sábado, 12 de octubre de 2013

La filosofía en España

Hace un par de años, en la civilizada sociedad chilena, el último gran terremoto dio paso inmediatamente a una ola de saqueos; hace 15 días, las tormentas que asolaban México desencadenaron un fenómeno de la misma clase; hace poco tiempo, con ocasión de otra catástrofe en la India, en Italia, en Rusia, en Nigeria… Miremos a donde miremos, y aunque siempre se puedan recordar también excepciones notabilísimas, este mundo, en el que los niveles de alfabetización, escolarización y capacitación profesional son mucho más altos que en cualquier otra época histórica, sigue mostrándonos que, en cuanto se levanta el imperio público de las leyes, la humanidad prescinde, en general, de los comportamientos morales, salta por encima de los valores convencionales y prueba clamorosamente que el esfuerzo por la auténtica cultura está, después de tantos siglos, apenas en mantillas. Hay un fondo de barbarie siempre buscando el anillo que vuelve invisible, como en el viejo cuento que relata Heródoto, para poder gozar sin problemas de lo que no es lícito habitualmente. ¿Cómo no vamos a sentirnos preocupados y desafiados por esta constatación tan triste todos los que trabajamos en la enseñanza? ¿Es que también para nosotros los contenidos de lo que tratamos de trasmitir son sólo adornos superficiales de la barbarie y, a lo más, técnicas de supervivencia de muy varios estilos?
Y cuando no podemos dejarnos de hacer estas preguntas que cuestionan el fondo mismo de aquello que hemos convertido en parte esencial de nuestra vida, llega el momento de que se abra en España el debate parlamentario de una ley educativa. Nos es imposible asumir de forma callada y resignada que la Filosofía vaya a desaparecer casi por completo de la formación de los jóvenes españoles. No podemos continuar nuestra labor de todos los días sin escribir esta necrológica indignada. ¿Es que no se es consciente de hasta qué punto es peligroso «saber hacer», sin tener ni la menor idea de por qué o para quién hacemos lo que hacemos?
La adquisición de competencias profesionales, el crecimiento económico y la competitividad son importantes, sin duda, pero para la agenda política, y no tanto para un sistema educativo. Ésas no pueden ser las metas, las únicas metas, de la segunda enseñanza. La educación en primaria y secundaria debe formar personas, no profesionales. La sociedad será más justa y solidaria en la medida en que nuestros alumnos aprendan a ponerse en el lugar del otro y a construir algo en común. Más importante que la capacidad de competir, es la capacidad de reconocer la dignidad del compañero. A la vez que se adquieren las habilidades de una profesión, es imprescindible reflexionar sobre el lugar que esa profesión ocupa en el conjunto de la existencia de una persona, y también es imprescindible hacerse alguna idea no mala de la importancia de nuestro trabajo vocacional dentro de la estructura de la sociedad. Por cierto, éste es exactamente el problema que se discute de manera ingeniosísima, paradójica, dando de veras que pensar, en el más antiguo texto completo que conservamos de la filosofía clásica griega: el breve diálogo platónico que llamamos Hipias menor. (¿No será que la filosofía no es tan inútil, después de todo?).
En la LOMCE se da por supuesto que el alumno es capaz de reconocer sus propias metas y que la enseñanza básica le ayudará a alcanzarlas. Pero en estos niveles de enseñanza, el alumno no se dispone a cumplir con éxito sus objetivos, sino a buscarlos y a reconocerlos como propios. Hay que formar personas que sean capaces de proponerse metas en la vida y reconocer su vocación a medida que avanzan en su proceso educativo.
Resulta paradójico que la Ley recurra a la Constitución para justificarse a sí misma con estas palabras: el objeto de la educación es «el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales». ¡Para poder respetar tales principios hay que conocerlos antes!
Sin esta formación, que ya es filosófica, los alumnos no tendrán una visión plena de lo que son los principios democráticos; no sabrán qué son realmente los derechos humanos (más allá del significado de las palabras que los enuncian), ni comprenderán en qué consiste ser libre (o dejar de serlo) en una sociedad democrática. Porque las palabras derecho, libertad, democracia, respeto o convivencia formen parte de nuestro vocabulario, no tenemos asegurada en absoluto la plena comprensión de lo que realmente significan y de lo que supone vivir de acuerdo con ellas.
Estamos muy equivocados si pensamos que la educación puede ser una bandera política. La división ideológica del país no se superará hasta que no logremos diseñar un sistema educativo capaz de unir, y no de separar. Se comete un grave error cuando se utiliza la formación filosófica como herramienta política. La filosofía no es de derechas ni de izquierdas, sino que es la base para que una persona pueda libremente optar por una concepción de la realidad u otra, por una ideología u otra. Pensar, reflexionar, comprender la realidad que vivimos es algo necesario, con independencia de cuál sea después nuestra opción política, y también con independencia de cuál sea nuestra particular vocación profesional.
Es cierto que a lo largo de los años no se han hecho bien las cosas, pues nosotros mismos, como profesores, hemos caído en la tentación de politizar nuestras enseñanzas, pero la filosofía proporciona también la medicina para evitarlo. El hecho de que haya malos médicos no hace que consideremos que la medicina no tiene sentido y deba desaparecer. Quizá no hayamos sido los mejores maestros, pero eso no significa que deba desaparecer la Filosofía. Tenemos la tarea de situar la filosofía en el lugar que le corresponde, por encima de nuestras propias mediocridades. Enseñemos a pensar a los alumnos, sin decirles qué es lo que tienen que pensar; ayudémosles a plantearse las preguntas a las que necesitan enfrentarse, sin imponerles las respuestas, sino ayudándolos a buscarlas.
Nuestra intención no es demonizar la tecnología, despreciar el plurilingüismo o la profesionalización en sí mismos. Tratamos de mostrar la necesidad de humanizarlos: por sí solos pueden contribuir al bien de la humanidad, pero también a su envilecimiento. Es fundamental que nuestro sistema educativo esté pensado desde su raíz para poner la técnica al servicio de lo humano. Para ello los alumnos deberán tener espacios en los que aprender a ser autónomos en su relación con las nuevas tecnologías y el mundo en el que viven. La formación filosófica es esencial en este camino hacia la autonomía personal.
Nuestros alumnos se encuentran cada día, en cada gesto, con las nuevas tecnologías; pero no se encuentran con las preguntas que pueden dar un vuelco a sus vidas, no se encuentran en la calle los diálogos que pueden abrirles nuevas perspectivas.
Para descubrir el ámbito de lo enigmático (más allá de las respuestas de la ciencia y las facilidades de la técnica), hay que aprender filosofía como contenido y como método de reflexión, y no reducir la filosofía a un elemento transversal de la enseñanza. Es necesario que la filosofía tenga vida en el aula, en las enseñanzas de los profesores y en el diálogo con los compañeros. Y aprender a pensar pasa por conocer cómo han pensado los que nos preceden. De la misma forma que la química o la física no se asimilan si se reducen a temas transversales, los contenidos de la filosofía no pueden aprenderse si no se tiene una materia destinada a impartirlos. Pero con esta nueva Ley no podremos enseñar más filosofía en las aulas de secundaria.
«Todas las ideologías y sus triunfos temporales acaban con su época. Sólo la idea de la libertad espiritual, idea de todas las ideas, que por ello no se rinde ante ninguna otra, resurge eternamente, porque es eterna como el espíritu. Si exteriormente y durante un tiempo se le quita la palabra, se refugia en lo más profundo de las conciencias, inalcanzable para cualquier opresión. Por eso es inútil que los gobernantes crean que han vencido al espíritu libre por haberle sellado los labios, pues con cada hombre nace una nueva conciencia y siempre habrá alguien que recordará la obligación espiritual de retomar la vieja lucha por los inalienables derechos del humanismo y de la tolerancia» (Stefan Zweig).

Artículo de Miguel García-Baró y Olga Belmonte García

Documental Completo: La Revolución virtual "El precio de lo gratuito".



La web parece estar desafiando todo el sentido económico que conocemos. Si el acceso a la mayoría de los sitios web es gratuito, ¿qué consiguen a cambio todas las empresas que gastan fortunas en sus sitios web? En este nuevo negocio de la información la moneda de cambio, no es tanto el dinero físico como los datos y características del usuario potencial del entorno web.

