“Cuando un juicio no puede
enunciarse en términos de bien y de mal se lo expresa en términos de
normal y de anormal. Y cuando se trata de justificar esta última
distinción, se hacen consideraciones sobre lo que es bueno o nocivo para
el individuo. Son expresiones de un dualismo constitutivo de la
conciencia occidental”.
Michel Foucault
Lo normal, la normalidad, lo normativo,
son conceptos que hemos creado para tratar de definir el conjunto de
normas que regulan nuestra convivencia, el comportamiento de las
mayorías, los lugares comunes, la lógica de nuestra sociedad.
El concepto “normal” nos sirve para distinguir qué es lo correcto y lo incorrecto, qué está bien y mal, que es moral e innmoral. Pero la normalidad sirve, además, para discriminar a todas las personas y grupos humanos que no se ajustan a los patrones y modelos que sigue la mayoría.
El concepto “normal” nos sirve para distinguir qué es lo correcto y lo incorrecto, qué está bien y mal, que es moral e innmoral. Pero la normalidad sirve, además, para discriminar a todas las personas y grupos humanos que no se ajustan a los patrones y modelos que sigue la mayoría.
Aquellos que son diferentes a esta gran mayoría
se etiquetan como los anormales, las raras, los desviados, las
extrañas, los ambiguos, las inclasificables, o los diferentes al resto. Esta
condena de la diferencia es lo que nos divide en dos grupos: los que se
adaptan y los que no, las que son aceptadas y las que no.
Para poder integrarnos plenamente, tratamos de parecernos a aquellos con los que querríamos que se nos identificase. Por eso en las pandillas de adolescentes van todos vestidos iguales con ligeras variaciones. Necesitan sentir que pertenecen a un grupo. Por eso los varones jamás llevan falda en las sociedades occidentales: sus pantalones les definen como hombres. Esto no les sucede a los escoceses, que la usan en sus vestidos tradicionales sin perder un ápice de su masculinidad.
Para poder integrarnos plenamente, tratamos de parecernos a aquellos con los que querríamos que se nos identificase. Por eso en las pandillas de adolescentes van todos vestidos iguales con ligeras variaciones. Necesitan sentir que pertenecen a un grupo. Por eso los varones jamás llevan falda en las sociedades occidentales: sus pantalones les definen como hombres. Esto no les sucede a los escoceses, que la usan en sus vestidos tradicionales sin perder un ápice de su masculinidad.
En nuestra sociedad la tendencia es ir hacia la homogeneización, la diferencia nos asusta. Quizás
porque nos han educado con el miedo al “otro”, a la desconfianza al que
no reza como nosotros, al que no habla nuestro idioma, a la que no ama
como nosotras.
La diferencia, en lugar de valorarla porque nos enriquece, nos sirve para definirnos, para etiquetarnos, para discriminarnos entre nosotros. El diferente no es normal: los diferentes están locos, son maricas,excéntricos, lesbianas, enfermas mentales, discapacitados.
La “norma” entonces se sostiene gracias a la aceptación de la sociedad que vive bajo ella. Cuanto mayor es, más seguridad sentimos, por ejemplo en la carretera. Confiamos en que todo el mundo respeta las señales viales porque nos va la vida en ello. Si no, no saldríamos de casa.
Esta normalidad también tiene que ver con la hegemonía. La norma está determinada por las personas que tienen el poder de decidir quién es normal y quién no lo es.
La diferencia, en lugar de valorarla porque nos enriquece, nos sirve para definirnos, para etiquetarnos, para discriminarnos entre nosotros. El diferente no es normal: los diferentes están locos, son maricas,excéntricos, lesbianas, enfermas mentales, discapacitados.
La “norma” entonces se sostiene gracias a la aceptación de la sociedad que vive bajo ella. Cuanto mayor es, más seguridad sentimos, por ejemplo en la carretera. Confiamos en que todo el mundo respeta las señales viales porque nos va la vida en ello. Si no, no saldríamos de casa.
Esta normalidad también tiene que ver con la hegemonía. La norma está determinada por las personas que tienen el poder de decidir quién es normal y quién no lo es.
La perspectiva de “lo normal” en un
grupo se convierte en hegemónica cuando ese grupo obtiene el poder y
puede transmitir a los demás, a través de la cultura y de la
información, de la propaganda y de la fuerza, su cosmovisión de mundo,
sus intereses, sus concepciones sobre la normalidad, sobre cómo son las cosas y cómo deberían ser.
