La filosofía es un fenómeno cultural que
tiene que ver con el nacimiento de la ciudad, llamada en griego polis.
Un fenómeno correspondiente a una mutación cultural que hace de Atenas
un punto centrífugo de la historia. Es una fuente inagotable de
inspiración para tejer continuidades y para crear identidades. La polis
es ciudad en el sentido de comunidad organizada sobre la base de una
distribución territorial: los demos, cuyos representantes dirimían sus
cuestiones en la asamblea democrática. La repartición en municipios
reemplaza a la división de la población en tribus emparentadas por lazos
de sangre e invocaciones a alguna divinidad. La localización
territorial es una entidad maleable y fortuita, por lo que en los
inicios de la democracia hay un reconocimiento de la función del azar.
Este juego, contingencia, es parte de la nueva cultura griega en la que
las artes de la palabra constituyen un entramado de disciplinas que son
parte de la pedagogía destinada a la formación del ciudadano.
La dialéctica, la adivinación, la erística, la retórica, la sofística,
la elocuencia y la oratoria, son algunas de las tecnologías de la
palabra que distinguen esa civilización en la que el individuo tiene por
destino público ser ciudadano.
No siempre la filosofía tiene la función política de preparar un
ciudadano. Así lo fue en Grecia, la primera sociedad abierta que
diagramó un espacio exotérico con una palabra pública circulando entre
pares. Una elite, una falange, uan circunferencia cuyo centro está vacío
y es funcional. El que lo ocupa tiene la palabra pero no el poder, el
poder es el de la circunferencia. La filosofìa nace en medio de esta
problemática política, comunitaria, para ejercer una labor crítica en la
que se interroga por la validez de las pretensiones de todos aquellos
expertos en las artes de la palabra. Lo que propondrá Platón es una
nueva pedagogía, una educación en la que intentará conciliar a la
palabra con la energía mística de las religion de los misterios. La
filosofía será una iniciación para quienes reinarán sobre la república.
Por supuesto hablamos de una sociedad jerárquica que discrimina entre
quienes están destinados a esta función y quienes jamás podrán estarlo
como las mujeres, los esclavos, los metecos o extranjeros y los menores.
Sociedad grandiosa pero pequeña por su tamaño, que Alejandro llevó y mezcló por todo el mundo conocido en ese momento.
La función de la filosofía en el Imperio Romano cambia ya que la
política no se dirime en el espacio público sino en las cámaras de los
palacios imperiales, y no es el ciudadano el que decide con sus pares
sino los cercanos por sus funciones y lazos de parentezco al cetro
imperial.
La filosofía se vuelve una meditación sobre el sentido de la vida,
renuncia a las exigencias públicas, y se convierte en una preceptiva
sobre las relaciones entre la Fortuna y el Destino. “Hay azar, pero hay
destino, por lo tanto filosofemos”, decía Séneca. Prepararse para la
muerte, y también estar preparado para los avances de ésta en el sentido
de pérdidas, dolores, extravíos, y enigmas que se dan en las relaciones
mundanas, es una tarea del sabio. El sabio es el que recuerda el
camino, no el que tiene la respuesta sino aquel que evoca la palabra
mayor: orden. Hay un orden, un cosmos, un sentido que sólo nuestra
pequeñez ignora. La ataraxia, el desprendimiento, la distancia respecto
de nuestras pasiones y apegos, no nos condenan a la soledad porque nos
fortalecen y nos dan poder. Es el poder de la autonomía, el de poder
darse su propio ley, bastarse a sí mismo porque el sí mismo ha
encontrado su verdadero lugar.
La filosofìa ha transformado la problemática del arte de gobernar en una
reflexión sobre el arte de vivir, del conocerse a sí mismo para
dirigir a los demás, al conocerse a sí mismo para no ser desdichado.
Este mundo imperial cae, la ciudad eterna desaparece con las invasiones
bárbaras. La caída de Roma equivale a una caída de los dioses. Lo
inconcebible se ha hecho realidad, lo eterno puede morir.