Así vemos como nuestra privacidad se diluye, se trafica con ella, en favor de los intereses económicos de las grandes empresas virtuales. En este episodio nos aproximaremos al afán de los anunciantes por descubrir lo que tecleamos en Google y lo que estarían dispuestos a pagar por influir en el resultado de lo que vemos cuando pulsamos 'Buscar'. Sin embargo, Google está dirigiéndose hacia el desarrollo de redes sociales como Facebook que requieren de claves de acceso. ¿Se convertirán estas redes invisibles en una web paralela?

viernes, 11 de octubre de 2013

Fly me to the moon

El libro en blanco

Pedí la mesa del balcón, nuestro lugar favorito. He desarrollado un gusto agridulce por ese sitio. Quizá porque sentada ahí rescato un poco de nosotros; de ese dulce nosotros que cuando no estoy contigo pertenece al agridulce presente.
Llegué sola con tu libro y me senté a releer un cuento, recomendación tuya, por supuesto. Era el relato que hablaba del vacío ¿lo recuerdas? No me preguntes el nombre del cuento, tampoco el del autor, después de tanto leer me han quedado lagunas. La historia la tenía más o menos clara, pero quise leerla de nuevo porque siempre descubres unos detalles que la mente no registró en las primeras lecturas.
Al abrir las paginas, me percaté de algo que venía sucediendo sin que tomara conciencia: las letras se han gastado por la frecuencia con que mis ojos las recorren. Ahora mismo es tan tenue la tinta que dudo poder terminar de leerlo. Quizá sea la última vez que lo haga. Generalmente no regreso a ver las palabras que van quedando atrás. No lo hago porque dicen que es un defecto de la vista que entorpece la lectura.
Puedes comprobar esto abriendo un pequeño orificio en el periódico de cualquier lector. Procura hacerlo en el centro del papel y asegúrate que sea entre dos cajas tipográficas para no molestar demasiado con el experimento. No es agradable leer si faltan letras. Observa por ese orificio los ojos lectores, te darás cuenta cómo regresa la vista en un movimiento mecánico, como si los ojos quisieran reconfirmar lo leído.
Bueno, como te iba diciendo, he entrenado mis ojos para eliminar ese retroceso innecesario y evitar perdidas de tiempo. Pero hoy, por la impresión del descubrimiento, me dediqué a revisar. He regresado dos páginas y constaté que las palabras leídas se están destiñendo. Lo puedo afirmar porque sobrepuse las hojas que leo ahora a las que leí hace rato y existe un notable cambio en la intensidad de la tinta. Pronto no tendré alternativa y sólo restará confiar en mi memoria. Creo que los recuerdos funcionan igual, van perdiendo nitidez y terminamos por recordar lo que se nos da la gana y no lo que fue.
Para reconfirmar esto leí despacito y regresé renglón por renglón. Tuve que parar de hacerlo porque la zona que releí quedó en blanco. Es increíble, pero mis ojos, como gomas, desgastaron lo escrito. El cuento se está borrando. ¿Cómo te lo puedo devolver así?
Siento una extraña angustia y empiezo a leer con desesperación, como si la plaga desintegradora de textos viniera persiguiendo a mis ojos. Devoro las letras, invadida por un miedo absurdo: pensar que nuestra historia también se borra.
Me pregunto si tengo antecedentes de un caso similar, esas referencias ayudan para recuperar la calma, pero no, no encuentro un recuerdo claro que me de el acicate para detener la angustia.
Tú sabes que no existen las casualidades, lo hemos comentado, por eso recorro con la memoria detalles de la historia de los personajes y pienso que se parecen a ti y a mi, aunque creo que, a diferencia de ellos, tú y yo somos continuidad. Tu pensamiento y el mío, por alguna extraña razón, se complementan. Uno inicia y el otro continua para seguir y seguir, sin importar el orden o el desorden del universo que nos place pervertir.
Qué sé yo, quizá es que somos tan parecidos que podemos fluir en una adicción continua a las ideas y su contemplación. Tal vez por eso te extraño ahora.
Vuelvo a mirar las letras y me pregunto ¿qué le está pasando al libro? o ¿qué me pasa a mi? o ¿qué pasa contigo y con los recuerdos?
Desvío la vista del libro para verificar que el mundo sigue girando. Un cilindrero pasa bajo el balcón. Miro la manivela girar con la misma fluidez que la vida. Un rechinido interrumpe la armonía. El cilindrero se queda con la manivela en la mano. Presiento algo extraño, como si la realidad estuviese a punto de colapsarse y pienso que es momento de decidir. Puedo negar todo lo que sucede, cerrar el libro y pedir a ese músico callejero que suba al balcón para dar cuerda a la nostalgia, para consentir y compadecer mi carencia con la música del cilindro mientras me enternezco por mi capacidad de sentir un afecto como este. ¡No! Me niego. Sería demasiado aburrido volver al pasado, tanto como reconfirmar lo leído.
Miro hacia el edificio de enfrente y veo a Teófilo que sale por el agujero de su habitual morada estirándose como si acabara de despertar. Abre los ojos al sentir la luz, pero en ese mismo instante empieza a desaparecer, y no es que regrese por donde vino, es que la punta de la cola ha desaparecido y el fenómeno sigue por el resto del cuerpo hasta que sólo queda su cabeza. Vuelve sus ojos hacia mi y al establecer contacto visual, ¡puaff! el gato se esfuma, no hay más. El felino no está, pero tampoco la cornisa por donde caminaba, ni el agujero de donde salió, ni el muro que lo circundaba. El edificio colonial se diluye en el vacío como si fuera una gelatina de mamey al sol. Se derrite poco a poco hasta que sólo queda vapor con un ligero tono rosado que pasa frente a mi y sube rumbo al infinito.
Caigo en la cuenta de que el sitio donde está nuestro balcón puede estar padeciendo el mismo fenómeno. Al recargarme sobre el barandal un movimiento rápido y brusco hace que sienta inseguridad. Observo hacia abajo y me percato que, en efecto, el muro que sostiene el balcón ha desaparecido, estoy suspendida en el vacío con las manos aferradas a una barandilla de hierro forjado que se funde, de abajo hacia arriba, en la nada.
No puedo perder un minuto más. Recojo tu libro de la mesa, que ya ha perdido las patas, y lo cierro. Estoy consternada pero decidida. Camino, sobre un piso que ya no existe, rumbo a la salida de lo que fue nuestro restaurante favorito, bajo las escaleras ausentes y salgo a una calle que es nada.
En el vacío dejo de angustiarme y camino con tranquilidad. Pienso que, dadas las circunstancias, no importa tanto llevar un libro en blanco bajo el brazo.


domingo, 6 de octubre de 2013

Fly Me To The Moon (Quartet Performances, Las Vegas)

La vida Plena

Sergio Sinay, en su libro “La vida Plena”, nos ayuda a enfrentar los desafíos de la sociedad actual y a encontrar las respuestas que necesitamos para el cambio.
Erich Fromm dice que es fácil dejarse llevar por la desesperación cuando la vida ya no nos interesa.
Sin embargo, la historia nos muestra que aún en los peores momentos de un individuo o de una comunidad siempre hay algo que esperar, hasta el último aliento cabe esperar algo, porque aún no se ha terminado el trayecto.
Esta espera no es una espera pasiva sino activa y está en los proyectos.
La esperanza no es una ilusión ni un sueño sino algo posible aunque no dependa solamente de nosotros.
La esperanza no busca utopías sino que se apoya en argumentos sólidos, nos obliga a hacer algo, utilizar nuestras habilidades y luego nos permite aprender de esa experiencia y darnos cuenta de la relación que hay entre la esperanza, la voluntad y la actitud.
La esperanza se opone al fatalismo y nos dice que tenemos la responsabilidad de proyectarnos, de elegir en la vida qué hacer y cómo, desde nuestras circunstancias; porque somos seres humanos y no animales que no tienen ni esperanza ni desilusiones y el hombre es libre de sus instintos y debe elegir haciéndose responsable de sus actos.
Tener esperanza no es concretar un objetivo, es la luz que ilumina nuestro camino y está hecha de paciencia, confianza y coraje.
La vida con esperanza es activa y está guiada por propósitos que fortalecen la autoestima y el amor por la vida.
La esperanza no está en las cosas superfluas que quieren otros, porque esas cosas no iluminan el sentido de nuestra vida, no nos permiten aportar nuestro grano de arena para mejorar el mundo y no nos dejan ver el horizonte porque no podemos salir de nosotros mismos.
La esperanza no es vivir en el futuro sino el presente, un presente esperanzado con responsabilidad, empatía, amor, espíritu de colaboración y proyectados hacia el futuro aunque no estemos.
La esperanza es una forma de vivir, es una cualidad individual y se mantiene con acciones no con palabras, viene de adentro no de afuera porque nadie puede darnos esperanza, porque la vida esperanzada transita caminos propios, no ajenos.
Nos asombramos cuando descubrimos lo patética que puede ser la gente que lo tiene todo, cuando desde su torre de marfil se atreven a mostrarse demandantes, insatisfechos y quejosos.
Pero realmente, ¿Tienen todo? ¿Qué es tenerlo todo hoy en día en una sociedad de consumo? Es tener todo lo que hay que tener para pertenecer y no sentirse diferente, aislado o rechazado.
No obstante, el que ha podido conseguir tener todo eso, en el fondo se siente vacío, carenciado, le falta algo pero no sabe bien qué es.
Para Erich Fromm, para comenzar a salir de la mediocridad en el arte de vivir, es querer una cosa por vez. Cuando eso ocurre, la persona se orienta en esa dirección y se dedica a ello, porque lo ha elegido, es su meta, la meta que le da sentido a su vida.
Pero si la meta es tener lo que tienen otros, lo que se estila tener, lo que está de moda, toda la vida se irá por el caño de desagüe y nada será suficiente, porque se han confundido los medios con los fines.
Sólo para las personas que celebran la vida a cada instante, que se alegran por existir y por las pequeñeces que llenan la existencia, el hecho de vivir es suficiente.

