domingo, 20 de octubre de 2013

Motivaciones existenciales

Mientras Frankl consideraba la búsqueda de sentido como la motivación más profunda de los seres humanos, recientemente el Análisis Existencial ha distinguido otras tres motivaciones existenciales (o personales) que preceden a la motivación del sentido y que mueven al ser humano profunda y constantemente:
Al ser humano lo moviliza la pregunta fundamental de la existencia:
  1. Yo soy – pero ¿puedo ser y estar? ¿Tengo el suficiente espacio, protección y sostén? Una persona experimenta especialmente esto cuando se siente aceptada, lo que le permitirá a su vez tener una actitud personal de auto-aceptación. La carencia de esto conduce a la ansiedad (angustia).
  2. Yo estoy vivo—pero ¿me gusta vivir? ¿Experimento plenitud, afecto y aprecio por aquello que tiene valor en mi vida?. La dedicación requiere sentir lo valioso en la propia vida. Este valor fundamental consiste en un profundo darse cuenta de que es bueno existir (“soy y estoy aquí”). La carencia  de esto conduce a la depresión.
  3. Yo soy yo – pero ¿me siento libre para ser yo mismo? ¿Experimento atención, justicia, aprecio, estima, respeto, mi propio valor? – Carencias a este nivel conduce a complejos de síntomas histriónicas así como a los principales trastornos de la personalidad.
  4. Yo estoy aquí – pero ¿para qué es bueno? ¿Qué puedo hacer hoy, para que mi vida sea parte de una totalidad con sentido? — ¿Para qué vivo? –  Carencias a este nivel conducen a las adicciones y la dependencia.

Aquel que tiene un por qué para vivir puede soportar cualquier cómo

El estrés y la desorientación hacen presa de nosotros cuando perdemos de vista nuestros objetivos vitales. La sensación de "trabajar para nada", el agotamiento que produce la dispersión tienen su antídoto en una meta clara que dé sentido a lo que estamos haciendo, con sus buenos y malos momentos.
Sobre esto, Victor Frankl consideraba que basta con que el individuo encuentre un sentido a su vida para superar la mayoría de los problemas que le aquejan. La logoterapia busca justamente eso: en lugar de escarbar en el pasado del paciente, se explora qué puede hacer con lo que tiene aquí y ahora. Dicho de un modo más sencillo: encontrar un motivo para levantarse cada día de la cama.
El drama de muchas personas insatisfechas con su existencia es que tampoco se plantean cuál es la vida que desearían vivir. Y la primera condición para dejar de estar perdido es saber, al menos, adónde se quiere llegar.
Al igual que Frankl medio siglo después, Nietzsche señala la importancia de encontrar un "por qué vivir". Cuando nuestra vida se llena de sentido, de repente los esfuerzos ya no son fatigas, sino pasos necesarios hacia la meta que nos hemos fijado.

sábado, 19 de octubre de 2013

Los pilares de la existencia

Inspirada en la forma de filosofar a martillazos de Nietzsche, he traído e ingeniado otra más brusca si cabe; a mazazos. Su uso está planteado en otra dirección, aunque puede usarse en otros muchos campos, sin embargo, su finalidad principal se desarrolla en la vida. Haciendo uso del martillo se hace cuestionar creencias ya aprobadas de antaño, esperando ser destruidas o salvadas según su validez. Con el uso de la maza se golpean los pilares de tu vida, esperando que resistan o se derrumben, según merezcan. No te dejes engañar, no es complejo; se trata de una serie de preguntas, sólo eso. Léelas, y reflexiona para ti con absoluta sinceridad. Si no eres sincero, si escondes la verdad, de nada sirve que leas este post. No me andaré con rodeos, plantear las cuestiones adecuadas es difícil, pero contundente.
 


Nivel 1:


¿Te gusta lo que estudias o en lo que trabajas?

¿Te sientes cómodo en el lugar en el que vives?

¿Pierdes el tiempo?

Cuando te miras al espejo ¿ves la persona que siempre quisiste ser?



Nivel 2:



Si estudias:


¿Lo haces porque en parte te sentiste obligado y porque según te informaron era lo mejor para tu futuro o porque lo elegiste libremente?

¿Te gustaría estar estudiando otra cosa?

¿Estudias porque quieres trabajar menos y ganar más? ¿Crees que ese es un buen propósito para continuar con los estudios?

¿Estudias porque tienes miedo al trabajo?

¿Estudias para ponerte un objetivo que te haga olvidar durante unos años el desconcierto y el abismo que crea la libertad?



Si trabajas:


¿Trabajas porque nunca supiste llevar bien los estudios o porque realmente querías?

¿Trabajas para relajar la presión de tus cercanos?

¿Trabajas en lo que te gusta?

¿Te gustaría verte en el trabajo actual toda tu vida?


¿Sigues la moda?

¿Piensas sin que te influyan ideas ajenas? O sea: ¿Piensas por ti mismo?

¿Te sientes preso en una sociedad de esclavos?

¿Te gustaría revelarte contra algunas personas pero no lo haces por miedo?

¿Lloras a menudo?

¿Crees que puedes desarrollarte interiormente en lo que haces día a día?



Nivel 3: (ATENCIÓN: PREGUNTAS MUY CONTUNDENTES)



¿Eres libre?

¿Eres feliz?

¿Te sientes solo?

¿Te escondes de los problemas en lugar de encararlos? O sea: ¿Eres cobarde?

¿Tienes miedo a la verdad? (Aunque no exista la verdad absoluta)

¿Eres tan tristemente desgraciado que para contestar a estas preguntas y seguir sintiéndote feliz tienes que engañarte?

¿Aún sabiendo que estas preguntas son buenas y están bien planteadas eres incapaz de felicitar al que lo ha hecho porque te obstinas a que nadie pueda ser mejor que tú en ningún aspecto? ¿Hasta cuando serás tan arrogante?

¿Controlas tu vida?

¿Guías tu vida bajo conceptos que ni siquiera conoces?


Y finalmente…

¿Leerás esto y sabrás aceptarlo como ayuda en lugar de mosquearte y pensar que es una mierda, rechazando mi trabajo y diciendo que es malo sin razón alguna?