El gran testigo de ese mundo que cae y un otro que se anuncia pero que
aún no es , se llama Agustín de Hipona. Hombre de cultura clásica está
literalmente atravesado por el cristianismo. La vía dolorosa por su
conversión es narrada en Las Confesiones, ahí nos señala la fragilidad
de la educación clásica, su soberbia racional, las pretensiones de
pensarlo todo para controlarlo todo.El ideal de autonomía greco-romano
era sinónimo de la felicidad. Se creía que el poder del logos, la
manipulación de los sentimientos, de su administración regida por el
poder racional, podía evitar el sufrimiento. Esta pretensión no valió
más que la de la metrópoli que la albergaba, y su caída fue estrepitosa y
humillante, arrasada por los bárbaros, los godos y los vándalos, del
mismo modo en que el poder de la razón fue derribado por la libido, esa
voluntad involuntaria que actúa por sí misma y que nos humilla y vuelve
impotentes.
Según San Agustín nada muestra mejor nuestra fragilidad que los
movimientos del deseo, sobre ellos nada podemos decidir. La pedagogía de
la palabra de la cultura clásica la unía a una concepción del discurso,
la idea de que un orden de la palabra correspondía a un orden del
cosmos. Es la vía regia, el hilo de Ariadna que nos libera de laberinto
en cuyo centro está el monstruo. Pero para liberarnos del monstruo de la
concupiscencia, ese que llevamos adentro, no bastan las palabras sino
la fe, y esta fe también necesitará palabras, pero serán de otro tenor,
porque ya no se trata de orden sino de sentido, del significado oculto,
figurado y desfigurado, que se disfraza y nos tienta, pero ya no en las
trampas oraculares que describía la tragedia, sino en las trampas de la
tentación que están en la carne.
La cultura monástica que sustituye a la pedagogía clásica impone la
disciplina del celibato. Celibato y confesión, rituales de humillación,
trabajos manuales y lecturas de textos sagrados. El pecado de soberbia
que se concebia como la fuente de todos los pecados, que había hecho que
los padres de la humanidad fueran expulsados del paraíso, será
desplazado por la lucha contra el demonio de la carne, la
concupiscencia, el lugar en el que la soberbia nada puede, en el que
sólo la humillación y la esclavitud de alma abre las puertas de la
salvación. Es el fin del señorío clásico.
A la preceptiva antigua en la que el sabio aconsejaba a su discípulo y
lo guiaba por el camino de la perfección, le sigue un nuevo camino del
aprendizaje de sí, es el de la hermenéutica, el continuo examen de sí
mismo, la sospecha de sí, el rastreo del menor atisbo que puede
llevarnos a la perdición, una tecnología que se plasmará en el ritual
confesionario.
Podemos situar otro momento en esta apenas abrochada historia de las
relaciones entre la filosofia y la educación cuando en los años mil de
nuestra era, aparece la figura del intelectual, relacionado con las
primeras universidades. Remontémonos a la maravillosa historia de
Abelardo y Heloísa, en el que uno de los primeros intelectuales de
occidente, tiene una historia amorosa con su alumna, por la que es
castigado con la castración.
El intelectual de aquella época – los siglos XI y XII - es un lector de
los clásicos griegos, fundamentalmente de Aristóteles, cuya lógica se
convertirá en el principal recurso de los teólogos para construir una
racionalidad de la fe que permita la construcción de un nuevo lenguaje
de poder. El poder necesita una centralidad, un pensamiento único, y en
este caso de una lógica. Demostrar que el tres y el uno se funden en la
imagen de la Trinidad, o que las transustanciaciones, encarnaciones,
pueden explayarse en argumentos convincentes, y que la fe se sostiene en
una verdad comunicable, es la tarea de estos primeros escolásticos
entre los que se cuenta Abelardo.
Vuelven los clásicos, en especial lo hacen del otro lado de los
Pirineos, en donde la cultura del Al Andaluz es la continuación de la
civilización del Oriente Medio que en Bagdad y Damasco, prolongó el
estudio de los clásicos. El renacimiento de la cultura clásica, de
Platón y Aristóteles se renueva con aportes que logran un sincretismo
poético-filosófico. El dinamismo de las nuevas ciudades, y del
intercambio de palabras, ideas y creencias, que trae el comercio, se
combina con nuevas realidades territoriales y patrimoniales que dan a la
mujer mayor autoridad social, y cultural. Poetas y abadesas nos dejan
sus obras, y la Dama como emblema cultural irrumpe como nueva forma del
amor y del cortejo en la primera poesía romance de occidente. Se
feminiza la civilización, se dulcifica, según los atributos con se
define ese momento histórico que recibe entre otros influjos, la
sensualidad árabe.
