yo busco entre mis amigos y familiares gente “normal” y no encuentro. Todos mis amigos y amigas tienen alguna excentricidad en el carácter, o en el pasado. Tienen un lado oscuro, un vicio secreto, una loquera mal disimulada, una manía obsesiva, una fobia absurda, una pasión extraña, una costumbre irracional o una debilidad inconfesable. Así que, ¿dónde están los y las normales?. 
La normalidad es un concepto arbitrario, y nos sirve como mecanismo para crear sentido y para imponerlo como si fuera una ley divina o un hecho completamente natural. Ejemplos hay miles: “Lo normal es que la mujer se encargue de todo en la casa, lo normal es que las mujeres amen a los hombres,  lo normal es que los negros cedan el sitio a los blancos en los espacios públicos, lo normal es que los homosexuales no encuentren trabajo por su “anormalidad”, lo normal es que los peces grandes se coman a los chicos”.
Todas estas frases que utilizan el concepto de normalidad, sirven para discriminar, para establecer distinciones, para explicar y justificar “las cosas que pasan”. La realidad por ejemplo se puede construir desde una mentira: “Hay armas de destrucción masiva en Irak”. Bajo esta falsa premisa, la idea que se transmite es: “Si hay armas en Irak, lo normal es que les declaremos la guerra, porque representan un peligro para el mundo entero”.
La normalidad está cargada de ideología, por eso para un neoliberal lo “normal” es que se enriquezcan unos pocos y los demás trabajen para ellos, para algunas mujeres lo “normal” es que amor y celos vayan unidos, para algunos hombres lo “normal” es que su esposa le planche las camisas y su hija se case con un varón, para los budistas lo “normal” no existe, para los ultracatólicos, lo “normal” es que una mujer llegue virgen al matrimonio.
Otro derivado de este concepto es la palabra “normalización“, que consiste en que la persona o personas que no son normales, empiecen a trabajar activamente para serlo.
La cuestión entonces es que si hace falta se señala que hay gente normal y hay gente vegetariana, rara porque no comen carne, o crudivegana, que come comida extraída exclusivamente de plantas y vegetales sin cocinar. La idea del Corte Inglés, como vimos en la imagen que encabeza el artículo, es que no son normales, pero se entiende de algún modo que si quisieran podrían “normalizarse”. Normalizarse es dejarse de alternativas y adaptarse a la sociedad, asumir sus normas, adoptar los patrones sobre los que pensamos el mundo y lo construimos.

Coral Herrera Gómez

jueves, 18 de julio de 2013

Hola y ¿después?

“…generalmente puede detectarse una posición básica, sincera o insincera, inflexible o insegura, sobre la que está montada su vida y desde la cual lleva a cabo sus juegos y su guión. Esta es necesaria para que pueda tener la impresión de pisar un terreno firme y la persona será tan reacia a la hora de abandonarla como si tuviera que abandonar los cimientos de su casa. Para poner un ejemplo sencillo, una mujer que crea que es muy importante el hecho de que ella es pobre, mientras que otros son ricos (Yo -/ Ellos +) no dejará de pensarlo meramente porque adquiera mucho dinero. Eso no le hace rica a su entender; solo la convierte en una persona pobre que resulta que tiene unos fondos. Su compañera de clase, que piensa que es importante el hecho de ser rica en contraste con los pobres desheredados (Yo +/Ellos -), no abandonará  su posición si pierde su dinero; esto no le convierte en una persona pobre, sino meramente en una persona rica que temporalmente pasa por apuros económicos.”

“Que dice usted después de decir hola” 
Eric Berne - fundador del Análisis Transaccional

Para Berne, las posiciones existenciales son convicciones hondamente arraigadas que implican una visión de todo el mundo, se forjan desde la cuna y dependen, (cómo no!), de la interacción del niño con su mamá, papá, etc., por lo tanto, nadie está exento de ellas.

En este intercambio, el niño desarrolla unas convicciones acerca de sí mismo y de las personas que lo rodean. Según él se pueden resumir así: Yo estoy bien, Yo no estoy bien, Tú estás bien, Tú no estás bien
y sobre estas bases toma su decisión vital. Su combinación da lugar a las cuatro posiciones existenciales: Yo +/Tú +, Yo -/Tú +, Yo +/Tú -, Yo -/Tú -.