…Y la maza hace su trabajo, pero ella no derriba los pilares, sólo puede indicarte cuáles no se sujetan bien, cuales deben ser derribados. La elección es tuya…


…Y volverán las oscuras golondrinas…

viernes, 18 de octubre de 2013

Prosa lúcida y negra de Emil Cioran

Creador de valores, el hombre es el ser delirante por excelencia; presa de la creencia de que algo existe, mientras que le basta retener su aliento: todo se detiene; suspender sus emociones: nada se estremece ya; suprimir sus caprichos: todo se hace opaco. La realidad es una creación de nuestros excesos, de nuestras desmesuras y de nuestros desarreglos. Un freno en nuestras palpitaciones: el curso
del mundo se hace más lento; sin nuestros ardores, el espacio es de hielo. El tiempo mismo no transcurre más que porque nuestros deseos engendran este universo ornamental que desnudaría un ápice de lucidez. Una pizca de clarividencia nos reduce a nuestra condición primordial: la desnudez; un punto de ironía nos desviste de ese disfraz de esperanzas que nos permiten engañarnos e imaginar la ilusión: todo camino contrario lleva fuera de la vida. El hastío no es más que el comienzo de este itinerario... Nos hace sentir el tiempo demasiado largo, inapto a revelarnos un fin. Separados de todo objeto, no teniendo nada que asimilar del exterior, nos destruimos a cámara lenta, puesto que el futuro ha dejado de ofrecernos una razón de ser.
El hastío nos revela una eternidad que no es la superación del tiempo, sino su ruina;
es el infinito de las almas podridas por la falta de supersticiones: un absoluto chato donde nada impide a las cosas girar en redondo en busca de su propia caída.
La vida se crea en el delirio y se deshace en el hastío.

jueves, 17 de octubre de 2013

Nietzsche y el caballo

El 3 de enero de 1889, por la mañana, Friedrich Nietzsche abandona su casa de la calle de Carlo Alberto, en Turín, para dirigirse al centro de la ciudad. En el transcurso de su paseo es testigo de una escena que le hace detenerse: un cochero está maltratando a su caballo que, exhausto, no quiere continuar la marcha. Nietzsche interviene. Rodea el cuello del caballo con sus brazos y rompe a llorar. Sus últimas palabras son: “Madre, soy tonto” (“Mutter ich bin dumm”). Luego viene el derrumbe, una pérdida del habla y de la conciencia que durará diez años, hasta su muerte justo en el cambio de siglo, en 1900. Simultáneamente se inicia uno de los destinos más prodigiosos y contradictorios que haya podido tener el pensamiento de un hombre. En esta década de exilio mental Nietzsche sigue siendo un completo desconocido en los circuitos académicos europeos; sin embargo, lentamente, sus escritos se van filtrando, como agua profunda, en determinados ambientes literarios y artísticos. Strindberg lo presenta como el visionario del inmediato futuro; Munch le pinta un extraordinario retrato a partir de la fotografía del filósofo que le regala un amigo.
Con el nuevo siglo, muerto ya el protagonista, la fortuna de la obra nietzscheana se apodera de Europa. Lo curioso, y elocuente, es que los admiradores proceden de bandos contrapuestos. Las lecciones de Zaratrusta son seguidas con entusiasmo por anarquistas y expresionistas pero también, y al mismo tiempo, por el futurismo de Marinetti o el decadentismo de D’Annunzio. Enseguida se acercan a Nietzsche sus amigos más peligrosos: los fascistas italianos y, del modo más catastrófico, los nacionalsocialistas alemanes. Los devotos del filósofo tienen en común su voluntad de incendiar el mundo para provocar el nacimiento de una humanidad nueva. Más allá de esto las discrepancias son totales: unos abogan por el triunfo de la libertad absoluta; otros ponen el acento en la hegemonía de la raza y del Estado; y no faltan, desde luego, los que apuntan a una salvación a través del arte. La sombra de Nietzsche se proyecta en todos los frentes. Por la misma razón, a partir de 1945, tras la hecatombe, el filósofo se convierte en un proscrito. Durante años su nombre es sospechoso, pero finalmente su obra resurge y, probablemente, no haya otro pensamiento filosófico tan influyente como el suyo cuando termina el turbulento siglo XX. A juzgar por lo que ocurriría con posterioridad, no hay duda de que Nietzsche acertó cuando se proclamó a sí mismo un destino.
Pero ¿qué ocurrió aquella mañana de enero, probablemente gélida, dado el habitual clima de Turín? El abrazo al caballo maltratado, el desplome mental, el retorno al regazo materno. “Madre, soy bobo”: el niño travieso, quien como adulto ha sido el profeta que ha proclamado la inminente hoguera, cierra el círculo tras la fenomenal travesura. Le esperan diez años de silencio radical, pocos si los comparamos con las casi cuatro décadas de locura atravesadas por su admirado Friedrich Hölderlin, al que tantas cosas le unen, incluidos el destierro y la caída. Evidentemente nunca sabremos lo que ocurrió en la cabeza de Nietzsche esta mañana turinesa. Lo más desconcertante del caso es que esa cabeza había logrado trabajar a la máxima presión en los meses anteriores. El año 1888 es uno de los más productivos, si no el que más, en la trayectoria intelectual de Nietzsche. Escribe y publica varios libros, incluida esa obra maestra de la ironía que es Ecce Homo, un texto, cierto, desquiciado y hasta paranoico, pero de una sutileza y un dominio del lenguaje inigualables. ¿Fue el desplome de Turín la consecuencia natural de ese último año, como si la cuerda del arco se hubiera roto tras ser sometida a la máxima tensión? Nunca tendremos una respuesta para esta pregunta.

En consecuencia, cabe no buscar una respuesta sino realizar una nueva interrogación. Y esto es lo que ha hecho el director húngaro Béla Tarr en El caballo de Turín (2011), una de las películas más duras, portentosas, arriesgadas y convenientes de lo que llevamos del siglo XXI. Béla Tarr, a diferencia de lo que han —hemos— hecho muchos respecto al tremendo episodio turinés, no se ha preguntado por lo que le pasó a Nietzsche sino por lo que le sucedió al caballo. ¿Qué le sucedió al caballo al que el filósofo abrazó, una vez vuelto a casa, dirigido, como siempre, por su cochero?
La respuesta a esta cuestión aparentemente absurda es una hermosa e impecable lección nietzscheana. No sé si Béla Tarr tenía intención de impartir esta lección, e incluso me parece que ha confesado que no la tenía, pero, a mi entender, en esta película, un director de cine llega más lejos que la mayoría de los pensadores y literatos que lo han intentado: más lejos en el hallazgo de mostrar el finisterre de la vida y de la civilización, el territorio terminal en el que todo se desvanece, el hábitat de aquel hombre-ocaso al que Nietzsche juzgó necesario llegar antes de que la humanidad pudiera plantearse la posibilidad de una aurora.
No obstante, la lección nietzscheana es aun más implacable que el propio Nietzsche: en la película de Béla Tarr no hay ninguna insinuación de aurora. El pozo se seca, la brasa se apaga, la llama del candil no prende e incluso el triste e imponente caballo renuncia a comer. Por todos lados hay una atmósfera de extinción, si exceptuamos el viento, la tormenta de viento que se ha apoderado de la vida y de los corazones. El desconcierto parece absoluto pero, en medio de la extrema austeridad de la historia, hay una explicación para lo que sucede. En el centro de la película hay un monólogo potente y apocalíptico a cargo de un extraño visitante que aparece y desaparece sin dejar rastro, un monólogo destinado a permanecer como una perla ardiente en la historia del cine. Quien encadena cinco minutos de palabras terribles habla como Zaratrusta, y lo que dice también es propio de Zaratrusta: la nobleza ha muerto porque los depredadores se han apoderado de todo, incluidos nuestros sueños.
Obsesionados por lo acontecido a Nietzsche habíamos olvidado la suerte que le había correspondido al caballo. Pero en el abrazo de Turín ambos protagonistas son importantes si queremos saber lo que nos espera.

domingo, 13 de octubre de 2013

Felicitación a ciegas 13 octubre

Esta es una carta personal para ti que me lees todos los días y das sentido a mis palabras desde detrás de una taza de café o frente a una pila de documentos por despachar. Sé que hoy es tu cumpleaños -cada día es el cumpleaños de muchísimas personas así que ¿por qué no felicitar “urbi et orbe” que con alguien acertaré?-, más bien imagino que hoy es tu cumpleaños y que todo tiene que tener un cariz más alegre, más festivo y me apetece colaborar un poquito.