Los amores entre Abelardo y Heloísa retratados en el texto Historia de mis Calamidades,
el intercambio de cartas de los dos, nos muestra a una Heloisa
sumamente diestra en el manejo de los argumentos dialécticos para
demostrar lo lícito de su deseo y arrincona a Abelardo que no tiene otro
argumento que el miedo, que se convertirá en mutilación. Los familiares
de Heloísa enterados de sus amores con el maestro, lo castran.
Aquel que para los historiadores es considerado el primer intelectual de occidente, pagó con su cuerpo la vocación docente.
La cultura clásica tuvo una duración de mil quinientos años. Mientras
estuvo vigente, la concepción del pensamiento humano derivaba de una
idea del lenguaje. El pensamiento era el lenguaje en su forma oral.
Decir y pensar eran la misma cosa. Saber hablar y saber pensar se
conjugaban juntos. La elocuencia, la retórica, la gramática, las artes
liberales eran sinónimo de cultura y de educación.
El modelo de la lengua persiste hasta finales del siglo XVI. Lo que lo
cambia es la revolución galileana. Desde este momento la nueva figura y
objeto teórico definido como naturaleza, contiene una lengua que no
puede ser traducida con las armas de la cultura clásica. El derrumbe del
modelo aristotélico no sólo tiene que ver con una nueva concepción del
universo, de la idea de infinito que sustituye a la de eternidad, ni con
el descentramiento de la tierra y del mayúsculo sujeto que la habita
sino, con ello, del recurso que definía a lo humano: la lengua
discursiva.
La naturaleza se escribe en lenguaje matemático, por lo que la
elaboracion conceptual y su trasmisión debe seguir otros parámetros.
Durante el siglo XVII presenciamos una puja y una tensión por crear un
nuevo lenguaje que dé cuenta de los nuevos descubrimientos. La lengua de
Spinoza, Leibniz, Descartes, remiten a la exigencia de un método, de un
orden geométrico, de un sistema, que calcado sobre el orden de las
demostraciones de la ciencia físico-matemática, incorpore los temas
metafísicos y morales de la filosofía.
El mundo de la ciencia es parte de una nueva racionalidad que se
extiende hacia los niveles educativos. El gobierno de las almas que
inquietaba a la antigua época cultural, se especifica y se transforma en
gobierno de las poblaciones ordenadas de acuerdo a funciones. Es el
estado Policia. El esquema disciplinario, una paulatina preocupación
por los cuerpos y los tiempos, los espacios de ocupación y la
distribución de jerarquías, se manifiesta en el siglo XVIII en las
nuevas diagramaciones de las aulas, en la centralización de los campos
de visibilidad, en la postura de los cuerpos que da lugar a las primeras
elaboraciones del ballet, así como al aprendizaje del caminar,
sumamente vigilado por los salones de espejos. El entallado, los
corsets, son parte de una ideología de la corporidad y del
enderazamiento que es parte de las nuevas pedagogías.
La filosofía se calca sobre el camino de las ciencias, pero no será
hasta el siglo XIX que tendrá su sede propia en las cátedras
universitarias. Hasta ese momento los filósofos tenían como Kant
cátedras de otras disciplinas como la geografía. Cuando las pretensiones
científicas de la metafísica son criticadas por Kant, cuando el
prestigio del racionalismo absoluto que todavía pagaba sus deberes a la
diosa teología, cae por tierra junto a la cabeza de la realeza también
absoluta, la filosofía pasa a cumplir un nuevo rol.
Se abren dos tradiciones para la filosofía que le darán funciones
altenativas en el siglo XIX. Por un lado un modelo alemán, prusiano, por
el cual la filosofía será la disciplina preparatoria para la formación
del funcionario de Estado. El ideal hegeliano une la filosofía y el
Estado, en una nueva versión del ideal de Platón que declina en un solo
casillero el máximo poder con el máximo saber. Este es el ideal de la
filosofía especulativa.