¿Qué harías hoy si fuera tu último día?

No es una pregunta descabellada porque aunque la vida se prolongue cada día más, si existe alguna certeza en este mundo, una de ellas es el hecho ineludible de la muerte.
Sin embargo es algo que preferimos ignorar e imaginar que siempre le va a pasar a otro, pero nunca a nosotros y nos aferramos a la idea de eternidad postergando nuestras decisiones para más adelante; porque según sea nuestra cosmovisión o filosofía de la vida así será nuestra conducta.
Si no es hoy, cuándo?, porque nadie puede estar seguro de ver el sol al día siguiente.
Cuántas veces postergamos nuestros proyectos por miedo al fracaso? Este hecho también se relaciona con nuestra forma de pensar; si creemos que las cosas se miden solamente en términos de éxitos y fracasos.
Los valores son subjetivos y cada persona le da importancia a cosas diferentes. Si los valores que defendemos son exclusivamente materialistas tendremos una conducta apropiada a esa forma de ver las cosas.
Los hombres turcos pertenecen a una cultura que valora en primer término la sexualidad. Si por alguna razón su potencial se viera menguado, significaría el fin de todo interés por la vida. No pueden ver más allá de sus genitales.
Lo mismo ocurre con los deportistas famosos que monopolizan toda su existencia a la práctica de un deporte que además de proporcionarle grandes esfuerzos y alguna satisfacción les brinda grandes ingresos, pero que ni bien comienzan a perder eficacia se derrumban en un pozo depresivo, sin ver más allá de la trayectoria de una pelota.
Mientras nos aferramos a nuestros pequeños mundos e intereses más o menos satisfactorios, cuántas cosas dejamos de lado que también alguna vez quisimos hacer?
Entonces ponemos excusas, todavía es demasiado pronto, es demasiado caro, es demasiado arriesgado.
El exitoso teme que lo olviden si se toma unas largas vacaciones, por eso trabaja incansablemente para aprovechar su tiempo de vida deportiva útil sin tomarse un descanso.
No hay que abandonar un éxito jamás porque trae mala suerte dicen muchos, pero también uno se puede morir y el éxito deberá ser abandonado forzosamente.
Sin embargo, aunque sea difícil de creer, la conciencia de la muerte le da sentido a la vida.

Seguridad

Ayer a la noche estaba frente a un semáforo en rojo. Suelo respetar las señales de tráfico, así que me paré, esperando a que cambiara de color, al verde, que por una convención acordada en algún despacho hace unos cuántos años, es la señal que indica que los peatones pueden cruzar la carretera. Así que, en cuanto el disco cambió de color, me dispuse a pasar a la otra acera. Lo hice con seguridad, dando un paso detrás de otro, y sin mayor problema.
Sin embargo, a medida que iba avanzando comencé a recordar las palabras de Julio Cortázar en el Perseguidor cuando se preguntaba por qué teníamos confianza en que al día siguiente iba a salir el sol, qué clase de prepotencia es esa. Y así, según iba caminando, me imaginé de repente atropellado, unos segundos antes, por algún coche que había decidido dejar de respetar la señales de tráfico. Algo que, por otra parte, ocurre más a menudo que lo de que el sol no salga algún día.
Naturalmente, no solemos pensar que el coche que está ahí parado, está esperando a que crucemos la calle para atropellarnos. No lo hacemos porque entonces no podríamos vivir, estaríamos continuamente atemorizados por el miedo.
Pero, realmente, la seguridad que portamos en nuestro día a día no puede ser más que ficticia. Si analizáramos esas balizas en las que nos sostenemos, como las normas de tráfico, para transitar por la ciudad e interactuar con los que nos rodean nos temblarían las piernas.
Claro, sencillamente, si lo hiciéramos, no podríamos vivir. O las condiciones en las que lo haríamos serían mucho peores. En ocasiones hay que ponderar el miedo que se tiene a algo para comprobar que no merece la pena. Es evidente que necesitamos confiar en nuestra familia, en nuestros amigos, en nuestros compañeros de trabajo e incluso en ese conductor que está esperando ante el semáforo en rojo. Quizás, algún día descubramos que uno de nuestros amigos es un asesino, que algún familiar es un ladrón o que a lo que está esperando el conductor es a que crucemos para atropellarnos con saña. Pero hasta ese día no nos preocuparemos, o no lo haremos salvo que descubramos sólidos indicios de que deberíamos sospechar de que algo extraño y peligroso para nuestras vidas está ocurriendo.
Sin embargo, esta seguridad, que ya hemos visto que tiene un alto grado de ficción, nos abandona al enfrentarnos ante la posibilidad de la enfermedad, o del diferente… Aunque no tengamos más motivos para sospechar en tales circunstancias que en cualquier otra.
Al cruzar una carretera, podemos analizar la situación, podemos ver que hay señales de tráfico, como un semáforo, tanto para los peatones como para los automóviles; podemos comprobar que el disco que ven los peatones está en verde, mientras el de los automóviles está en rojo; podemos recordar nuestro conocimiento adquirido sobre las normas de tráfico que nos indican que cuando el semáforo se pone verde para los peatones, estará rojo para los coches y que es en verde cuando podemos cruzar; por último, nos podemos remitir a nuestra experiencia, que nos mostrará que normalmente es seguro cruzar en verde.
En realidad, toda esa argumentación la elaboramos a nivel inconsciente, probablemente no nos percatamos de que lo hacemos. Pero parece un buen análisis de la situación. Entonces, ¿por qué no llevarla a cabo en esas situaciones que el miedo irracional nos invade y paraliza?

¿Seres racionales?

Calles sin asfaltar, y asfaltan carreteras que no precisan ser asfaltadas. Coches y motos por doquier; y las bicicletas, aparcadas. Locales en alquiler que piden trabajo; y gente que piden trabajo, sin locales. Redes sociales, y gente reunida sin hablar mirando unas pantallas que brillan y no dicen nada. Mueren especies, mueren los bosques, mueren los ríos, muere el silencio armonioso de la naturaleza, y se realzan las caóticas y escandalosas ciudades. Se tira la comida, y muere gente de hambre. Papeleras vacias, y calles con basura por los suelos. Guerras santas, con Santos y Dioses de vacaciones en el infierno. Criminales cogidos en plena maniobra, y el mismo día son puestos en libertad, para seguir delinquiendo. Se habla de leyes, de derechos y de justicia, y nos hallamos en ciudades sin ley, sin derechos, y carente de justicia. También se habla de un sistema democrático y de un sistema capitalista, pero se habla muy poco de un sistema equilibrado, de un sistema ecológico, de la conciencia y del sentido común, que es la base de un planeta, el lugar que nos sustenta. ¿Y nos llamamos seres racionales? ¿Dónde están esos seres, que no los veo?

sábado, 5 de octubre de 2013

Sobre la atención

El propósito central de la educación, de la formación humana, radica pues en estabilizar la atención para que pueda ser un suelo firme como el suelo, para que pueda ser una tierra fértil cultivable y fecunda para el espíritu. Combatir la oscuridad caleidoscópica de la distracción, disolver el alma inferior, no consiste en otra cosa que en controlar el río de la conciencia, en cierto modo interrumpiéndolo de su flujo irreflexivo que va en dirección siempre descendente. Como el agua que no encuentra un continente donde ser retenida, donde ser espejo. Evitar, en una palabra, el estéril vagabundeo de la conciencia que a fin del día deja al espíritu como embotado y deprimido.
   A partir de la tierra así fertilizada, es posible refinar y completar el alma superior del espíritu, preservado por la noción del respeto. Porque justamente el hombre atento experimenta una especie de liberación de las ataduras y presiones del cuerpo por la elevación de los ojos -porque si la tensión aclara la mirada para ver y describir, el respeto esclarece la escucha para poder oír nítidamente, ya fundida la escoria y las tensiones de lo oscuro, de la opacidad sensual que afecta al temperamento y se dirige hacia la muerte, restaurando de tal manera las potencias creativas del ser humano en la concentración del espíritu, en la energía luminosa y clara del pensamiento puro.
   La atención corrige inmediatamente dos vicios educativos: pensar sin aprender, que es peligroso; y aprender sin pensar, que es tiempo perdido. El hombre atento, por el contrario al atender tiende su oído hacia algo, y esa tensión a lo que tiende es a escuchar un contenido, por decirlo así, condensado de la cultura, que por ello se presenta, aparentemente, ininteligible, denso, inexpugnable, plegado, sirviendo la atención par desplegarlo y así, al desenvolverlo poder comprender –implicando por ello una contienda y hasta una contención. Por un lado, un contener el río de la conciencia del desatento, que es también el distraído, que es llevado y traído de un lugar a otro por las ideas o imágenes que desfilan por su conciencia, distrayéndose con los ojos no menos que con los pasos, que igualmente lo llevan de un lugar a otro como si no tuviese un destino fijo –siendo finalmente el descuidado, el que a cada hora sale y anda de aquí para allá, como fugándose de cada persona a la que en lugar de atender y recibir, más bien despide con las casi soeces y amenazadoras, cuando no insidiosas y hasta insolentes, expresiones de la vulgata del “órale”, “ándale”, “sale”. Por el otro lado, un contender contra las distracciones y poder atender al desciframiento del sentido, es decir, para poder entender –que es también un poder extender, poder desarrollar. Seguir, prestar atención con la mente, oír, comprender, que es también una “intentio”: un dirigirse hacia algo. Porque prestar atención (intendere animi in aliquid) es a la vez un proponerse algo (intrendere animo aliquid).
   En un segundo sentido la voz atender se refiere a una norma de la civitas, de la urbanidad, de la cultura: el atender en el sentido de estar al servicio, a las órdenes de una causa o de una persona, tal y como sucede con el atento tendero.
   La atención así puede verse como una virtud horizontal donde el conocimiento a la ves se extiende para una escucha que al recibirlo lo extiende en la mente para hacerlo, a su vez, extensivo a otros –echando abajo las intenciones de aquellos otros pretenciosos que dan como excusa su desatención para en avanzada tender por delante en una tensión que crea todo tipo de malentendidos.
   Así, el agua de la vida mana cuando a la actitud del respeto y de atención para toda forma de vida se suma la memoria que se honra. Como se honra  la jerarquía de un templo, despertando por consiguiente la emoción estética y moral del fuego del espíritu. Todo ello puede cifrarse en el principio intelectualista y voluntarista de la educación, pues de acuerdo a la idea que nos hagamos, que desarrollemos, que levantemos y que trasmitamos del mundo, así será nuestro comportamiento en la vida