Por ejemplo, las leyes anti-vagos, que
provienen de una ideología según la cual los mendigos y los pobres lo
son porque quieren, porque no les da la mente, porque son unos
perezosos, porque no desean progresar ni se esfuerzan para ello. Según
esta perspectiva, la gente normal es la gente que trabaja y desea mejorar su condición económica.
Así pues, la tiranía del asunto estriba en que creamos que las personas “normales” son aquellas que hacen lo que todo el mundo hace. O que se comportan como se supone que todos y todas “deberíamos” actuar.
Sin embargo, este concepto de normalidad cambia
según las culturas y las generaciones. Lo que es “normal” para mi puede
no serlo para una mujer saharaui o para una anciana japonesa.
Un ejemplo es la relación que tenemos
con la Tierra. Los occidentales consideramos “normal” enterrar nuestros
excrementos bajo tierra para evitar malos olores. Los kuna de
Panamá y Costa Rica en cambio defecan en el río porque no quieren
ensuciar a la “madre Tierra”, a la que adoran. Su cultura no ve normal ensuciar el suelo o el subsuelo, porque es sagrado.
Otro ejemplo: lo que era “normal” en la
cultura amorosa de la Antigüedad Griega (el amor sublime se da entre dos
hombres, la relación perfecta es la que se da entre un maestro y su
joven alumno, las relaciones con mujeres son solo para procrear) no es
“normal” en nuestros días, pues nuestra sociedad condena enérgicamente
la pederastia.
Lo que es “normal” para un multimillonario, no lo es para una persona de clase obrera.
La normalidad, entonces,
cambia no solo según las zonas geográficas, sino también según las
épocas históricas, la clase social, la etnia, el género…. y las
circunstancias personales.
Cada comunidad tiene sus costumbres,
cosmovisiones, tradiciones, creencias y supersticiones, cada religión
tiene sus mandamientos, cada pueblo establece sus propias normas. Y
además, cada uno de nosotros tiene también una idea particular de
cosas que son “normales” y cosas que no lo son. Y no siempre coincide
con el concepto de “normalidad” de nuestra comunidad.
No todo el mundo se adapta a la norma de igual forma. Aceptamos algunas normalidades y otras no, rompemos con normalidades en determinadas épocas y en otras asumimos… nos cuesta más asumir normas que nos han sido impuestas y nos cuesta menos cuando participamos en su elaboración y aprobación.
La buena noticia es que hay disidentes de la normalidad por todas partes: gente que ama a alguien de su mismo sexo, gente que cambia de genero, gente que se queda a medio camino, gente que no piensa que el capitalismo sea el mejor sistema posible, gente que no acaba la carrera o que no acude al altar, gente que no consume desaforadamente, gente que lo deja todo y empieza una nueva vida, gente que se queda y lucha por cambiar las cosas.
No todo el mundo se adapta a la norma de igual forma. Aceptamos algunas normalidades y otras no, rompemos con normalidades en determinadas épocas y en otras asumimos… nos cuesta más asumir normas que nos han sido impuestas y nos cuesta menos cuando participamos en su elaboración y aprobación.
La buena noticia es que hay disidentes de la normalidad por todas partes: gente que ama a alguien de su mismo sexo, gente que cambia de genero, gente que se queda a medio camino, gente que no piensa que el capitalismo sea el mejor sistema posible, gente que no acaba la carrera o que no acude al altar, gente que no consume desaforadamente, gente que lo deja todo y empieza una nueva vida, gente que se queda y lucha por cambiar las cosas.
Las mujeres y los hombres disidentes, y
todos aquellos que no se definen como hombres o mujeres, y que son
disidentes, suelen ser invisibilizados en la prensa, acallados en los
parlamentos, discriminados en sus entornos laborales, torturados en las
cárceles, golpeados en las comisarias. Todo para que no contagien al
resto la disidencia de la normalidad.
No solo están los disidentes que luchan
por los derechos de todos y de todas. También están los disidentes
listillos, que ocupan puestos muy importantes y desprecian igualmente la
norma, o la utilizan para lo que les conviene. Se dedican a saquear
nuestros recursos comunes, a violar nuestra paz y a fomentar la
desigualdad o la violencia. Para saber de ellos basta con leer los
periódicos: corrupción, privatizaciones, tráfico de esclavas, tráfico de
drogas, tráfico de armas, violaciones, homicidios, mafias, estafas…. A
pesar de esta gente ambiciosa y con tendencia a delinquir, parece que
todo funciona. Los medios de comunicación de masas nos cuentan que
estos que se desvían de la norma son excepciones y que siempre acaban
pagando por ello. Aunque sean muchos.