Todos nacemos “príncipes y princesas” pero por diferentes circunstancias, podemos convertirnos en “sapos y ranas”. Es decir, todos nacemos en la posición Yo bien, Tú bien,  y si se bloquea, que es lo más habitual, luego costará mucho aprenderla y no bastará con un acto de voluntad. Dice Berne que en cualquiera de las otras posiciones se tiene “algo de rana”.
  • Posición sana: “Yo+/Tú +”. Todos nacemos bien salvo que tengamos déficits físicos o neurológicos. Para Berne “Yo+/Tú +” es la posición “sana”, surge de forma natural en la persona. En terapia hace referencia a “ponerse bien”.

Si vamos conduciendo y tenemos un pequeño accidente, retiramos los coches para no interrumpir el tráfico, disgustados seguramente, cogemos los papeles del seguro y el parte de accidente, nos intercambiamos los datos, y seguimos nuestro camino. “¡Qué faena!, ahora tengo que llevar el coche al taller, pero en todo caso, ha sido un accidente, ya no se puede hacer nada, afortunadamente tengo el seguro y no ha pasado nada grave, a partir de ahora, voy a poner todavía más atención”. 
  • Posición depresiva:” Yo-/Tú +”. Es una posición melancólica. La persona se cree el origen de los problemas y atribuye a los demás el estar bien. Nos decimos: “soy un inútil”, “no valgo”, “no sé”, “no puedo…”. Si se vivió bajo el dedo crítico  e inquisidor de algún adulto importante, si se sintió no tenido en cuenta, desvalorizado o salvado, crecerá y vivirá pensando que no es valiosos y que se debe a aquel que sí lo es, el otro. Es la posición sumisa y desvalorizada. La tendencia es a “alejarse de”.

Tenemos un pequeño accidente de tráfico, nos sentimos bloqueados, “¡Que desastre!, esto es lo que me faltaba, seguro que ha sido culpa mía por ir pensando en mis problemas, no tengo remedio, todo me sale mal…y encima meto en líos a los demás, a ver que me dicen ahora…”
  • Posición paranoide: “+/-“. “Yo soy un príncipe, tú eres una rana”. Es descrita por Berne como posición arrogante. La tendencia es a echar la culpa a los demás  y a “deshacerse de “. El origen de los problemas está fuera de uno.

De nuevo, el accidente: “Hay que fastidiarse! estoy rodeado de inútiles, se le va a caer este el pelo, bueno, a ésta, y encima mujer. Típico”.
  • Posición fútil o nihilista: “-/-“. Es la negación total y absoluta. La tendencia es a abandonar toda esperanza, a no creer en uno mismo, en nada y en nadie. Los mensajes que se oyeron en la infancia eran desesperanzadores.

Se produce el accidente: “Ohhh, no…! Problema tras problema…así no hay quién viva, este mundo es un desastre”.

Kerstéz en 1973, añade una quinta posición, la posición realista. Yo +-/Tú +-, esta posición permite a la persona valorar lo realmente positivo y negativo de nosotros mismos y de los demás, ya que no siempre puede estar “todo bien”, ni nosotros somos lo maravillosos que desearíamos ser y así lo refleja el dicho: “no todo el monte es orégano”.

A la posición +/+, Kerstéz la define como Posición Maníaca, según él en esta posición se ignoran los aspectos negativos o dolorosos de uno mismo, de la realidad y del otro, es un falso optimismo o falsa alegría, una confianza inadecuada en los otros o en uno mismo y puede ocasionar una conducta irresponsable, poco a nada comprometida.