El amor invisible

El amor no permite mentir. Pide que lo miremos a los ojos, si bajamos la mirada, si no queremos verlo, es porque mentimos. No podemos ver el amor cuando somos una mentira, si eres una mentira no lo ves, no se deja ver, se ausenta. El amor, que es revelación (luz y alegría) se confunde entonces con la “felicidad”, con aquello que necesitamos tener, que recibimos pasivamente o que convertimos en posesión o en deuda, impersonalmente, sin dialogo ni aceptación. Con la belleza, que es el reflejo de la verdad, pasa algo similar, si no la amamos creemos que se trata de “una hermosa pieza de arte” hecha para excitar nuestros sentidos. La belleza y el amor, por el contrario, son formas de la verdad: nos desenmascaran, o mejor dicho nos desnudan, nos exigen mostrar nuestro rostro verdadero y a decir nuestro verdadero nombre. 
Porque en el fondo de nosotros mismos, estamos habitados por aquellos a quienes miramos; por ello decir quien somos es decir a quienes vemos, es ver a quienes nos entregamos –y así nos recuperamos si somos fieles a nosotros mismos para volvernos reconocibles, pues sólo se puede ganar lo que se entrega.
Porque la verdad encarna cuando la deseamos, cuando la dejamos aparecer, cuando le permitimos mostrarse sin tocarla o profanarla, cuando hacemos un vacío santo para que la verdad lo llene como se llana un lugar cuando alguien verdadero, cuando alguien que es real aparece. Una persona real, como el arte verdadero, obligan con su presencia a quien la mira a hacerse verdad –motivo por el cual el arte verdadero y la persona auténtica tienen tantos enemigos, manifiestos o encubiertos. En cambio, se es una mentira cuando la verdad abandona el cuerpo, cuando se es sólo el cuerpo de una verdad inerte que no puede mirar a los ojos, que rehuye la mirada, o cuando deseamos poseer o apropiarnos de esa verdad para que nos sirva –es entonces cuando estamos deshabitados, desalmados, cuando no habitamos las cosas ni las iluminamos con nuestra mirada, para encerrarnos en la tiniebla dentro de nosotros mismos.

Sobre la vergüenza

El sentimiento de respeto puede asimilarse al sentimiento de la vergüenza, que añade un interesante matiz o campo semántico. Veamos.
   La voz “vergüenza” (verecundia) tiene una significación dual, por un lado indica, pudor, reserva, respeto; palabra a su vez que se deriva la expresión a su vez de la voz “vereri”, en el sentido de ser modesto, o de tener respeto –pero también “reverenciar” (“reverérí”), “reverencia” (“reverentia”)en el sentido de ser reverente, de honrar, a alguien digno de reverencia (el reverendo, o quien encarna la figura de una autoridad, de un maestro), ante el cual, por el sentimiento propiamente moral de deber, de vergüenza o de respeto, hay que mostrar consideración, modestamente guardar distancia y conservar los límites.
   Sin embargo, el sentimiento de respeto en que consiste la vergüenza está específicamente dirigido a la propia persona, a la propia dignidad de la persona humana. Así, si al sentimiento de respeto corresponde la reverencia, la consideración hacia alguien de mayor altura o jerarquía, y por tanto la modestia, el abajamiento, al sentimiento propio de la vergüenza, en su sentido positivo, corresponde la entrega,  e incluso el del coraje. Tener vergüenza en una palabra es actuar guiado por el sentimiento del honor, de la honra, de dignidad y respecto respeto a la propia persona. Quiere entonces decir: ser digno –no empeñarse, no rebajarse ante uno mismo, no dejarse usar como una mercancía. Pero también tener pudor, reserva –por lo que su contrario, el sentimiento de la desvergüenza, consiste en rebajarse, en perder la dignidad, o dicho con una llana expresión: en  “enseñar las nalgas”. Se puede así sentir vergüenza en un sentido negativo: como falta, como pérdida, como una carencia axiología, que hiere la propia ontología, el propio ser moral de la persona, por lo que se siente dolor, pena, agravio, rebajamiento o empequeñecimiento ante los propios ojos.
   Se trata entonces de un peculiar sentimiento reflexivo, el de avergonzarse, de quien se siente apenado por haber caído, reconociendo de tal forma una falla moral, una limitación, una carencia, un no ser –que roe, al ser, que erosiona a la persona, que corrompe al alma finalmente comprometiendo finalmente su misma suerte metafísica. Tal sentimiento es el más moral de todos, pues hace sentir en carne viva un malestar, correlato de haber asumido una responsabilidad, producto de un estado de conciencia propiamente moral.
   Su expresión fisiológica es interesantísima: el rubor, el sonrojamiento de la cara, la subida de la sangre en densa marea hasta los carrillos, que sube hasta las mejillas, para encenderlas, en reconocimiento de una culpa. El sonrrojo, tiene así una fase de zozobra, de ir de lo más alto en que se tiene a sí misma considerada la persona a lo más bajo, reconociendo la bajeza en la que ha caído, cuya sentimiento propio de turbación comienza con un estado afectado del animo, con una desarmonización en la respiración pero sobre todo en los fluidos de la corriente sanguínea, que suben con densa presión hacia la cara para primero ponerla "de todos colores”, hasta finalmente estabilizarse en una emoción tensa que enciende las mejillas, en seña de que la persona está profundamente apenada, quebrantada, atravesada, por decirlo así, por un súbito sentimiento de nihilismo y abatimiento que le impulsa como a borrarse, como a querer que se la “trague la tierra” –todo lo cual indica un connato, pues, de conciencia, y por tanto de… de…. si…  de arrepentimiento, de reconocimiento público y notorio de una desviación respecto de la ley moral, que afecta por tanto el sentimiento de respeto, de deber moral de la persona, el cual sólo puede ser completado con la enmienda del comportamiento fallido y, sobre todo, con la reconciliación, con la readopción del valor perdido.
   También sentimiento de exhibición de una falta, en el sentido de haber cometido una impudicia -como reconocimiento de haber trasgredido un límite, de haber sobrepasado una frontera, con merma o daño moral, de donde deriva el consecuente dolor, la pena, el sonrojarse.       
 Avergonzarse, por algo o por alguien, por otra parte, indica sólo una expansión del sentimiento de indignidad, de pequeñez o de pérdida de la dignidad, de la honra personal (que puede extenderse en un sentido familiar, racial, étnico o religiosa, etc.), que por tanto va acompañado de abatimiento,  de pena o de agudo dolor.
   Su contrario excluyente sería el sentimiento propio de la soberbia: elación de ánimo por la elevación intelectual, por la superioridad epistémica de la persona en el sentido de comprensión, pero también de la dominación, donde la sangre sube en densa marea hasta la cabeza causando en el sujeto una sensación de potencia, de grandeza, de invencibilidad.      
  En el sentido negativo, que es el de la vergüenza como reserva, como pudor, como contención, tocamos una fibra sentimental que al estrujarnos angustiosamente contra nosotros mismos, nos obliga a confesar, también ante nosotros mismos o ante una instancia transcedente, nuestras vergüenzas –invitándonos de esta suerte a reconocer nuestra personal debilidad, a no evadir la debida conciencia y responsabilidad personal que tenemos como agentes morales, así como a la instancia a que nos debemos, o a quien debemos.
   La humildad de la persona, que ligada a la consideración del propio tamaño y a la prohibición por tanto de no desbordar los propios límites, ya sea por motivos de la hybris, de la desmesura, ya por los de la asevia, de la ignorancia consciente de la ley moral. La vergüenza es así el verdadero criterio regulador de la conducta moral, pues atiende directamente a la autenticidad de la persona, que es la conciencia de sus límites, de su limitación, como a su posible  universalidad, que es el acuerdo con la norma eterna, universal y trascendente. Así, en el hombre de vergüenza sobresalen las actitudes del recato, del pudor, del decoro, las cuales por ese segunda naturaleza a la que llamamos educación rehuyen lo vulgar, lo pedestre, poniéndose a cubierto, a buen resguardo, cubriéndose, pues, o alejándose, para no ver aquello que representa, conlleva o implica el mal.
   O dicho de otra manera, si la culpa es es el reconocimiento interior de una falta, la vergüenza es el reconocimiento exterior; es el reconocimiento exterior de la culpa que, por decirlo así, reflexivamente se retrotrae y vuelve al interior, conmoviendo por tanto desde el exterior el interior del persona.
  Así, el contrario directo del sentimiento de respeto es el sentimiento, por decirlo así vacío y ya completamente negativo, de la desvergüenza, encarnado propiamente por el caradura, por el sinvergüenza. El sinvergüenza no es otro que el hombre sin sentimiento de culpa –si es que no constituye esto una contradicción en los términos. Se trata del caradura, del hombre que por su dureza de sentimientos, por su terquedad, ha quemado su rostro resistente hasta volverlo como de bronce, que no tiene temor por tanto de exhibirse y que incluso utiliza su desvergüenza contra el mundo en torno, a la manera del cínico, enseñando los dientes, por razón de su mal entendido naturalismo. Por un lado, se trata del hombre (o de la mujer) que con sus afirmaciones va, por decirlo así, “enseñando las nalgas”, exhibiendo los harapos mal cocidos de su pobre educación; por el otro, se trata también del hombre cuya dureza sentimental lo vuelve un ídolo de si mismo, una piedra condensada por sus dogmas o por sus procedimientos, y ante el cual toda persona se estrella, quedando desestimada, desconocida, desautorizada, ignorada, despreciada –es decir, reducida a vil cascajo.