Quiero pensar que me lees y sientes afinidad con mi pensamiento y mi forma de expresar las cosas, aunque esto es mucho decir porque soy una “rara avis” pero bueno; también me gustaría creer que eres, como yo, una persona buscadora de lo diferente, aplicada al conocimiento y deseosa de encontrar la propia parcela de felicidad. Aunque todo esto son suposiciones mías, pero también una especie de “retrato robot inventado” del perfil al que me siento cercana.

La vida sigue y nosotros con ella en el mismo baile frenético para el que sacamos entrada cuando nacimos y que no podemos abandonar hasta que deje de sonar “nuestra” música.

Espero que vayas a perpetuar el amor ya sabes a qué me refiero, que cumples la promesa de volver a escribir, que  no dejes de jugar al basket, al tenis o de ir al gimnasio, que los amigos y las amigas son muy importantes cuando la soledad acecha. Y ojo con los soñadoras, alimañas, clementinas y otras cosas por el estilo.

O sea que hoy toca celebrar: con la pareja, con los amigos, con los compañeros de trabajo –si todavía formas parte de esa elite que recibe un sueldo a fin de mes. Hoy toca celebrar que estamos vivos y vamos a seguir estándolo por mucho tiempo con alegría, con la alegría silenciosa de saber que todavía tenemos ilusiones en nuestro corazón, esperanzas de que la sonrisa se nos asome a los ojos y sobre todo, pero sobre todo, acertar a discernir quién nos quiere y nos aprecia de verdad. 

 



Feliz cumpleaños, seas quien seas. Gracias por estar ahí.

sábado, 12 de octubre de 2013

La filosofía en España

Hace un par de años, en la civilizada sociedad chilena, el último gran terremoto dio paso inmediatamente a una ola de saqueos; hace 15 días, las tormentas que asolaban México desencadenaron un fenómeno de la misma clase; hace poco tiempo, con ocasión de otra catástrofe en la India, en Italia, en Rusia, en Nigeria… Miremos a donde miremos, y aunque siempre se puedan recordar también excepciones notabilísimas, este mundo, en el que los niveles de alfabetización, escolarización y capacitación profesional son mucho más altos que en cualquier otra época histórica, sigue mostrándonos que, en cuanto se levanta el imperio público de las leyes, la humanidad prescinde, en general, de los comportamientos morales, salta por encima de los valores convencionales y prueba clamorosamente que el esfuerzo por la auténtica cultura está, después de tantos siglos, apenas en mantillas. Hay un fondo de barbarie siempre buscando el anillo que vuelve invisible, como en el viejo cuento que relata Heródoto, para poder gozar sin problemas de lo que no es lícito habitualmente. ¿Cómo no vamos a sentirnos preocupados y desafiados por esta constatación tan triste todos los que trabajamos en la enseñanza? ¿Es que también para nosotros los contenidos de lo que tratamos de trasmitir son sólo adornos superficiales de la barbarie y, a lo más, técnicas de supervivencia de muy varios estilos?
Y cuando no podemos dejarnos de hacer estas preguntas que cuestionan el fondo mismo de aquello que hemos convertido en parte esencial de nuestra vida, llega el momento de que se abra en España el debate parlamentario de una ley educativa. Nos es imposible asumir de forma callada y resignada que la Filosofía vaya a desaparecer casi por completo de la formación de los jóvenes españoles. No podemos continuar nuestra labor de todos los días sin escribir esta necrológica indignada. ¿Es que no se es consciente de hasta qué punto es peligroso «saber hacer», sin tener ni la menor idea de por qué o para quién hacemos lo que hacemos?
La adquisición de competencias profesionales, el crecimiento económico y la competitividad son importantes, sin duda, pero para la agenda política, y no tanto para un sistema educativo. Ésas no pueden ser las metas, las únicas metas, de la segunda enseñanza. La educación en primaria y secundaria debe formar personas, no profesionales. La sociedad será más justa y solidaria en la medida en que nuestros alumnos aprendan a ponerse en el lugar del otro y a construir algo en común. Más importante que la capacidad de competir, es la capacidad de reconocer la dignidad del compañero. A la vez que se adquieren las habilidades de una profesión, es imprescindible reflexionar sobre el lugar que esa profesión ocupa en el conjunto de la existencia de una persona, y también es imprescindible hacerse alguna idea no mala de la importancia de nuestro trabajo vocacional dentro de la estructura de la sociedad. Por cierto, éste es exactamente el problema que se discute de manera ingeniosísima, paradójica, dando de veras que pensar, en el más antiguo texto completo que conservamos de la filosofía clásica griega: el breve diálogo platónico que llamamos Hipias menor. (¿No será que la filosofía no es tan inútil, después de todo?).
En la LOMCE se da por supuesto que el alumno es capaz de reconocer sus propias metas y que la enseñanza básica le ayudará a alcanzarlas. Pero en estos niveles de enseñanza, el alumno no se dispone a cumplir con éxito sus objetivos, sino a buscarlos y a reconocerlos como propios. Hay que formar personas que sean capaces de proponerse metas en la vida y reconocer su vocación a medida que avanzan en su proceso educativo.
Resulta paradójico que la Ley recurra a la Constitución para justificarse a sí misma con estas palabras: el objeto de la educación es «el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales». ¡Para poder respetar tales principios hay que conocerlos antes!
Sin esta formación, que ya es filosófica, los alumnos no tendrán una visión plena de lo que son los principios democráticos; no sabrán qué son realmente los derechos humanos (más allá del significado de las palabras que los enuncian), ni comprenderán en qué consiste ser libre (o dejar de serlo) en una sociedad democrática. Porque las palabras derecho, libertad, democracia, respeto o convivencia formen parte de nuestro vocabulario, no tenemos asegurada en absoluto la plena comprensión de lo que realmente significan y de lo que supone vivir de acuerdo con ellas.
Estamos muy equivocados si pensamos que la educación puede ser una bandera política. La división ideológica del país no se superará hasta que no logremos diseñar un sistema educativo capaz de unir, y no de separar. Se comete un grave error cuando se utiliza la formación filosófica como herramienta política. La filosofía no es de derechas ni de izquierdas, sino que es la base para que una persona pueda libremente optar por una concepción de la realidad u otra, por una ideología u otra. Pensar, reflexionar, comprender la realidad que vivimos es algo necesario, con independencia de cuál sea después nuestra opción política, y también con independencia de cuál sea nuestra particular vocación profesional.
Es cierto que a lo largo de los años no se han hecho bien las cosas, pues nosotros mismos, como profesores, hemos caído en la tentación de politizar nuestras enseñanzas, pero la filosofía proporciona también la medicina para evitarlo. El hecho de que haya malos médicos no hace que consideremos que la medicina no tiene sentido y deba desaparecer. Quizá no hayamos sido los mejores maestros, pero eso no significa que deba desaparecer la Filosofía. Tenemos la tarea de situar la filosofía en el lugar que le corresponde, por encima de nuestras propias mediocridades. Enseñemos a pensar a los alumnos, sin decirles qué es lo que tienen que pensar; ayudémosles a plantearse las preguntas a las que necesitan enfrentarse, sin imponerles las respuestas, sino ayudándolos a buscarlas.
Nuestra intención no es demonizar la tecnología, despreciar el plurilingüismo o la profesionalización en sí mismos. Tratamos de mostrar la necesidad de humanizarlos: por sí solos pueden contribuir al bien de la humanidad, pero también a su envilecimiento. Es fundamental que nuestro sistema educativo esté pensado desde su raíz para poner la técnica al servicio de lo humano. Para ello los alumnos deberán tener espacios en los que aprender a ser autónomos en su relación con las nuevas tecnologías y el mundo en el que viven. La formación filosófica es esencial en este camino hacia la autonomía personal.
Nuestros alumnos se encuentran cada día, en cada gesto, con las nuevas tecnologías; pero no se encuentran con las preguntas que pueden dar un vuelco a sus vidas, no se encuentran en la calle los diálogos que pueden abrirles nuevas perspectivas.
Para descubrir el ámbito de lo enigmático (más allá de las respuestas de la ciencia y las facilidades de la técnica), hay que aprender filosofía como contenido y como método de reflexión, y no reducir la filosofía a un elemento transversal de la enseñanza. Es necesario que la filosofía tenga vida en el aula, en las enseñanzas de los profesores y en el diálogo con los compañeros. Y aprender a pensar pasa por conocer cómo han pensado los que nos preceden. De la misma forma que la química o la física no se asimilan si se reducen a temas transversales, los contenidos de la filosofía no pueden aprenderse si no se tiene una materia destinada a impartirlos. Pero con esta nueva Ley no podremos enseñar más filosofía en las aulas de secundaria.
«Todas las ideologías y sus triunfos temporales acaban con su época. Sólo la idea de la libertad espiritual, idea de todas las ideas, que por ello no se rinde ante ninguna otra, resurge eternamente, porque es eterna como el espíritu. Si exteriormente y durante un tiempo se le quita la palabra, se refugia en lo más profundo de las conciencias, inalcanzable para cualquier opresión. Por eso es inútil que los gobernantes crean que han vencido al espíritu libre por haberle sellado los labios, pues con cada hombre nace una nueva conciencia y siempre habrá alguien que recordará la obligación espiritual de retomar la vieja lucha por los inalienables derechos del humanismo y de la tolerancia» (Stefan Zweig).