La “globalización” está imponiendo sus ideas sobre lo que es normal, lógico o natural a través de los relatos y las noticias que llegan a todos los pueblos del mundo. La gente los asume como propios, pese a que la normalidad depende mucho de según quién seas, a qué familia perteneces, si la sociedad te ha abierto las puertas o si te las ha cerrado.
Y es que en
las periferias del mundo de lo normal en Occidente habitan multitud de
personas que no pueden o no quieren integrarse en el sistema de
producción y consumo. Son los vagabundos, las personas intergénero,
las mujeres transexuales, los seres asociales y asexuales, la gente que
sufre deformidades, los frikis de la informática que viven en un mundo
paralelo, los travestis de la noche, las mujeres infieles, los que viven
encerrados en armarios, os que conviven en tríos, la gente que sufre
discapacidades que le impiden la plena inserción, las activistas de
género y las performers, las académicas disidentes, la loca de los
gatos, los hippies que aún viven en comunidades aisladas, los que
protestan en las calles, los idealistas del mundo de la cooperación, las
viudas con pensiones exiguas, los prejubilados que no querían jubilarse
a los 52 años, los urbanitas que participan en huertos comunitarios,
los border line, las artistas, las familias diversas, los que se
inventan cosas locas, las que no aceptan imposiciones externas en su
sexualidad, las que mantienen su ética y no aceptan trabajos que van en
contra de sus principios. Gente rara.
Y sin embargo, somos muchos los anormales. Yo
busco entre mis amigos y familiares gente “normal” y no encuentro.
Todos mis amigos y amigas tienen alguna excentricidad en el carácter, o
en el pasado. Tienen un lado oscuro, un vicio secreto, una loquera
mal disimulada, una manía obsesiva, una fobia absurda, una pasión
extraña, una costumbre irracional o una debilidad inconfesable. Así que, ¿dónde están los y las normales?.
La normalidad es un concepto
arbitrario, y nos sirve como mecanismo para crear sentido y para
imponerlo como si fuera una ley divina o un hecho completamente natural. Ejemplos hay miles: “Lo normal es que la mujer se encargue de todo en la casa, lo normal es que las mujeres amen a los hombres, lo normal es que los negros cedan el sitio a los blancos en los espacios públicos, lo normal es que los homosexuales no encuentren trabajo por su “anormalidad”, lo normal es que los peces grandes se coman a los chicos”.
Todas estas frases que utilizan el concepto de normalidad, sirven para discriminar, para establecer distinciones, para explicar y justificar “las cosas que pasan”. La realidad por ejemplo se puede construir desde una mentira: “Hay armas de destrucción masiva en Irak”. Bajo esta falsa premisa, la idea que se transmite es: “Si hay armas en Irak, lo normal es que les declaremos la guerra, porque representan un peligro para el mundo entero”.
Todas estas frases que utilizan el concepto de normalidad, sirven para discriminar, para establecer distinciones, para explicar y justificar “las cosas que pasan”. La realidad por ejemplo se puede construir desde una mentira: “Hay armas de destrucción masiva en Irak”. Bajo esta falsa premisa, la idea que se transmite es: “Si hay armas en Irak, lo normal es que les declaremos la guerra, porque representan un peligro para el mundo entero”.
La normalidad está cargada de ideología, por
eso para un neoliberal lo “normal” es que se enriquezcan unos pocos y
los demás trabajen para ellos, para algunas mujeres lo “normal” es que
amor y celos vayan unidos, para algunos hombres lo “normal” es que su
esposa le planche las camisas y su hija se case con un varón, para los
budistas lo “normal” no existe, para los ultracatólicos, lo “normal” es
que una mujer llegue virgen al matrimonio.
Otro derivado de este concepto es la palabra “normalización“, que consiste en que la persona o personas que no son normales, empiecen a trabajar activamente para serlo.
La cuestión entonces es que si hace falta se señala que hay gente normal y hay gente vegetariana, rara porque no comen carne, o crudivegana,
que come comida extraída exclusivamente de plantas y vegetales sin
cocinar. La idea del Corte Inglés, como vimos en la imagen que encabeza
el artículo, es que no son normales, pero se entiende de algún modo que si quisieran podrían “normalizarse”. Normalizarse
es dejarse de alternativas y adaptarse a la sociedad, asumir sus
normas, adoptar los patrones sobre los que pensamos el mundo y lo
construimos.
Coral Herrera Gómez
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