Recuérdese el argumento ad verecundiam, o master dixit, que puede usarse falas, dependiendo de la situación, consistente en afirmar que algo es verdad por el hecho de que lo dijo un maestro; o alguien que tiene autoridad en la materia. Argumento que fue muy usado con frecuencia por los Pitagóricos. Ejemplo de falacia: La raíz cuadrada de 2 da como resultado un número irracional, con infinitas decimales –porque lo dijo Euclides. (quien realizó la prueba matemática que lo prueba, etc).

El descarado

Nos hallamos ahora ante otra figura de la rebeldía: la del descarado, la del hombre que se ha vuelto a tal grado inconsistente, incoherente, por exclusivamente obediente a sus pobres, a sus mezquinos intereses, que ha perdido sus rasgos fisionómicos propios, hasta borrarse del todo en una careta que a su vez resulta muda, vacía. El descarado se distingue del carota, del cara dura, porque antes de volverse un ídolo de piedra se ha vuelto por decirlo así una nada, vaporizando completamente lo que se podría denominar una personalidad. Hombre de coyunturas, que va por la vida como una veleta, robaleando de aquí para allá. Porque la característica predomínate del descarado es que, al carecer de principios,  bien a bien no guarda, no defiende ninguna posición, ninguna postura, resultando por ello psicológicamente amorfo, cuya memoria resulta también porosa para el olvido al tratase todo en él de una impostura.
   En cierto sentido se trata no sólo del impostor, sino también del pusilánime, cuya pobreza espiritual le vine de tomar sólo en cuenta las cosas que tiene, pero no los lugares a los que entra; no perteneciendo realmente a nada, al no tener un espacio espiritual al cual poder entrar, del cual poder formar parte y al cual pertenecer: al no tener un alma (pérdida pneumática de la libertad).
   Así, el descarado, tras sus innobles modos disueltos y acomodaticios, esconde en realidad una hinchada imagen de sí mismo, resultando por ello su actitud, si bien se mira, sobre arrastrada: jactanciosa, ampulosa, arrogante, hinchada –cartesiana, pues detrás de la delgada película aerostática que infla su conciencia, no se encuentra, realmente, sino una nada. Es por ello que es también característica del descarado usar impunemente los símbolos de una tradición como si se tratara de cheques, o de cartas en blanco; ya sea embadurándose la cara con jerga socialista a la vez que minando el suelo de lo social en su raíz misma; ya sea doblándose en la jerigonza de los gestos gemuflexos ante cualquier forma de poder por la esperanza de algún favor, de allegarse una influencia o de lograr un mero convite. Su falta es la de la más triste de todas las manías: la locura social del convencionalismo, que sólo está interesada en su continuo acto de transformismo, de ponerse y sobreponerse disfraces, al estar movida tan solo por la vanidad de los valores efímeros.
   Un rasgo más: el descarado se caracteriza no sólo por no tener cara, sino por no darla, siendo en este sentido en que se suma, el que no quiere enfrentarse a la vergüenza pública que suscita su fechoría privada, que en este sentido no aparece, que se esconde, para no dar la cara –distinguiéndose así del carota por una especie de medroso refinamiento de la sensibilidad, de extrema susceptibilidad ante la vergüenza pública, todo ello debido a que queriendo que el mal se premie, que es realidad el desplazamiento invertido de las jerarquías para las que trabaja, espera de la instancia publica sobre todo honores. El descarado es entonces también un mago, de la especie del prestidigitador, pues nos está dando la espalda mientras nos muestra la cara –una cara, hay que decirlo, sin rostro, sin personalidad, como esas manos de palo que al estrecharlas nos dicen en secreto, pero a las claras, que no son manos con rostro, manos de amigo.
   Otro rasgo más que hay que apuntar sobre el descarado es su fingida indignación, pues al intentar escamotear la responsabilidad del yo proyecta la culpa sobre otros, por lo que es también el acusador, el hombre de la denuncia, de la delación. Así, echa en cara a otros sus propias faltas, desplazándolas –aprovechando para ella la falsa jerarquía de valores o de contravalores sería mejor decir, que quisiera imponer.  
   En una palabra, se trata de un curioso modo del desvergonzado: del hombre sin escrúpulos. En efecto, el descarado es propiamente el hombre sin escrúpulos morales, cuya falta de valores ya no le aqueja, pues ha perdido del todo la energía positiva del sentimiento de vergüenza, aletargando por tanto la conciencia. Así, comete un curioso pecado de omisión, pues no toma en cuenta el sentido moral de sus propias acciones, lo cual equivale a una ceguera para consigo mismo, por lo que no es infrecuente que exalte lo que considera hiperbólicamente las faltas de otros.
   Así, cuando el descarado no puede evadirse de la responsabilidad por una falla moral, cuando tiene que enfrentar un conflicto, o se cierra sobre si mismo para volver al ídolo, al caradura, o bien se revuelve, se agita, alza la voz, vocifera, niega, difama, calumnia, advierte, “echa aguas”, en parte para subir el tono vital deprimido que lo convertiría en un blandengue, para mejor borrarse como el pulpo aventando sobre su honor puesto en duda un chisquete una densa tinta negra, tras la cual pueda borrar las huellas de pasos, ocultar sus fechorías y volverse perfectamente inapresable. Doble estrategia de la fuga, pues, cuya misión es la de si no deshacerse de todas sus culpas, por lo menos disimularlas, mediante el bajo subterfugio de culpar a otros, ya sea detectando la viga en el ojo ajeno, ya sea señalando indignado el acné que late en los poros del vecino, al cual escudriña de manera tan inquisitiva como morbosa.
   Se trata, así, de una peculiar condena, de una sui generis esclavitud del pecado que lo tiene sujeto, pues se vuelve el descarado así abiertamente injusto, inocuo, ignorando llanamente el mismo núcleo del deber, añadiendo a su mal otro mal más grave, y cayendo así cada vez más bajo.
   Así, el descarado es también el hombre de la impudicia, que exhibe la nihilidad de la propia alma, ya presa o esclava de sus fuerzas inferiores. Así, si el recato consiste en un ocultar las cosas que no quieren que se vean, el descarado exhibe las faltas ajenas, deleitándose en cierto modo en lo indecoroso de las personas ajenas, en una peculiar lucha contra lo concreto, contra las normas -aunque conservando para sí una especie de máscara en blanco que le cubre el rostro,  por lo que puede adquirir la inestabilidad del payaso que se pinta una cara, o incluso de del psicótico polimorfo que faceta la psique en personalidades disímbolas y encontradas.  
   Por último, el descarado encarna una forma de la deshonestidad que a su vez puede degradarse, puede degenerar en personalidades cada vez nimias, cada vez más tristes, cada vez más vergonzosas: son las del atrevido, las del fresco, las del roto, las del descosido y las del descocado -que se regodean exhibiéndose indecorosamente al poner de manifiesto sus vergüenzas, hasta llegar al grado de la procacidad. Caterva de cínicos, en una palabra, cuyo irrespeto e insolencia cae del lado del hombre inescrupuloso, como del indiscreto u ostensible, no sabiendo por ello guardar la compostura ni la discreción.