Artículo de Miguel García-Baró y Olga Belmonte García

Documental Completo: La Revolución virtual "El precio de lo gratuito".



La web parece estar desafiando todo el sentido económico que conocemos. Si el acceso a la mayoría de los sitios web es gratuito, ¿qué consiguen a cambio todas las empresas que gastan fortunas en sus sitios web? En este nuevo negocio de la información la moneda de cambio, no es tanto el dinero físico como los datos y características del usuario potencial del entorno web.

Así vemos como nuestra privacidad se diluye, se trafica con ella, en favor de los intereses económicos de las grandes empresas virtuales. En este episodio nos aproximaremos al afán de los anunciantes por descubrir lo que tecleamos en Google y lo que estarían dispuestos a pagar por influir en el resultado de lo que vemos cuando pulsamos 'Buscar'. Sin embargo, Google está dirigiéndose hacia el desarrollo de redes sociales como Facebook que requieren de claves de acceso. ¿Se convertirán estas redes invisibles en una web paralela?

viernes, 11 de octubre de 2013

Fly me to the moon

El libro en blanco

Pedí la mesa del balcón, nuestro lugar favorito. He desarrollado un gusto agridulce por ese sitio. Quizá porque sentada ahí rescato un poco de nosotros; de ese dulce nosotros que cuando no estoy contigo pertenece al agridulce presente.
Llegué sola con tu libro y me senté a releer un cuento, recomendación tuya, por supuesto. Era el relato que hablaba del vacío ¿lo recuerdas? No me preguntes el nombre del cuento, tampoco el del autor, después de tanto leer me han quedado lagunas. La historia la tenía más o menos clara, pero quise leerla de nuevo porque siempre descubres unos detalles que la mente no registró en las primeras lecturas.
Al abrir las paginas, me percaté de algo que venía sucediendo sin que tomara conciencia: las letras se han gastado por la frecuencia con que mis ojos las recorren. Ahora mismo es tan tenue la tinta que dudo poder terminar de leerlo. Quizá sea la última vez que lo haga. Generalmente no regreso a ver las palabras que van quedando atrás. No lo hago porque dicen que es un defecto de la vista que entorpece la lectura.
Puedes comprobar esto abriendo un pequeño orificio en el periódico de cualquier lector. Procura hacerlo en el centro del papel y asegúrate que sea entre dos cajas tipográficas para no molestar demasiado con el experimento. No es agradable leer si faltan letras. Observa por ese orificio los ojos lectores, te darás cuenta cómo regresa la vista en un movimiento mecánico, como si los ojos quisieran reconfirmar lo leído.
Bueno, como te iba diciendo, he entrenado mis ojos para eliminar ese retroceso innecesario y evitar perdidas de tiempo. Pero hoy, por la impresión del descubrimiento, me dediqué a revisar. He regresado dos páginas y constaté que las palabras leídas se están destiñendo. Lo puedo afirmar porque sobrepuse las hojas que leo ahora a las que leí hace rato y existe un notable cambio en la intensidad de la tinta. Pronto no tendré alternativa y sólo restará confiar en mi memoria. Creo que los recuerdos funcionan igual, van perdiendo nitidez y terminamos por recordar lo que se nos da la gana y no lo que fue.
Para reconfirmar esto leí despacito y regresé renglón por renglón. Tuve que parar de hacerlo porque la zona que releí quedó en blanco. Es increíble, pero mis ojos, como gomas, desgastaron lo escrito. El cuento se está borrando. ¿Cómo te lo puedo devolver así?
Siento una extraña angustia y empiezo a leer con desesperación, como si la plaga desintegradora de textos viniera persiguiendo a mis ojos. Devoro las letras, invadida por un miedo absurdo: pensar que nuestra historia también se borra.
Me pregunto si tengo antecedentes de un caso similar, esas referencias ayudan para recuperar la calma, pero no, no encuentro un recuerdo claro que me de el acicate para detener la angustia.
Tú sabes que no existen las casualidades, lo hemos comentado, por eso recorro con la memoria detalles de la historia de los personajes y pienso que se parecen a ti y a mi, aunque creo que, a diferencia de ellos, tú y yo somos continuidad. Tu pensamiento y el mío, por alguna extraña razón, se complementan. Uno inicia y el otro continua para seguir y seguir, sin importar el orden o el desorden del universo que nos place pervertir.
Qué sé yo, quizá es que somos tan parecidos que podemos fluir en una adicción continua a las ideas y su contemplación. Tal vez por eso te extraño ahora.
Vuelvo a mirar las letras y me pregunto ¿qué le está pasando al libro? o ¿qué me pasa a mi? o ¿qué pasa contigo y con los recuerdos?
Desvío la vista del libro para verificar que el mundo sigue girando. Un cilindrero pasa bajo el balcón. Miro la manivela girar con la misma fluidez que la vida. Un rechinido interrumpe la armonía. El cilindrero se queda con la manivela en la mano. Presiento algo extraño, como si la realidad estuviese a punto de colapsarse y pienso que es momento de decidir. Puedo negar todo lo que sucede, cerrar el libro y pedir a ese músico callejero que suba al balcón para dar cuerda a la nostalgia, para consentir y compadecer mi carencia con la música del cilindro mientras me enternezco por mi capacidad de sentir un afecto como este. ¡No! Me niego. Sería demasiado aburrido volver al pasado, tanto como reconfirmar lo leído.