Por otro lado el ideal republicano, hace emerger una nueva categoría de
ciudadano, que perdurará unos años, en el que los ideales de la
Ilustración pierden algo de su carácter épico para amoldarse a una clase
burguesa en ascenso. Las virtudes republicanas combinan una especie de
puritanismo moral, rigurosidad educativa, respeto por las jerarquías,
creencia en el progreso de las ciencias, y una irrestricta defensa de la
propiedad privada.
La instrucción cívica, la educación moral, una lenta elaboración del
matrimonio de la razón y la libertad, al mismo tiempo que una filosofía
de la consciencia, tejen la urdimbre de lo que será una faceta de la
filosofía del siglo XX, hasta que las guerras impondrán nuevas
ideologías de Estado como el fascismo y el comunismo soviético.
No haya que perder de vista que el ideal platónico y hegeliano de unir
en la misma cabeza el saber y el poder, si alguna vez se plasmó con
fuerza y continuidad fue en la educación marxista de los países
soviéticos, en los que la educación fue un asunto de Estado, y la
vigilancia de la aplicación de la doctrina oficial un asunto de vida o
muerte.
Quisiera ahora decir algo sobre la relación de la filosofía con la
educación para los sistemas escolares de hoy. Primero creo que lo que se
ha llamado filosofía para niños es un fraude. No es filosofía, es
domesticación de los niños para que convivan en armonía en un grupo. Los
textos que he leído ofrecen una imagen lastimosa en la que se ve que el
niño rebelde, aquel que no cumple con las pautas democráticas queda
censurado y aislado.
Se saca a la filosofía de su ámbito académico – lo que es bueno – pero
se la destina a fines de legitimación y justificación de formas de poder
con lo que cumple el mismo papel que nuestras sociedades le han dado a
la religión. Un lenguaje espiritual que legitima intereses.
Ha sucedido y sucede con la filosofía ética aplicada a las empresas, en
la que fragmentos de la tradición filosófica son empleados para
confeccionar una imagen socialmente correcta de las corporaciones.
La filosofía es un ejercicio del pensar que actúa a contracorriente de
los tejidos que urden las creencias. Dice Nietzsche: no hay que creer lo
que uno piensa. La filosofía no es un evangelio, ya sea trascendente o
histórico. El ejercicio del pensar no es lo mismo que la edificación de
un saber. Se piensa lo que no se sabe, en el pensar hay más un trabajo
desde la ignorancia que una construcción de un saber.
El pensar vacía lo que las autoridades del saber llenan. Pero este
pensar no es vacuo sino por el contrario, tiene sus pobladores. Estos
pueden ser conceptos, imágenes, y se plasman en los más variados
géneros. La tradición filosófica nos muestra una proliferación de
géneros: diálogo, tratado, meditación, alegoría, fábula, panfleto,
preceptiva, aforismo, confesión, diario, poesía, sistema, suma, crítica,
ensayo. Hay una “forma” de la filosofìa que puede presentar un diseño
de completud, saturado, sistemático, interrogativo.
El enunciado filosófico no depende hoy del modo en que se coordinan el
orden de demostración y el orden de exposición. El texto filosófico
puede tener un orden apodíptico
como poseer la estructura irresoluta del cuento.La filosofía es
creadora de lenguajes, leer a Hegel, Heidegger, es aprender un nuevo
idioma, a veces también lo es con filósofos que en apariencia son más
transparentes.
La filosofía es útil para que los adolescentes, desde los 15 y 16 años
comiencen a producir sus propias investigaciones. Me refiero a que la
investigación filosófica – usando un término de Wittgenstein – no es un
análisis de textos. El análisis de texto es una parte del trabajo como
las notas de un pentagrama son una parte de la música. Debe pasar de la
vista y la mano al oído externo, análogamente el rol del actor escrito
en una obra tiene su lugar en la escena.
La escena de la filosofía son las sociedades en la que los hombres viven
y deciden sus existencias. La investigación filosófica implica la
intervención de la filosofía en otras áreas y disciplinas. Les es
transversal o diagonal, en todo caso no responde a la interdisciplina ni
a ninguna suma de conocimientos o a la sana distribución del saber.
Cada investigación filosófica crea su objeto de conocimiento en la
medida en que recorre su camino.
Desde Federico Nietzsche la filosofía perdió su vieja identidad.