Niños Irritantes


Exilios. Palabra muy socorrida en la prensa cultural y política, en los ensayos sobre filosofía, en los estudios culturales. Tan socorrida que corre el peligro de volverse lugar común, un ítem más del catálogo de preocupaciones intelectuales en boga. Es decir, está al borde de agotar su carga de dolor auténtico y de crítica implícita a los sistemas de usos y costumbres complacidos con su capacidad de marginación. Por ello resultan renovadores y necesarios trabajos como los de Marisol Naranjo, quien echa mano de elementos audiovisuales y literarios para regalarnos un punto de vista fresco sobre el exilio y sus consecuencias.

El cortometraje abre al menos tres caminos de interpretación: enfoca para esquivar su olvido la exclusión social, cotidiana, en las calles de la capital del país; la voz en off lee textos de Alejandra Pizarnik sobre la extrañeza del hombre moderno ante un mundo cada día más hostil y ajeno; y, finalmente, tanto estas autoras como el personaje principal del video (una madre callejera con su niño en brazos) subrayan las dificultades de abrirse camino entre los estereotipos machistas de esta y varias otras sociedades. Triple exclusión que entrelaza sus hilos dolorosos pudiendo incorporar otros de un espectador imaginativo: ser pobre, ser mujer, ser humano entre los camellones de una urbe anestesiada para el sufrimiento ajeno a fuerza de sufrir todos los días la angustia de la sobrevivencia. Y el mensaje del trabajo de Naranjo resulta más desolador al abrir y cerrar con tomas del pedregal y sus plantas a medio secar, recordatorio de la desintegración a la cual estamos condenados todos los hombres…

La excepción la ofrece un gato saltarín cuya misteriosa aparición invita al espectador a jugar con lecturas finales: ¿dulce ironía? ¿Esperanza en la posibilidad de quebrar la monotonía, subrayada por la música de fondo? ¿Imagen de la fuerza vital femenina? Como sea, la multiplicidad de sentidos que ofrece Niños irritantes (el título remite al texto de Clarice Lispector del mismo nombre, el cual a su vez inspiró la imagen del niño y su madre usados por Naranjo) se convierte en sí mismo en un acto de resistencia ante los mensajes monolíticos y superficiales emitidos por los medios masivos de comunicación. Así, como afirmó Carlos Monsiváis en uno de sus últimos artículos, el arte ahora forma parte del arsenal de la contracultura, del nado siempre joven a contracorriente.

Eliff Lara Astorga (Universidad Nacional Autónoma de México)

viernes, 4 de octubre de 2013

Filosofía y educación por Tomás Abraham

La filosofía es un fenómeno cultural que tiene que ver con el nacimiento de la ciudad, llamada en griego polis. Un fenómeno correspondiente a una mutación cultural que hace de Atenas un punto centrífugo de la historia. Es una fuente inagotable de inspiración para tejer continuidades y para crear identidades. La polis es ciudad en el sentido de comunidad organizada sobre la base de una distribución territorial: los demos, cuyos representantes dirimían sus cuestiones en la asamblea democrática. La repartición en municipios reemplaza a la división de la población en tribus emparentadas por lazos de sangre e invocaciones a alguna divinidad. La localización territorial es una entidad maleable y fortuita, por lo que en los inicios de la democracia hay un reconocimiento de la función del azar. Este juego, contingencia, es parte de la nueva cultura griega en la que las artes de la palabra constituyen un entramado de disciplinas que son parte de la pedagogía destinada a la formación del ciudadano.

La dialéctica, la adivinación, la erística, la retórica, la sofística, la elocuencia y la oratoria, son algunas de las tecnologías de la palabra que distinguen esa civilización en la que el individuo tiene por destino público ser ciudadano.

No siempre la filosofía tiene la función política de preparar un ciudadano. Así lo fue en Grecia, la primera sociedad abierta que diagramó un espacio exotérico con una palabra pública circulando entre pares. Una elite, una falange, uan circunferencia cuyo centro está vacío y es funcional. El que lo ocupa tiene la palabra pero no el poder, el poder es el de la circunferencia. La filosofìa nace en medio de esta problemática política, comunitaria, para ejercer una labor crítica en la que se interroga por la validez de las pretensiones de todos aquellos expertos en las artes de la palabra. Lo que propondrá Platón es una nueva pedagogía, una educación en la que intentará conciliar a la palabra con la energía mística de las religion de los misterios. La filosofía será una iniciación para quienes reinarán sobre la república.

Por supuesto hablamos de una sociedad jerárquica que discrimina entre quienes están destinados a esta función y quienes jamás podrán estarlo como las mujeres, los esclavos, los metecos o extranjeros y los menores.

Sociedad grandiosa pero pequeña por su tamaño, que Alejandro llevó y mezcló por todo el mundo conocido en ese momento.

La función de la filosofía en el Imperio Romano cambia ya que la política no se dirime en el espacio público sino en las cámaras de los palacios imperiales, y no es el ciudadano el que decide con sus pares sino los cercanos por sus funciones y lazos de parentezco al cetro imperial.

La filosofía se vuelve una meditación sobre el sentido de la vida, renuncia a las exigencias públicas, y se convierte en una preceptiva sobre las relaciones entre la Fortuna y el Destino. “Hay azar, pero hay destino, por lo tanto filosofemos”, decía Séneca. Prepararse para la muerte, y también estar preparado para los avances de ésta en el sentido de pérdidas, dolores, extravíos, y enigmas que se dan en las relaciones mundanas, es una tarea del sabio. El sabio es el que recuerda el camino, no el que tiene la respuesta sino aquel que evoca la palabra mayor: orden. Hay un orden, un cosmos, un sentido que sólo nuestra pequeñez ignora. La ataraxia, el desprendimiento, la distancia respecto de nuestras pasiones y apegos, no nos condenan a la soledad porque nos fortalecen y nos dan poder. Es el poder de la autonomía, el de poder darse su propio ley, bastarse a sí mismo porque el sí mismo ha encontrado su verdadero lugar.

La filosofìa ha transformado la problemática del arte de gobernar en una reflexión sobre el arte de vivir, del conocerse a sí mismo para dirigir a los demás, al conocerse a sí mismo para no ser desdichado.

Este mundo imperial cae, la ciudad eterna desaparece con las invasiones bárbaras. La caída de Roma equivale a una caída de los dioses. Lo inconcebible se ha hecho realidad, lo eterno puede morir.

El gran testigo de ese mundo que cae y un otro que se anuncia pero que aún no es , se llama Agustín de Hipona. Hombre de cultura clásica está literalmente atravesado por el cristianismo. La vía dolorosa por su conversión es narrada en Las Confesiones, ahí nos señala la fragilidad de la educación clásica, su soberbia racional, las pretensiones de pensarlo todo para controlarlo todo.El ideal de autonomía greco-romano era sinónimo de la felicidad. Se creía que el poder del logos, la manipulación de los sentimientos, de su administración regida por el poder racional, podía evitar el sufrimiento. Esta pretensión no valió más que la de la metrópoli que la albergaba, y su caída fue estrepitosa y humillante, arrasada por los bárbaros, los godos y los vándalos, del mismo modo en que el poder de la razón fue derribado por la libido, esa voluntad involuntaria que actúa por sí misma y que nos humilla y vuelve impotentes.

Según San Agustín nada muestra mejor nuestra fragilidad que los movimientos del deseo, sobre ellos nada podemos decidir. La pedagogía de la palabra de la cultura clásica la unía a una concepción del discurso, la idea de que un orden de la palabra correspondía a un orden del cosmos. Es la vía regia, el hilo de Ariadna que nos libera de laberinto en cuyo centro está el monstruo. Pero para liberarnos del monstruo de la concupiscencia, ese que llevamos adentro, no bastan las palabras sino la fe, y esta fe también necesitará palabras, pero serán de otro tenor, porque ya no se trata de orden sino de sentido, del significado oculto, figurado y desfigurado, que se disfraza y nos tienta, pero ya no en las trampas oraculares que describía la tragedia, sino en las trampas de la tentación que están en la carne.

La cultura monástica que sustituye a la pedagogía clásica impone la disciplina del celibato. Celibato y confesión, rituales de humillación, trabajos manuales y lecturas de textos sagrados. El pecado de soberbia que se concebia como la fuente de todos los pecados, que había hecho que los padres de la humanidad fueran expulsados del paraíso, será desplazado por la lucha contra el demonio de la carne, la concupiscencia, el lugar en el que la soberbia nada puede, en el que sólo la humillación y la esclavitud de alma abre las puertas de la salvación. Es el fin del señorío clásico.

A la preceptiva antigua en la que el sabio aconsejaba a su discípulo y lo guiaba por el camino de la perfección, le sigue un nuevo camino del aprendizaje de sí, es el de la hermenéutica, el continuo examen de sí mismo, la sospecha de sí, el rastreo del menor atisbo que puede llevarnos a la perdición, una tecnología que se plasmará en el ritual confesionario.