Miro hacia el edificio de enfrente y veo a Teófilo que sale por el agujero de su habitual morada estirándose como si acabara de despertar. Abre los ojos al sentir la luz, pero en ese mismo instante empieza a desaparecer, y no es que regrese por donde vino, es que la punta de la cola ha desaparecido y el fenómeno sigue por el resto del cuerpo hasta que sólo queda su cabeza. Vuelve sus ojos hacia mi y al establecer contacto visual, ¡puaff! el gato se esfuma, no hay más. El felino no está, pero tampoco la cornisa por donde caminaba, ni el agujero de donde salió, ni el muro que lo circundaba. El edificio colonial se diluye en el vacío como si fuera una gelatina de mamey al sol. Se derrite poco a poco hasta que sólo queda vapor con un ligero tono rosado que pasa frente a mi y sube rumbo al infinito.
Caigo en la cuenta de que el sitio donde está nuestro balcón puede estar padeciendo el mismo fenómeno. Al recargarme sobre el barandal un movimiento rápido y brusco hace que sienta inseguridad. Observo hacia abajo y me percato que, en efecto, el muro que sostiene el balcón ha desaparecido, estoy suspendida en el vacío con las manos aferradas a una barandilla de hierro forjado que se funde, de abajo hacia arriba, en la nada.
No puedo perder un minuto más. Recojo tu libro de la mesa, que ya ha perdido las patas, y lo cierro. Estoy consternada pero decidida. Camino, sobre un piso que ya no existe, rumbo a la salida de lo que fue nuestro restaurante favorito, bajo las escaleras ausentes y salgo a una calle que es nada.
En el vacío dejo de angustiarme y camino con tranquilidad. Pienso que, dadas las circunstancias, no importa tanto llevar un libro en blanco bajo el brazo.


domingo, 6 de octubre de 2013

Fly Me To The Moon (Quartet Performances, Las Vegas)

La vida Plena

Sergio Sinay, en su libro “La vida Plena”, nos ayuda a enfrentar los desafíos de la sociedad actual y a encontrar las respuestas que necesitamos para el cambio.
Erich Fromm dice que es fácil dejarse llevar por la desesperación cuando la vida ya no nos interesa.
Sin embargo, la historia nos muestra que aún en los peores momentos de un individuo o de una comunidad siempre hay algo que esperar, hasta el último aliento cabe esperar algo, porque aún no se ha terminado el trayecto.
Esta espera no es una espera pasiva sino activa y está en los proyectos.
La esperanza no es una ilusión ni un sueño sino algo posible aunque no dependa solamente de nosotros.
La esperanza no busca utopías sino que se apoya en argumentos sólidos, nos obliga a hacer algo, utilizar nuestras habilidades y luego nos permite aprender de esa experiencia y darnos cuenta de la relación que hay entre la esperanza, la voluntad y la actitud.
La esperanza se opone al fatalismo y nos dice que tenemos la responsabilidad de proyectarnos, de elegir en la vida qué hacer y cómo, desde nuestras circunstancias; porque somos seres humanos y no animales que no tienen ni esperanza ni desilusiones y el hombre es libre de sus instintos y debe elegir haciéndose responsable de sus actos.
Tener esperanza no es concretar un objetivo, es la luz que ilumina nuestro camino y está hecha de paciencia, confianza y coraje.
La vida con esperanza es activa y está guiada por propósitos que fortalecen la autoestima y el amor por la vida.
La esperanza no está en las cosas superfluas que quieren otros, porque esas cosas no iluminan el sentido de nuestra vida, no nos permiten aportar nuestro grano de arena para mejorar el mundo y no nos dejan ver el horizonte porque no podemos salir de nosotros mismos.
La esperanza no es vivir en el futuro sino el presente, un presente esperanzado con responsabilidad, empatía, amor, espíritu de colaboración y proyectados hacia el futuro aunque no estemos.
La esperanza es una forma de vivir, es una cualidad individual y se mantiene con acciones no con palabras, viene de adentro no de afuera porque nadie puede darnos esperanza, porque la vida esperanzada transita caminos propios, no ajenos.
Nos asombramos cuando descubrimos lo patética que puede ser la gente que lo tiene todo, cuando desde su torre de marfil se atreven a mostrarse demandantes, insatisfechos y quejosos.
Pero realmente, ¿Tienen todo? ¿Qué es tenerlo todo hoy en día en una sociedad de consumo? Es tener todo lo que hay que tener para pertenecer y no sentirse diferente, aislado o rechazado.
No obstante, el que ha podido conseguir tener todo eso, en el fondo se siente vacío, carenciado, le falta algo pero no sabe bien qué es.
Para Erich Fromm, para comenzar a salir de la mediocridad en el arte de vivir, es querer una cosa por vez. Cuando eso ocurre, la persona se orienta en esa dirección y se dedica a ello, porque lo ha elegido, es su meta, la meta que le da sentido a su vida.
Pero si la meta es tener lo que tienen otros, lo que se estila tener, lo que está de moda, toda la vida se irá por el caño de desagüe y nada será suficiente, porque se han confundido los medios con los fines.
Sólo para las personas que celebran la vida a cada instante, que se alegran por existir y por las pequeñeces que llenan la existencia, el hecho de vivir es suficiente.