Sin embargo, la posición Yo bien/Tú bien, según Berne,  nos permite aceptar al otro y a nosotros mismos en esencia y nos ayuda a re-colocarnos cuando nos situamos en otras posiciones. Así podremos distinguir YO SOY BIEN de YO ME SIENTO BIEN. Podemos ser OK y sentirnos mal, ser OK hace referencia  a nuestro valor como seres humanos, somos OK en esencia.

martes, 16 de julio de 2013

Tzevetan Todorov

En contra de lo que muchos creen el neoliberalismo no es sólo una opción económica y política. El neoliberalismo es la propuesta de una forma de vida en la que uno autogestiona su propia vida, es el empresario de sí mismo que debe competir con los otros. Esta propuesta es atractiva y la izquierda no debe combatirla con un comunitarismo que niegue la libertad individual, la capacidad creativa del individuo respecto a su propia vida. Pero hay que desmontar el mito del individuo independiente, capaz de casi todo y para él que el otro es un obstáculo o un rival. Primero porque la independencia es una ilusión. Los individuos necesitamos a la sociedad y a los otros, somos producto de una sociedad y no somos nada sin los otros, sin los bienes y los recursos producidos. Segundo porque los otros son un elemento fundamental para nuestro bienestar. Esto ya lo supo ver un liberal como John Stuart Mill. Lo que se trata no es de contraponer desde la izquierda un comunitarismo al individualismo liberal. Lo que se trata es buscar el equilibrio entre el yo y el otro, entre nosotros y los demás. Cornelius Castoriadis reivindicaba la autonomía del individuo y la autogestión de la colectividad. Hay que ver como se concreta pero es un buen planteamiento.
Richard Sennett acaba de publicar un interesante libro en el que reivindica la cooperación como relación humana básica en la que todos podemos obtener beneficios del intercambio. Se trata de recuperar la cooperación contra la competencia. Lo cual no quiere decir eliminar totalmente la competencia, que a veces es inevitable. Se trata de entender que si podemos cooperar es casi siempre mejor que competir. Y que incluso si competimos hemos de buscar un espacio simbólico común, es decir de cooperación. Lo decía Chantal Mouffé al defender la democracia como una opción agónica frente al antagonismo.
He vuelto a leer un libro del lingüista y filósofo francés de origen búlgaro Tzevetan Todorov que se llama La vida común. Lo escribió en 1995 y lo editó Santillana en el 2008, con una muy buena traducción de Héctor Subirats. Todorov critica el ideal moderno de la independencia que se inicia con Maquiavelo y Hobbes. Hay que depender solo de uno mismo porque los otros son nuestros adversarios. Incluso Montaigne hace una apología de la soledad en la que parece que siempre estamos mejor solos que en compañía del otro. Esta idea, comenta Todorov, es ajena a los antiguos. El desarrollo de este ideal tendrá su formulación más radical en Nietzsche. El superhombre, es el hombre que se supera a sí mismo, lo cual pasa entre otras cosas por no depender de nadie. Las relaciones humanas son siempre relaciones de poder, o sometes al otro o el otro te somete a tí. Georges Bataille se extrañaba que Nietzsche no hubiera ensalzado la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel, que planteaba con gran precisión que el deseo de reconocimiento solo se logra en la lucha a muerte entre dos sujetos del deseo, en el que el deseo de uno cede al del otro. A través del ruso Alexandro Kojève esta idea hegeliana tuvo mucha influencia en los filósofos franceses de las primeras décadas del siglo XX. Lacan lo tomará como una de las bases para su registro imaginario. Hay una lucha por el reconocimiento de la propia imagen por el otro y esto lleva a un conflicto permanente con el otro. Hace falta la mediación simbólica del lenguaje y de la ley para pacificar la relación.
¿ Por qué, se pregunta Todorov, hemos de entender la lucha por el reconocimiento, por el prestigio, de manera negativa ? Los antiguos siempre vieron en el reconocmiento de la sociedad algo valioso y su búsqueda era legítima. ¿ Qué ha pasado ? Quizás empezó el cristianismo hablando de la vanidad como pecado el que empezó a degradar este deseo de ser reconocido. Pero Spinoza, en su excelente tratado de las pasiones humanas, ya formuló que el deseo de reconcimiento podía y debía ser una fuente de alegría, si no cae en el exceso de la vanidad. Rousseau planteó una reflexión interesante. Separa el amor por sí mismo, que sería una pulsión positiva de conservación, del amor propio, que es negativo porque aparece cuando nos comparamos con los otros y siempre nos encadena a la opinión ajena. Es la vanidad, fuente de muchos males sociales. Pero Rousseau plantea el deseo de reconocimiento como algo diferenciado de las dos tendencias anteriores. Es el resultado de nuestra sociabilidad, que finalmente Rousseau admite, "de unir nuestros corazones con el otro".
 El deseo de reconocmiento es, por supuesto, diferente en las sociedades tradicionales y las líquidas. En las tradicionales es la sociedad la que plantea los lugares simbólicos, marcados socialmente, a partir de los cuales obtenemos este reconocimiento. En las sociedades líquidas es más complejo. Son sociedades, como dice Sennett, bastante narcisistas. Digo bastante porque me parece que Sennett exagera este aspecto. Estamos todos más pendientes de la imagen personal. Pero también es narcisismo identificarse con el Ideal del Yo de las sociedades tradicionales, en cierta forma. También es una sociedad que se obsesiona con los aspectos psicológicos, como bien ha mostrado la socióloga Eva Illouz. Pero esta invención de uno mismo no me parece negativo. No me lo parece si busca el reconocimiento del otro en el sentido de ser querido por el otro, no de ser admirado por el otro (esto sería la vanidad, que sí es negativa). No me lo parece si hay un reconocimiento del otro. Querer ser reconocido y ser capaz de reconocer al otro, esta es, desde luego, la salida adecuada.
Todorov matiza aspectos igualmente interesantes. Uno es la diferencia entre ser reconocido y ser valorado. Ser reconocido es fundamental para cualquier ser humano y ser valorado es importante, pero segundario. Antes de ser valorados necesitamos no ser ninguneados, ignorados. Es sentirse negado, mucho peor que sentirse rechazado. Todorov nos explica lo bien que lo muestra Dostoievski a través del protagonista de Memorias del subsuelo. 
El otro aspecto es como escapamos de esta necesidad de reconocimiento, Refugiándonos en un refugio interno ( salida autista); a través de la fusión con el otro ( el mimetismo : siempre me acuerdo de la película Zelig de Woody Allen);
el orgullo ( la ilusión de la independencia) y a través del papel de víctima.