Podemos situar otro momento en esta apenas abrochada historia de las relaciones entre la filosofia y la educación cuando en los años mil de nuestra era, aparece la figura del intelectual, relacionado con las primeras universidades. Remontémonos a la maravillosa historia de Abelardo y Heloísa, en el que uno de los primeros intelectuales de occidente, tiene una historia amorosa con su alumna, por la que es castigado con la castración.

El intelectual de aquella época – los siglos XI y XII - es un lector de los clásicos griegos, fundamentalmente de Aristóteles, cuya lógica se convertirá en el principal recurso de los teólogos para construir una racionalidad de la fe que permita la construcción de un nuevo lenguaje de poder. El poder necesita una centralidad, un pensamiento único, y en este caso de una lógica. Demostrar que el tres y el uno se funden en la imagen de la Trinidad, o que las transustanciaciones, encarnaciones, pueden explayarse en argumentos convincentes, y que la fe se sostiene en una verdad comunicable, es la tarea de estos primeros escolásticos entre los que se cuenta Abelardo.

Vuelven los clásicos, en especial lo hacen del otro lado de los Pirineos, en donde la cultura del Al Andaluz es la continuación de la civilización del Oriente Medio que en Bagdad y Damasco, prolongó el estudio de los clásicos. El renacimiento de la cultura clásica, de Platón y Aristóteles se renueva con aportes que logran un sincretismo poético-filosófico. El dinamismo de las nuevas ciudades, y del intercambio de palabras, ideas y creencias, que trae el comercio, se combina con nuevas realidades territoriales y patrimoniales que dan a la mujer mayor autoridad social, y cultural. Poetas y abadesas nos dejan sus obras, y la Dama como emblema cultural irrumpe como nueva forma del amor y del cortejo en la primera poesía romance de occidente. Se feminiza la civilización, se dulcifica, según los atributos con se define ese momento histórico que recibe entre otros influjos, la sensualidad árabe.

Los amores entre Abelardo y Heloísa retratados en el texto Historia de mis Calamidades, el intercambio de cartas de los dos, nos muestra a una Heloisa sumamente diestra en el manejo de los argumentos dialécticos para demostrar lo lícito de su deseo y arrincona a Abelardo que no tiene otro argumento que el miedo, que se convertirá en mutilación. Los familiares de Heloísa enterados de sus amores con el maestro, lo castran.

Aquel que para los historiadores es considerado el primer intelectual de occidente, pagó con su cuerpo la vocación docente.

La cultura clásica tuvo una duración de mil quinientos años. Mientras estuvo vigente, la concepción del pensamiento humano derivaba de una idea del lenguaje. El pensamiento era el lenguaje en su forma oral. Decir y pensar eran la misma cosa. Saber hablar y saber pensar se conjugaban juntos. La elocuencia, la retórica, la gramática, las artes liberales eran sinónimo de cultura y de educación.

El modelo de la lengua persiste hasta finales del siglo XVI. Lo que lo cambia es la revolución galileana. Desde este momento la nueva figura y objeto teórico definido como naturaleza, contiene una lengua que no puede ser traducida con las armas de la cultura clásica. El derrumbe del modelo aristotélico no sólo tiene que ver con una nueva concepción del universo, de la idea de infinito que sustituye a la de eternidad, ni con el descentramiento de la tierra y del mayúsculo sujeto que la habita sino, con ello, del recurso que definía a lo humano: la lengua discursiva.

La naturaleza se escribe en lenguaje matemático, por lo que la elaboracion conceptual y su trasmisión debe seguir otros parámetros. Durante el siglo XVII presenciamos una puja y una tensión por crear un nuevo lenguaje que dé cuenta de los nuevos descubrimientos. La lengua de Spinoza, Leibniz, Descartes, remiten a la exigencia de un método, de un orden geométrico, de un sistema, que calcado sobre el orden de las demostraciones de la ciencia físico-matemática, incorpore los temas metafísicos y morales de la filosofía.

El mundo de la ciencia es parte de una nueva racionalidad que se extiende hacia los niveles educativos. El gobierno de las almas que inquietaba a la antigua época cultural, se especifica y se transforma en gobierno de las poblaciones ordenadas de acuerdo a funciones. Es el estado Policia. El esquema disciplinario, una paulatina preocupación por los cuerpos y los tiempos, los espacios de ocupación y la distribución de jerarquías, se manifiesta en el siglo XVIII en las nuevas diagramaciones de las aulas, en la centralización de los campos de visibilidad, en la postura de los cuerpos que da lugar a las primeras elaboraciones del ballet, así como al aprendizaje del caminar, sumamente vigilado por los salones de espejos. El entallado, los corsets, son parte de una ideología de la corporidad y del enderazamiento que es parte de las nuevas pedagogías.

La filosofía se calca sobre el camino de las ciencias, pero no será hasta el siglo XIX que tendrá su sede propia en las cátedras universitarias. Hasta ese momento los filósofos tenían como Kant cátedras de otras disciplinas como la geografía. Cuando las pretensiones científicas de la metafísica son criticadas por Kant, cuando el prestigio del racionalismo absoluto que todavía pagaba sus deberes a la diosa teología, cae por tierra junto a la cabeza de la realeza también absoluta, la filosofía pasa a cumplir un nuevo rol.

Se abren dos tradiciones para la filosofía que le darán funciones altenativas en el siglo XIX. Por un lado un modelo alemán, prusiano, por el cual la filosofía será la disciplina preparatoria para la formación del funcionario de Estado. El ideal hegeliano une la filosofía y el Estado, en una nueva versión del ideal de Platón que declina en un solo casillero el máximo poder con el máximo saber. Este es el ideal de la filosofía especulativa.

Por otro lado el ideal republicano, hace emerger una nueva categoría de ciudadano, que perdurará unos años, en el que los ideales de la Ilustración pierden algo de su carácter épico para amoldarse a una clase burguesa en ascenso. Las virtudes republicanas combinan una especie de puritanismo moral, rigurosidad educativa, respeto por las jerarquías, creencia en el progreso de las ciencias, y una irrestricta defensa de la propiedad privada.

La instrucción cívica, la educación moral, una lenta elaboración del matrimonio de la razón y la libertad, al mismo tiempo que una filosofía de la consciencia, tejen la urdimbre de lo que será una faceta de la filosofía del siglo XX, hasta que las guerras impondrán nuevas ideologías de Estado como el fascismo y el comunismo soviético.

No haya que perder de vista que el ideal platónico y hegeliano de unir en la misma cabeza el saber y el poder, si alguna vez se plasmó con fuerza y continuidad fue en la educación marxista de los países soviéticos, en los que la educación fue un asunto de Estado, y la vigilancia de la aplicación de la doctrina oficial un asunto de vida o muerte.

Quisiera ahora decir algo sobre la relación de la filosofía con la educación para los sistemas escolares de hoy. Primero creo que lo que se ha llamado filosofía para niños es un fraude. No es filosofía, es domesticación de los niños para que convivan en armonía en un grupo. Los textos que he leído ofrecen una imagen lastimosa en la que se ve que el niño rebelde, aquel que no cumple con las pautas democráticas queda censurado y aislado.

Se saca a la filosofía de su ámbito académico – lo que es bueno – pero se la destina a fines de legitimación y justificación de formas de poder con lo que cumple el mismo papel que nuestras sociedades le han dado a la religión. Un lenguaje espiritual que legitima intereses.

Ha sucedido y sucede con la filosofía ética aplicada a las empresas, en la que fragmentos de la tradición filosófica son empleados para confeccionar una imagen socialmente correcta de las corporaciones.

La filosofía es un ejercicio del pensar que actúa a contracorriente de los tejidos que urden las creencias. Dice Nietzsche: no hay que creer lo que uno piensa. La filosofía no es un evangelio, ya sea trascendente o histórico. El ejercicio del pensar no es lo mismo que la edificación de un saber. Se piensa lo que no se sabe, en el pensar hay más un trabajo desde la ignorancia que una construcción de un saber.

El pensar vacía lo que las autoridades del saber llenan. Pero este pensar no es vacuo sino por el contrario, tiene sus pobladores. Estos pueden ser conceptos, imágenes, y se plasman en los más variados géneros. La tradición filosófica nos muestra una proliferación de géneros: diálogo, tratado, meditación, alegoría, fábula, panfleto, preceptiva, aforismo, confesión, diario, poesía, sistema, suma, crítica, ensayo. Hay una “forma” de la filosofìa que puede presentar un diseño de completud, saturado, sistemático, interrogativo.

El enunciado filosófico no depende hoy del modo en que se coordinan el orden de demostración y el orden de exposición. El texto filosófico puede tener un orden apodíptico como poseer la estructura irresoluta del cuento.La filosofía es creadora de lenguajes, leer a Hegel, Heidegger, es aprender un nuevo idioma, a veces también lo es con filósofos que en apariencia son más transparentes.

La filosofía es útil para que los adolescentes, desde los 15 y 16 años comiencen a producir sus propias investigaciones. Me refiero a que la investigación filosófica – usando un término de Wittgenstein – no es un análisis de textos. El análisis de texto es una parte del trabajo como las notas de un pentagrama son una parte de la música. Debe pasar de la vista y la mano al oído externo, análogamente el rol del actor escrito en una obra tiene su lugar en la escena.