¿Qué harías hoy si fuera tu último día?

No es una pregunta descabellada porque aunque la vida se prolongue cada día más, si existe alguna certeza en este mundo, una de ellas es el hecho ineludible de la muerte.
Sin embargo es algo que preferimos ignorar e imaginar que siempre le va a pasar a otro, pero nunca a nosotros y nos aferramos a la idea de eternidad postergando nuestras decisiones para más adelante; porque según sea nuestra cosmovisión o filosofía de la vida así será nuestra conducta.
Si no es hoy, cuándo?, porque nadie puede estar seguro de ver el sol al día siguiente.
Cuántas veces postergamos nuestros proyectos por miedo al fracaso? Este hecho también se relaciona con nuestra forma de pensar; si creemos que las cosas se miden solamente en términos de éxitos y fracasos.
Los valores son subjetivos y cada persona le da importancia a cosas diferentes. Si los valores que defendemos son exclusivamente materialistas tendremos una conducta apropiada a esa forma de ver las cosas.
Los hombres turcos pertenecen a una cultura que valora en primer término la sexualidad. Si por alguna razón su potencial se viera menguado, significaría el fin de todo interés por la vida. No pueden ver más allá de sus genitales.
Lo mismo ocurre con los deportistas famosos que monopolizan toda su existencia a la práctica de un deporte que además de proporcionarle grandes esfuerzos y alguna satisfacción les brinda grandes ingresos, pero que ni bien comienzan a perder eficacia se derrumban en un pozo depresivo, sin ver más allá de la trayectoria de una pelota.
Mientras nos aferramos a nuestros pequeños mundos e intereses más o menos satisfactorios, cuántas cosas dejamos de lado que también alguna vez quisimos hacer?
Entonces ponemos excusas, todavía es demasiado pronto, es demasiado caro, es demasiado arriesgado.
El exitoso teme que lo olviden si se toma unas largas vacaciones, por eso trabaja incansablemente para aprovechar su tiempo de vida deportiva útil sin tomarse un descanso.
No hay que abandonar un éxito jamás porque trae mala suerte dicen muchos, pero también uno se puede morir y el éxito deberá ser abandonado forzosamente.
Sin embargo, aunque sea difícil de creer, la conciencia de la muerte le da sentido a la vida.

Seguridad

Ayer a la noche estaba frente a un semáforo en rojo. Suelo respetar las señales de tráfico, así que me paré, esperando a que cambiara de color, al verde, que por una convención acordada en algún despacho hace unos cuántos años, es la señal que indica que los peatones pueden cruzar la carretera. Así que, en cuanto el disco cambió de color, me dispuse a pasar a la otra acera. Lo hice con seguridad, dando un paso detrás de otro, y sin mayor problema.
Sin embargo, a medida que iba avanzando comencé a recordar las palabras de Julio Cortázar en el Perseguidor cuando se preguntaba por qué teníamos confianza en que al día siguiente iba a salir el sol, qué clase de prepotencia es esa. Y así, según iba caminando, me imaginé de repente atropellado, unos segundos antes, por algún coche que había decidido dejar de respetar la señales de tráfico. Algo que, por otra parte, ocurre más a menudo que lo de que el sol no salga algún día.
Naturalmente, no solemos pensar que el coche que está ahí parado, está esperando a que crucemos la calle para atropellarnos. No lo hacemos porque entonces no podríamos vivir, estaríamos continuamente atemorizados por el miedo.
Pero, realmente, la seguridad que portamos en nuestro día a día no puede ser más que ficticia. Si analizáramos esas balizas en las que nos sostenemos, como las normas de tráfico, para transitar por la ciudad e interactuar con los que nos rodean nos temblarían las piernas.
Claro, sencillamente, si lo hiciéramos, no podríamos vivir. O las condiciones en las que lo haríamos serían mucho peores. En ocasiones hay que ponderar el miedo que se tiene a algo para comprobar que no merece la pena. Es evidente que necesitamos confiar en nuestra familia, en nuestros amigos, en nuestros compañeros de trabajo e incluso en ese conductor que está esperando ante el semáforo en rojo. Quizás, algún día descubramos que uno de nuestros amigos es un asesino, que algún familiar es un ladrón o que a lo que está esperando el conductor es a que crucemos para atropellarnos con saña. Pero hasta ese día no nos preocuparemos, o no lo haremos salvo que descubramos sólidos indicios de que deberíamos sospechar de que algo extraño y peligroso para nuestras vidas está ocurriendo.
Sin embargo, esta seguridad, que ya hemos visto que tiene un alto grado de ficción, nos abandona al enfrentarnos ante la posibilidad de la enfermedad, o del diferente… Aunque no tengamos más motivos para sospechar en tales circunstancias que en cualquier otra.
Al cruzar una carretera, podemos analizar la situación, podemos ver que hay señales de tráfico, como un semáforo, tanto para los peatones como para los automóviles; podemos comprobar que el disco que ven los peatones está en verde, mientras el de los automóviles está en rojo; podemos recordar nuestro conocimiento adquirido sobre las normas de tráfico que nos indican que cuando el semáforo se pone verde para los peatones, estará rojo para los coches y que es en verde cuando podemos cruzar; por último, nos podemos remitir a nuestra experiencia, que nos mostrará que normalmente es seguro cruzar en verde.
En realidad, toda esa argumentación la elaboramos a nivel inconsciente, probablemente no nos percatamos de que lo hacemos. Pero parece un buen análisis de la situación. Entonces, ¿por qué no llevarla a cabo en esas situaciones que el miedo irracional nos invade y paraliza?

¿Seres racionales?

Calles sin asfaltar, y asfaltan carreteras que no precisan ser asfaltadas. Coches y motos por doquier; y las bicicletas, aparcadas. Locales en alquiler que piden trabajo; y gente que piden trabajo, sin locales. Redes sociales, y gente reunida sin hablar mirando unas pantallas que brillan y no dicen nada. Mueren especies, mueren los bosques, mueren los ríos, muere el silencio armonioso de la naturaleza, y se realzan las caóticas y escandalosas ciudades. Se tira la comida, y muere gente de hambre. Papeleras vacias, y calles con basura por los suelos. Guerras santas, con Santos y Dioses de vacaciones en el infierno. Criminales cogidos en plena maniobra, y el mismo día son puestos en libertad, para seguir delinquiendo. Se habla de leyes, de derechos y de justicia, y nos hallamos en ciudades sin ley, sin derechos, y carente de justicia. También se habla de un sistema democrático y de un sistema capitalista, pero se habla muy poco de un sistema equilibrado, de un sistema ecológico, de la conciencia y del sentido común, que es la base de un planeta, el lugar que nos sustenta. ¿Y nos llamamos seres racionales? ¿Dónde están esos seres, que no los veo?