Deberíamos agregar el nombre de Carlos Marx. El primero realiza una
revolución estilística. Géneros variados, multiplicidad de tonos, y
alternancia de identidades recorren sus escritos. Ha hecho de la
contradicción un género que va más allá de la lógica. Nietzsche
subordina la coherencia a la fecundidad. La voluntad de poder tiene por
sombra amenzante la esterilidad. Por otro lado ha hecho de la pasión y
del conocimiento un solo acorde, por el que con la misma intensidad que
ha tomado posición respecto de un tema, se vuelca a otro universo desde
el que lo demuele.
Marx ha mostrado que la filosofía ya no recorre los caminos de las
buenas intenciones, y de los anacronismos del espiritualismo aldeano. Es
lo que acontecía en Alemania,, en donde los filósfos neohegelianos,
creían estar en la vanguardia de la historia gracias a sus ensayos de
crítica de la religión.
Mientras los alemanes aprendían con dificultad a ser ateos – y no lo
lograban porque siempre inventaban nuevas trascendencias que ni
siquieran tenían el pathos de la religión – Marx se dio cuenta que el
mundo iba en otra dirección y que de quedarse en Alemania se lo perdía.
En Londres estaban los archivos y las realidades del poderoso
capitalismo industrial en plena expansión, allí estaba en una muestra
cruda y abundante el diagrama del mundo del futuro.
El materialismo histórico es una conversión del lenguaje filosófico,
ajeno a economistas e historiadores que no se reconocían en aquellas
teorías, y ajeno a la filosofía porque no veía en esos análisis la
devolución de su antiguo rostro.
Creo que en el siglo XX continuadores de aquel modo inédito de hacer
filosofía son Wittgenstein, Deleuze y Foucault. La idea de juegos de
lenguaje del primero, de pensamiento nómade del segundo, y de sistemas
históricos de pensamiento de Foucault, son un ejem plo de las formas en
que puede expresarse hoy la filosofía.
No hay método de conocimiento en la filosofía porque en la investigación
hay una cuota necesaria de azar. No sabemos lo que vamos a encontrar, y
no partimos de hipótesis sino de intuiciones. En el ejercicio del
pensar se toman decisiones, y se las cambia.
No hay temas filosóficos, me refiero a grandes figuras a las que el
filósofo debe referirse necesariamente. El Bien, La Verdad, Lo Bello,
eran los temas de una filosofía que se consideraba parte de un mundo
único, un todo, un ser sin fisuras. El mundo ha dejado de tener Un
Sentido con mayúscula porque ya no hay Imperio del conocimiento, llámese
ciencia, filosofia o religión. Los imperios que quedan son políticos y
militares.
La investigación es nómade, lo filosófico es la investigación y no el
objeto. Los materiales son todos los que pueden servir. El corpus
teórico no está constituído solamente por libros, sino también por lo
que nos dan los medios masivos de comunicación. Las costumbres y las
creencias hoy en día no son sólo lo que se muestra sino lo que se
proyecta. Hay una dialéctica y ua mimesis recíproca entre las pantallas,
los cuerpos y sus conductas.
Los estudiantes desde los últimos años de la secundaria, y, por
supuesto, los que apenas comienzan la universidad deben investigar bajo
la guía de un profesor. El trabajo erudito debe combinarse con el manejo
de los materiales, por lo que se debe consultar archivos, hacer fichas,
y escribir tanto comentarios como críticas y aventurar nuevas
hipótesis. Esto no es para un posdoctorado, sino desde los inicios. Los
estudiantes deben aprender y además a darse cuenta de que las cosas, o
sea los textos tienen un uso y que despiertan imágenes y ayudan a
diseñar ideas. La idea – un modo tradicional de designarlo – es el
personaje de la filosofía. La idea implica un modo de ordenar, pero no
es un container, tiene algo de la fragilidad del recuerdo, un aroma a
Proust.
La filosofìa, a diferencia de las ciencas sociales, no tienes
pretensiones de ciencia ni protocolos de investigación. Si idea del
rigor no es la de limitarse a lo que se comprueba, en la filosofia
siempre se dice más de lo que se sabe, a veces menos, y se trasmite lo
que se piensa. Tampoco tiene la exigencia de exactitud de las ciencias
exactas, es una disciplina, al decir de Husserl, anexacta.
La filosofìa tiene que ver con algo animal que todavía conserva la especie humana: la curiosidad.