Luis Roca Jusmet

sábado, 13 de julio de 2013

Hoy es 13

Es posible que este número esconda desgracias, negatividad, maldad, enfermedades, pero puede ser también un número de suerte. Esta mística y mágica cifra, está rodeada de un simbolismo particular. El miedo a la superstición dirigida hacia este número se remonta a muchos siglos atrás. Ya antes del cristianismo, se tenía cierto temor al número trece. En el judaísmo, el 13, representaba un mal número, ya que se lo asociaba directamente con la cantidad de genios y espíritus que se relacionaban con el mal.
Otra creencia nórdica vinculada con la negatividad del este número, nos cuenta que, una deidad maligna llamada Loki, ocupaba, en el panteón, el lugar decimotercero. La historia de esta deidad maligna surge del relato que dice, que doce dioses estaban invitados a un banquete y que Loki no había sido invitado. Éste, ofendido y con deseos de lucha, se presenta a la reunión, ocupando el lugar 13 entre los dioses. A continuación se entabla una terrible lucha en la que muere el dios favorito llamado Balder.
Ya en la época de Cristo, la leyenda urbana más difundida dice que en la Última Cena, se reúnen trece comensales, Jesús y sus doce apóstoles. Luego de esta cena, Judas, uno de los apóstoles, traiciona a Jesús. De esta reunión surge la superstición de que 13 comensales no se sienten a la mesa, ya que es un llamado a la desgracia.
La vida del músico alemán Richard Wagner parecía estar indisolublemente ligada al número 13: nació en un año acabado en 13, la suma de las letras de su nombre y apellido son 13, los números de su año de nacimiento (1813) suman también 13, compuso 13 óperas y falleció un día 13.

Si bien todos estos relatos nos demuestran la negatividad del número trece, existen otros relatos que determinan todo lo contrario.