sábado, 5 de octubre de 2013

Sobre la atención

El propósito central de la educación, de la formación humana, radica pues en estabilizar la atención para que pueda ser un suelo firme como el suelo, para que pueda ser una tierra fértil cultivable y fecunda para el espíritu. Combatir la oscuridad caleidoscópica de la distracción, disolver el alma inferior, no consiste en otra cosa que en controlar el río de la conciencia, en cierto modo interrumpiéndolo de su flujo irreflexivo que va en dirección siempre descendente. Como el agua que no encuentra un continente donde ser retenida, donde ser espejo. Evitar, en una palabra, el estéril vagabundeo de la conciencia que a fin del día deja al espíritu como embotado y deprimido.
   A partir de la tierra así fertilizada, es posible refinar y completar el alma superior del espíritu, preservado por la noción del respeto. Porque justamente el hombre atento experimenta una especie de liberación de las ataduras y presiones del cuerpo por la elevación de los ojos -porque si la tensión aclara la mirada para ver y describir, el respeto esclarece la escucha para poder oír nítidamente, ya fundida la escoria y las tensiones de lo oscuro, de la opacidad sensual que afecta al temperamento y se dirige hacia la muerte, restaurando de tal manera las potencias creativas del ser humano en la concentración del espíritu, en la energía luminosa y clara del pensamiento puro.
   La atención corrige inmediatamente dos vicios educativos: pensar sin aprender, que es peligroso; y aprender sin pensar, que es tiempo perdido. El hombre atento, por el contrario al atender tiende su oído hacia algo, y esa tensión a lo que tiende es a escuchar un contenido, por decirlo así, condensado de la cultura, que por ello se presenta, aparentemente, ininteligible, denso, inexpugnable, plegado, sirviendo la atención par desplegarlo y así, al desenvolverlo poder comprender –implicando por ello una contienda y hasta una contención. Por un lado, un contener el río de la conciencia del desatento, que es también el distraído, que es llevado y traído de un lugar a otro por las ideas o imágenes que desfilan por su conciencia, distrayéndose con los ojos no menos que con los pasos, que igualmente lo llevan de un lugar a otro como si no tuviese un destino fijo –siendo finalmente el descuidado, el que a cada hora sale y anda de aquí para allá, como fugándose de cada persona a la que en lugar de atender y recibir, más bien despide con las casi soeces y amenazadoras, cuando no insidiosas y hasta insolentes, expresiones de la vulgata del “órale”, “ándale”, “sale”. Por el otro lado, un contender contra las distracciones y poder atender al desciframiento del sentido, es decir, para poder entender –que es también un poder extender, poder desarrollar. Seguir, prestar atención con la mente, oír, comprender, que es también una “intentio”: un dirigirse hacia algo. Porque prestar atención (intendere animi in aliquid) es a la vez un proponerse algo (intrendere animo aliquid).
   En un segundo sentido la voz atender se refiere a una norma de la civitas, de la urbanidad, de la cultura: el atender en el sentido de estar al servicio, a las órdenes de una causa o de una persona, tal y como sucede con el atento tendero.
   La atención así puede verse como una virtud horizontal donde el conocimiento a la ves se extiende para una escucha que al recibirlo lo extiende en la mente para hacerlo, a su vez, extensivo a otros –echando abajo las intenciones de aquellos otros pretenciosos que dan como excusa su desatención para en avanzada tender por delante en una tensión que crea todo tipo de malentendidos.
   Así, el agua de la vida mana cuando a la actitud del respeto y de atención para toda forma de vida se suma la memoria que se honra. Como se honra  la jerarquía de un templo, despertando por consiguiente la emoción estética y moral del fuego del espíritu. Todo ello puede cifrarse en el principio intelectualista y voluntarista de la educación, pues de acuerdo a la idea que nos hagamos, que desarrollemos, que levantemos y que trasmitamos del mundo, así será nuestro comportamiento en la vida

El amor invisible

El amor no permite mentir. Pide que lo miremos a los ojos, si bajamos la mirada, si no queremos verlo, es porque mentimos. No podemos ver el amor cuando somos una mentira, si eres una mentira no lo ves, no se deja ver, se ausenta. El amor, que es revelación (luz y alegría) se confunde entonces con la “felicidad”, con aquello que necesitamos tener, que recibimos pasivamente o que convertimos en posesión o en deuda, impersonalmente, sin dialogo ni aceptación. Con la belleza, que es el reflejo de la verdad, pasa algo similar, si no la amamos creemos que se trata de “una hermosa pieza de arte” hecha para excitar nuestros sentidos. La belleza y el amor, por el contrario, son formas de la verdad: nos desenmascaran, o mejor dicho nos desnudan, nos exigen mostrar nuestro rostro verdadero y a decir nuestro verdadero nombre. 
Porque en el fondo de nosotros mismos, estamos habitados por aquellos a quienes miramos; por ello decir quien somos es decir a quienes vemos, es ver a quienes nos entregamos –y así nos recuperamos si somos fieles a nosotros mismos para volvernos reconocibles, pues sólo se puede ganar lo que se entrega.
Porque la verdad encarna cuando la deseamos, cuando la dejamos aparecer, cuando le permitimos mostrarse sin tocarla o profanarla, cuando hacemos un vacío santo para que la verdad lo llene como se llana un lugar cuando alguien verdadero, cuando alguien que es real aparece. Una persona real, como el arte verdadero, obligan con su presencia a quien la mira a hacerse verdad –motivo por el cual el arte verdadero y la persona auténtica tienen tantos enemigos, manifiestos o encubiertos. En cambio, se es una mentira cuando la verdad abandona el cuerpo, cuando se es sólo el cuerpo de una verdad inerte que no puede mirar a los ojos, que rehuye la mirada, o cuando deseamos poseer o apropiarnos de esa verdad para que nos sirva –es entonces cuando estamos deshabitados, desalmados, cuando no habitamos las cosas ni las iluminamos con nuestra mirada, para encerrarnos en la tiniebla dentro de nosotros mismos.