La escena de la filosofía son las sociedades en la que los hombres viven y deciden sus existencias. La investigación filosófica implica la intervención de la filosofía en otras áreas y disciplinas. Les es transversal o diagonal, en todo caso no responde a la interdisciplina ni a ninguna suma de conocimientos o a la sana distribución del saber. Cada investigación filosófica crea su objeto de conocimiento en la medida en que recorre su camino.

Desde Federico Nietzsche la filosofía perdió su vieja identidad. Deberíamos agregar el nombre de Carlos Marx. El primero realiza una revolución estilística. Géneros variados, multiplicidad de tonos, y alternancia de identidades recorren sus escritos. Ha hecho de la contradicción un género que va más allá de la lógica. Nietzsche subordina la coherencia a la fecundidad. La voluntad de poder tiene por sombra amenzante la esterilidad. Por otro lado ha hecho de la pasión y del conocimiento un solo acorde, por el que con la misma intensidad que ha tomado posición respecto de un tema, se vuelca a otro universo desde el que lo demuele.

Marx ha mostrado que la filosofía ya no recorre los caminos de las buenas intenciones, y de los anacronismos del espiritualismo aldeano. Es lo que acontecía en Alemania,, en donde los filósfos neohegelianos, creían estar en la vanguardia de la historia gracias a sus ensayos de crítica de la religión.

Mientras los alemanes aprendían con dificultad a ser ateos – y no lo lograban porque siempre inventaban nuevas trascendencias que ni siquieran tenían el pathos de la religión – Marx se dio cuenta que el mundo iba en otra dirección y que de quedarse en Alemania se lo perdía. En Londres estaban los archivos y las realidades del poderoso capitalismo industrial en plena expansión, allí estaba en una muestra cruda y abundante el diagrama del mundo del futuro.

El materialismo histórico es una conversión del lenguaje filosófico, ajeno a economistas e historiadores que no se reconocían en aquellas teorías, y ajeno a la filosofía porque no veía en esos análisis la devolución de su antiguo rostro.

Creo que en el siglo XX continuadores de aquel modo inédito de hacer filosofía son Wittgenstein, Deleuze y Foucault. La idea de juegos de lenguaje del primero, de pensamiento nómade del segundo, y de sistemas históricos de pensamiento de Foucault, son un ejem plo de las formas en que puede expresarse hoy la filosofía.

No hay método de conocimiento en la filosofía porque en la investigación hay una cuota necesaria de azar. No sabemos lo que vamos a encontrar, y no partimos de hipótesis sino de intuiciones. En el ejercicio del pensar se toman decisiones, y se las cambia.

No hay temas filosóficos, me refiero a grandes figuras a las que el filósofo debe referirse necesariamente. El Bien, La Verdad, Lo Bello, eran los temas de una filosofía que se consideraba parte de un mundo único, un todo, un ser sin fisuras. El mundo ha dejado de tener Un Sentido con mayúscula porque ya no hay Imperio del conocimiento, llámese ciencia, filosofia o religión. Los imperios que quedan son políticos y militares.

La investigación es nómade, lo filosófico es la investigación y no el objeto. Los materiales son todos los que pueden servir. El corpus teórico no está constituído solamente por libros, sino también por lo que nos dan los medios masivos de comunicación. Las costumbres y las creencias hoy en día no son sólo lo que se muestra sino lo que se proyecta. Hay una dialéctica y ua mimesis recíproca entre las pantallas, los cuerpos y sus conductas.

Los estudiantes desde los últimos años de la secundaria, y, por supuesto, los que apenas comienzan la universidad deben investigar bajo la guía de un profesor. El trabajo erudito debe combinarse con el manejo de los materiales, por lo que se debe consultar archivos, hacer fichas, y escribir tanto comentarios como críticas y aventurar nuevas hipótesis. Esto no es para un posdoctorado, sino desde los inicios. Los estudiantes deben aprender y además a darse cuenta de que las cosas, o sea los textos tienen un uso y que despiertan imágenes y ayudan a diseñar ideas. La idea – un modo tradicional de designarlo – es el personaje de la filosofía. La idea implica un modo de ordenar, pero no es un container, tiene algo de la fragilidad del recuerdo, un aroma a Proust.

La filosofìa, a diferencia de las ciencas sociales, no tienes pretensiones de ciencia ni protocolos de investigación. Si idea del rigor no es la de limitarse a lo que se comprueba, en la filosofia siempre se dice más de lo que se sabe, a veces menos, y se trasmite lo que se piensa. Tampoco tiene la exigencia de exactitud de las ciencias exactas, es una disciplina, al decir de Husserl, anexacta.

La filosofìa tiene que ver con algo animal que todavía conserva la especie humana: la curiosidad.

Sexualidad y soledad

Debemos agradecer a Michel Foucault su maestría en el humor gélido. No sólo evita toda aparatosidad sino que sostiene una distancia respecto de cualquier efecto fácil. No se tienta por la comicidad evidente. La exposición fracasa si decae en la opereta o en el melodrama. El francés típico es cartesiano hasta cuando va al baño. ¿O la escucharon aullar de placer a Catherine Deneuve? No, su seducción consiste en la frialdad casi despectiva. Dejemos por el momento el extraño caso del señor Depardieu más afecto a la línea ideativa de Rabelais.
En el año 1982 Foucault lleva a cabo una disertación académica con el nombre de Sexualidad y soledad, en un simposio al que es invitado junto a Richard Sennet. Su público es inglés y la exposición será editada por la London Review of Books. Los ingleses también tienen lo suyo en materia de humor. El talento en la conversación sajona se basa en la velocidad con la que interviene la ironía. Es una cuestión de aceleración y de compostura. Mantenerse serio mientras se dice algo picante es una muestra de la capacidad de ingenio. La respuesta de un buen contertulio no es la risotada ni el bofetón en la espalda –los ingleses no van al circo de los hermanos Capuzotto– sino la réplica breve de quien ha entendido y lo expresa con un mínimo agregado.
Foucault evoca a un filósofo que respeta poco como Habermas, para enumerar las tres principales técnicas que el alemán distingue para producir, transformar y manipular las cosas, los signos y las conductas de los individuos. Es decir las técnicas de producción, las de comunicación y las de dominación. A estas Foucault agrega una cuarta que le preocupa especialmente, aquella que permite a los individuos realizar una serie de operaciones sobre ellos mismos, sobre sus cuerpos, pensamientos, sobre sus almas y comportamientos, para producir en ellos mismos una modificación, una transformación, para llegar a un cierto estado de perfección, de felicidad, de beatitud, o de poder sobrenatural. A este tipo de técnicas las denomina “técnicas de sí”, o, en otras ocasiones, “tecnologías del Yo”.
Estas técnicas de sí implican una serie de obligaciones que tienen que ver con el valor de Verdad. Las llama también terapias de verdad. La confesión cristiana, por ejemplo, es una de ellas, la parrehesía cínica y lo que denomina “escritura de sí” de los estoicos romanos desplegada en epístolas y diarios personales, es otra.
En lo que concierne al tema de la sexualidad que le interesa en aquella época, se pregunta por la razón por la que existe un vínculo entre sexualidad, subjetividad y obligación con la verdad. También inquiere por la razón que determina en la cultura cristiana una sexualidad convertida en el “sismógrafo” de nuestra identidad.
Foucault responde a estas preguntas rescatando de la historia dos modelos de conducta referidos a la sexualidad. Por este procedimiento se dispone a poner en tela de juicio ciertas ideas que nos hacemos de la cuestión.
El primero es el modelo de Artemidoro, autor de una interpretación de los sueños, para quien la penetración simboliza algo más que un acto sexual, ya que se refiere a la vida social del sujeto cívico. Penetrar o ser penetrado es la polaridad grecorromana, es decir no la identidad biológica de la pareja, no se trata de hétero ni de homosexualidad, sino el hecho de ser activo o pasivo en la relación sexual. La virilidad se define por el penetrar, y el ser penetrado es signo de molicie, afeminamiento, y en último término de esclavitud. Amo o esclavo en todos los órdenes es lo que inquieta a la ética antigua.
Sólo el joven ciudadano, discípulo de un prestigioso y cuidadoso maestro o patricio, puede convertir su ser penetrado en un acto iniciático socialmente aceptable, pero el varón adulto debe penetrar.
Las relaciones sexuales, entonces, son para Artemidoro, valores referidos a la jerarquía social, y deben ser descifrados según este código interpretativo cuando aparecen en los sueños.
Mientras en San Agustín, lo vimos, el modelo sexual originario, antes de la caída, era el de la indiferencia fecundadora, una mecánica muscular sin libido, y luego de la expulsión del paraíso, el desvío se manifiesta en la epilepsia del miembro erecto desobediente que actúa por sí mismo, humillando de este modo el poder de la voluntad y el logos del hombre.
La sexualidad para Agustín ya no será una preocupación social, sino un desafío para una hermenéutica de sí mismo, con el fin de controlar sin pausa nuestros pensamientos más ocultos y restaurar nuestra dignidad perdida.