El cortejo de Zeus, el dios supremo del Olimpo, estaba integrado por 12 dioses, más él, sumaban 13. Por otra parte Ulises, según la mitología griega, era el Dios número 13, y pudo salvarse de ser devorado por un cíclope. Otra diosa vinculada con este número, es Freya, una diosa germana muy bella, representante del amor y de los versos amorosos.
En la actualidad, si el calendario nos indica que es martes 13, se supone que la desgracia esta garantizada, por ese número y por su relación con Marte, el dios de la guerra. Hay un dicho que dice: en martes 13 no te cases ni te embarques, ni te mudes a ninguna parte.
En la creencia anglosajona, es el viernes 13 donde puede ocurrir la desgracia, es decir es el día crítico. Se dice también que durante esta jornada los espíritus negativos aprovechan para rondar y dañar a los vivos. Para las creencias japonesas, si el día 13 cae en viernes, puede ser un día maravilloso, es propicio para los juegos de azar y para que se cumplan todos los sueños.
Por otro lado, se utiliza este número para alcanzar la trascendencia, en muchos cultos de oriente.
Los antiguos egipcios, establecían que la muerte era la decimotercera fase del ciclo de la vida, por lo que consideraban que el número trece representaba la nueva existencia, era el camino hacia la morada de los dioses, un viaje al más allá.
En los estudios de Pitágoras, de la disciplina numerología, el número 13 pasa a ser el número de la evolución y del crecimiento. También este número sirve para que el buscador de lo místico, usándolo adecuadamente, pueda abrir las puertas del conocimiento.
El número 13 en magia, simboliza el velo de los maestros, que podrá ser levantado una vez que el iniciado haya alcanzado la iluminación perfecta, una vez que el cuerpo, la mente y el espíritu se hayan purificado.
En los rituales egipcios, se debían realizar en el templo de iniciación, trece pasos. Seis pasos, representaban la audacia, la certeza, la voluntad, los objetivos, el deseo y el coraje, estos se debían realizar hacia delante y para representar que cada paso realizado hacia delante estaba meditado, se realizaban seis pasos hacia atrás. Por último, el paso número 13, servía para cruzar, de modo simbólico, la puerta que los conduciría a la nueva vida, a la nueva existencia.
En todas partes existen las manías acerca del este número, en el deporte, por ejemplo, no existe la camiseta que tenga este número y si la hay, los deportistas se niegan a usarla.
Por otra parte es más común de lo que uno cree, decir doce más uno, para no pronunciar el número 13. Encontramos también gran cantidad de hoteles que pasan del piso 12 al 14, es decir no existe el piso 13, para no llamar a la mala suerte, se suele considerar que este piso puede afectar la estructura, la solidez de estos enormes edificios. Para evitar las desgracias en los negocios y tener buena suerte y prosperidad, se evitó, expresamente, crear la planta 13 en los edificios más emblemáticos de Nueva York, como el Rockefeller Center, el Hotel Pierre o el Helmsley. Cuando este piso existe en algún edificio, se lo utiliza para asuntos relacionados con el servicio y no para que se alojen sus clientes.
Otro caso particular es el del Apolo XIII, que despegó el 11 de abril de 1970, a las 13 horas en punto y no habían alcanzado a pasar 13 minutos… En Estados Unidos, los diseñadores de los aviones de guerra, nunca han proyectado un caza con la nominación F-13, ya que conocen que sus pilotos son sumamente supersticiosos.
Otra creencia popular y hogareña, es nunca juntar en un recipiente 13 cabezas de ajos.
Cuando la superstición o creencia por la negatividad del numero 13 es desmesurada, se convierte en una patología, la cual se denomina triscadecafobia, y puede presentar desde nauseas, dolores de cabeza o mareos, hasta desarreglos emocionales que pueden provocar fuertes estados de ansiedad. Estas personas no salen los días 13, sea martes o viernes, no suben al piso 13 o no eligen sentarse en la fila o asiento que tenga este número, e incluso no pueden ver el número 13, ni permiten que le hablen de él.