Sobre la vergüenza

El sentimiento de respeto puede asimilarse al sentimiento de la vergüenza, que añade un interesante matiz o campo semántico. Veamos.
   La voz “vergüenza” (verecundia) tiene una significación dual, por un lado indica, pudor, reserva, respeto; palabra a su vez que se deriva la expresión a su vez de la voz “vereri”, en el sentido de ser modesto, o de tener respeto –pero también “reverenciar” (“reverérí”), “reverencia” (“reverentia”)en el sentido de ser reverente, de honrar, a alguien digno de reverencia (el reverendo, o quien encarna la figura de una autoridad, de un maestro), ante el cual, por el sentimiento propiamente moral de deber, de vergüenza o de respeto, hay que mostrar consideración, modestamente guardar distancia y conservar los límites.
   Sin embargo, el sentimiento de respeto en que consiste la vergüenza está específicamente dirigido a la propia persona, a la propia dignidad de la persona humana. Así, si al sentimiento de respeto corresponde la reverencia, la consideración hacia alguien de mayor altura o jerarquía, y por tanto la modestia, el abajamiento, al sentimiento propio de la vergüenza, en su sentido positivo, corresponde la entrega,  e incluso el del coraje. Tener vergüenza en una palabra es actuar guiado por el sentimiento del honor, de la honra, de dignidad y respecto respeto a la propia persona. Quiere entonces decir: ser digno –no empeñarse, no rebajarse ante uno mismo, no dejarse usar como una mercancía. Pero también tener pudor, reserva –por lo que su contrario, el sentimiento de la desvergüenza, consiste en rebajarse, en perder la dignidad, o dicho con una llana expresión: en  “enseñar las nalgas”. Se puede así sentir vergüenza en un sentido negativo: como falta, como pérdida, como una carencia axiología, que hiere la propia ontología, el propio ser moral de la persona, por lo que se siente dolor, pena, agravio, rebajamiento o empequeñecimiento ante los propios ojos.
   Se trata entonces de un peculiar sentimiento reflexivo, el de avergonzarse, de quien se siente apenado por haber caído, reconociendo de tal forma una falla moral, una limitación, una carencia, un no ser –que roe, al ser, que erosiona a la persona, que corrompe al alma finalmente comprometiendo finalmente su misma suerte metafísica. Tal sentimiento es el más moral de todos, pues hace sentir en carne viva un malestar, correlato de haber asumido una responsabilidad, producto de un estado de conciencia propiamente moral.
   Su expresión fisiológica es interesantísima: el rubor, el sonrojamiento de la cara, la subida de la sangre en densa marea hasta los carrillos, que sube hasta las mejillas, para encenderlas, en reconocimiento de una culpa. El sonrrojo, tiene así una fase de zozobra, de ir de lo más alto en que se tiene a sí misma considerada la persona a lo más bajo, reconociendo la bajeza en la que ha caído, cuya sentimiento propio de turbación comienza con un estado afectado del animo, con una desarmonización en la respiración pero sobre todo en los fluidos de la corriente sanguínea, que suben con densa presión hacia la cara para primero ponerla "de todos colores”, hasta finalmente estabilizarse en una emoción tensa que enciende las mejillas, en seña de que la persona está profundamente apenada, quebrantada, atravesada, por decirlo así, por un súbito sentimiento de nihilismo y abatimiento que le impulsa como a borrarse, como a querer que se la “trague la tierra” –todo lo cual indica un connato, pues, de conciencia, y por tanto de… de…. si…  de arrepentimiento, de reconocimiento público y notorio de una desviación respecto de la ley moral, que afecta por tanto el sentimiento de respeto, de deber moral de la persona, el cual sólo puede ser completado con la enmienda del comportamiento fallido y, sobre todo, con la reconciliación, con la readopción del valor perdido.
   También sentimiento de exhibición de una falta, en el sentido de haber cometido una impudicia -como reconocimiento de haber trasgredido un límite, de haber sobrepasado una frontera, con merma o daño moral, de donde deriva el consecuente dolor, la pena, el sonrojarse.       
 Avergonzarse, por algo o por alguien, por otra parte, indica sólo una expansión del sentimiento de indignidad, de pequeñez o de pérdida de la dignidad, de la honra personal (que puede extenderse en un sentido familiar, racial, étnico o religiosa, etc.), que por tanto va acompañado de abatimiento,  de pena o de agudo dolor.
   Su contrario excluyente sería el sentimiento propio de la soberbia: elación de ánimo por la elevación intelectual, por la superioridad epistémica de la persona en el sentido de comprensión, pero también de la dominación, donde la sangre sube en densa marea hasta la cabeza causando en el sujeto una sensación de potencia, de grandeza, de invencibilidad.      
  En el sentido negativo, que es el de la vergüenza como reserva, como pudor, como contención, tocamos una fibra sentimental que al estrujarnos angustiosamente contra nosotros mismos, nos obliga a confesar, también ante nosotros mismos o ante una instancia transcedente, nuestras vergüenzas –invitándonos de esta suerte a reconocer nuestra personal debilidad, a no evadir la debida conciencia y responsabilidad personal que tenemos como agentes morales, así como a la instancia a que nos debemos, o a quien debemos.
   La humildad de la persona, que ligada a la consideración del propio tamaño y a la prohibición por tanto de no desbordar los propios límites, ya sea por motivos de la hybris, de la desmesura, ya por los de la asevia, de la ignorancia consciente de la ley moral. La vergüenza es así el verdadero criterio regulador de la conducta moral, pues atiende directamente a la autenticidad de la persona, que es la conciencia de sus límites, de su limitación, como a su posible  universalidad, que es el acuerdo con la norma eterna, universal y trascendente. Así, en el hombre de vergüenza sobresalen las actitudes del recato, del pudor, del decoro, las cuales por ese segunda naturaleza a la que llamamos educación rehuyen lo vulgar, lo pedestre, poniéndose a cubierto, a buen resguardo, cubriéndose, pues, o alejándose, para no ver aquello que representa, conlleva o implica el mal.
   O dicho de otra manera, si la culpa es es el reconocimiento interior de una falta, la vergüenza es el reconocimiento exterior; es el reconocimiento exterior de la culpa que, por decirlo así, reflexivamente se retrotrae y vuelve al interior, conmoviendo por tanto desde el exterior el interior del persona.
  Así, el contrario directo del sentimiento de respeto es el sentimiento, por decirlo así vacío y ya completamente negativo, de la desvergüenza, encarnado propiamente por el caradura, por el sinvergüenza. El sinvergüenza no es otro que el hombre sin sentimiento de culpa –si es que no constituye esto una contradicción en los términos. Se trata del caradura, del hombre que por su dureza de sentimientos, por su terquedad, ha quemado su rostro resistente hasta volverlo como de bronce, que no tiene temor por tanto de exhibirse y que incluso utiliza su desvergüenza contra el mundo en torno, a la manera del cínico, enseñando los dientes, por razón de su mal entendido naturalismo. Por un lado, se trata del hombre (o de la mujer) que con sus afirmaciones va, por decirlo así, “enseñando las nalgas”, exhibiendo los harapos mal cocidos de su pobre educación; por el otro, se trata también del hombre cuya dureza sentimental lo vuelve un ídolo de si mismo, una piedra condensada por sus dogmas o por sus procedimientos, y ante el cual toda persona se estrella, quedando desestimada, desconocida, desautorizada, ignorada, despreciada –es decir, reducida a vil cascajo.

Recuérdese el argumento ad verecundiam, o master dixit, que puede usarse falas, dependiendo de la situación, consistente en afirmar que algo es verdad por el hecho de que lo dijo un maestro; o alguien que tiene autoridad en la materia. Argumento que fue muy usado con frecuencia por los Pitagóricos. Ejemplo de falacia: La raíz cuadrada de 2 da como resultado un número irracional, con infinitas decimales –porque lo dijo Euclides. (quien realizó la prueba matemática que lo prueba, etc).