domingo, 16 de junio de 2013

Espiritu de fuego: una noche mágica

Las celebraciones de San Juan son de origen pagano y han heredado una serie de rituales, prácticas y costumbres que parecen estar basadas en celebraciones precristianas. Esa noche no sólo se celebra en España. Por toda Europa hay festivales que marcan la llegada del verano y también en Hispanoamérica y Brasil, trasladados desde la Península, aunque en algunos países no coincida con el solsticio de verano sino con el del invierno. Véase el caso de Brasil, donde las celebraciones en torno a San Juan son famosas en los estados de Bahía y Pernambuco.
Aunque el solsticio de verano ocurre un par de días antes, se denomina por la noche de San Juan como “la noche más corta del año” en el hemisferio norte y su celebración se basa en el triunfo de la luz sobre la oscuridad. En sus rituales las características principales son el sol, el fuego y el agua, y las hogueras que se encienden esa noche preservan de todo mal durante un año. La leyenda dice que las cenizas curan las enfermedades de la piel y que es conveniente saltar la hoguera un mínimo de tres veces para tener un buen año. Es una noche mágica en la que todo puede suceder, cuando las hierbas tienen propiedades que todo lo curan o espantan malos espíritus, las mozas encuentran novio y el amor no tiene ataduras. Los tesoros escondidos brillan y pueden ser descubiertos, y quien coge la hierba llamada “verbena“, queda curado de todo mal. De aquí viene que en castellano a la fiesta se le llame verbena.
Sin embargo, el elemento principal es el fuego. Los niños y las niñas recogen leña y muebles viejos bastantes días antes y los amontonan en un llano. La costumbre de encender fuegos parece que proviene de antiguos cultos paganos al sol , pero también está relacionada con la prevención de epidemias por el poder antiinfeccioso y de alejar los malos espíritus que posee el fuego. Las hogueras se hacen normalmente sin ninguna estructura. La verbena es la fiesta más generalizada, casi todo el mundo se reúne para pasarla en grupo, hablar, cantar, bailar y reír. La noche de San Juan es uno de los momentos, junto con la Navidad, que más acerca a las personas, ya sea en un entorno familiar o en un grupo de amigos, pues se celebra algo en común.
En Catalunya se celebra “La revetlla de Sant Joan” con hogueras en las calles principales y con fiestas llamadas verbenas cuyo origen se debe a la recolección de hierbas aromáticas, la verbena, la valeriana y el trébole, que eran benéficas si se cortaban esa noche. Se lanzan fuegos artificiales y se come la famosa coca de piñones, crema ó frutas (Coca de Sant Joan) acompañada de una deliciosa copa de cava.
  • En Icod de los Vinos (Tenerife) se bajan enormes troncos de fuego desde lo alto del monte en la noche de San Juan.
  • En San Pedro Manrique (Soria) tiene lugar “el paso del fuego”, donde los lugareños cruzan descalzos las brasas de la hoguera con paso seguro, llevando muchas veces a otra persona a sus espaldas, sin sufrir daño alguno. La gente del lugar dice que los forasteros se queman porque pisan muy flojo y los lugareños pisan fuerte para detener la combustión.
  • Las hogueras de San Juan en Alicante están realizadas artísticamente con madera y cartón en forma de monigotes, o ninots, grotescos que satirizan las malas costumbres de la gente. Se colocan en las calles tres días antes y se queman el 24 en una ceremonia que se conoce como la “Nit del Foc”. Hay, además, varias cabalgatas por toda la ciudad: “la cabalgata del foc”, que representa el culto al fuego a través de varios períodos. El “coso infantil”, en el que toman parte los niños vestidos con trajes de época y donde se celebra una batalla de flores, serpentinas y confeti y la cabalgata de las bandas de música contratadas por los diferentes distritos de la ciudad.
  • En Menorca, San Juan tiene un carácter muy especial ya que en la celebración están representados varios estamentos: los campesinos, los casados, los solteros, los señores y la iglesia, con claras reminiscencias medievales. Los representantes van a caballo y tienen lugar los célebres “caracoleos”, celebración al son de la música popular con los caballos haciendo cabriolas, banderas ondeando y una popular batalla de avellanas. La bebida popular durante las fiestas de San Juan en la isla es la “pomada”, una mezcla explosiva de ginebra local y limonada.
  • En otras partes de España se come, ya al amanecer, chocolate con churros.
Muchas y variadas son las celebraciones, costumbres y rituales de noche tan señalada. Celtas e íberos pensaban que las fuentes eran curativas, por lo que se cree que todas las aguas que se toman en la noche de San Juan son beneficiosas y algunas personas se bañan desnudas de madrugada en el río o el mar. Lope de Vega es el autor que más obras ha situado en el día de San Juan. También Shakespeare tiene una muy famosa : “El Sueño de una noche de Verano”. No olvides saltar una hoguera y mojarte los pies con siete olas del mar…para comenzar con pie derecho el verano.