viernes, 20 de septiembre de 2013

Cómo ser libre y feliz por Bertrand Russell

El tema del que debo hablarles esta noche es muy modesto y fácil: “Cómo ser libre y feliz”. No sé si puedo darles una receta, como la de un libro de cocina, que cada uno de ustedes pueda aplicar. En esta última ocasión que doy una charla pública en Estados Unidos, deseo decir algunas cosas en las que creo firmemente y considero, por mi propia experiencia, como muy importantes, cosas que en charlas anteriores en este país no he tenido muchas oportunidades de decir.
Tal vez alguno de ustedes, y desde luego muchas personas en todas partes, dirán que la respuesta a la cuestión “cómo ser libre y feliz” se resume en una sencilla frase: “¡Consigue unos buenos ingresos!”. Creo que es una respuesta generalmente aceptada, y si la propongo me habré ganado el asentimiento de todos los que no están aquí presentes. Sin embargo, creo que es un error imaginar que el dinero, los ingresos, tienen mucha más importancia para conseguir la felicidad de la que realmente tienen. Durante mi vida he conocido a muchas personas ricas y apenas recuerdo a alguna de ellas que pareciese feliz o rica. He conocido a muchas personas que eran pobres en extremo, y tampoco podía decirse que fuesen libres y felices. Pero en los escalones intermedios es donde se encuentra la mayor parte de la felicidad y la libertad. No es la gran riqueza o la gran pobreza lo que proporciona más felicidad.
He aquí mi impresión al respecto. Cuando hablamos de las condicioines externas de la felicidad (voy a referirme principalmente a las condiciones en la propia mente, las condiciones internas), no cabe duda de que una persona debe tener lo suficiente para alimentarse, cubiertas las necesidades básicas de la vida y lo necesario para cuidar de sus hijos. Cuando uno dispone de esas cosas, tiene todo lo que contribuye realmente a la felicidad. Más allá sólo se multiplican las preocupaciones y la ansiedad. Así pues, no creo que una enorme riqueza sea la solución. En cuanto a las condiciones externas de la felicidad, yo diría que en este país, por lo que respecta al problema material de la producción de bienes, lo tienen totalmente resuelto. Si los bienes producidos se distribuyeran con justicia, eso sería ciertamente una verdadera contribución hacia la felicidad. El problema que se plantea es doble. En primer lugar, se trata de un problema político: asegurar las ventajas de su producción sin rival para un círculo más amplio. Por otro lado, tenemos el gran problema psicológico de aprender a obtener el bien de estas condiciones materiales creadas por nuestra era industrial. Creo que ahí es donde más ha fallado la modernidad, en el lado psicológico, el de ser capaces de gozar de las oportunidades que hemos creado. Y creo que esto se debe a una serie de causas.
Atribuiría en parte esta situación al efecto del puritanismo en su decadencia. En sus buenos tiempos, el puritanismo fue una concepción de la vida que llenaba las mentes y hacía feliz a la gente. Cualquier cosa que llene la mente hace a la gente feliz. Pero ya no existe una creencia generalizada en los postulados del puritanismo. Se han retenido ciertos principios que están conectados con el puritanismo, aunque quizá no de una manera muy evidente. En primer lugar, existe cierta clase de actitud moral, es decir, una tendencia a buscar defectos en los demás y a pensar que es muy importante mantener ciertas formas de conducta. Hay una serie de antiguos tabúes y reglas heredadas en los que la gente no cree, pero que sigue obedeciendo porque siempre han estado ahí, pero esos tabúes y reglas no llegan al fondo del asunto. Lo que más ha sobrevivido del puritanismo es el desprecio de la felicidad, no del placer, sino ¡el desprecio de la felicidad! Entre los rebeldes existe un deseo muy grande de placer pero muy poca vivencia de la felicidad en contraste con el placer, y eso ha penetrado en nuestro concepto de placer y felicidad.
Durante mucho tiempo la actitud puritana consistió en hacer creer a la gente que el placer era algo infame, y debido a esa creencia quienes no eran infames se dedicaban a aproducir las mejores formas de placer como el arte, etcétera, y por consiguiente el placer llegó a ser tan infame como los puritanos decían que era. Sigue ocurriendo que las naciones, como la de ustedes y la mía, que han pasado por esa fase puritana son incapaces de obtener felicidad e incluso placer, es decir, un placer que no sea trivial. Sólo las formas menos valiosas de placer sobreviven a pesar de esa dominación puritana. Creo que ésa es quizá la razón principal por la que el puritanismo, dondquiera que haya existido, se ha revelado tan destructor del arte, porque el arte, al fin y al cabo, es la búsqueda de cierta clase, probablemente la mas suprema y perfecta, de placer. Y si uno cree que el placer es malo, el arte es malo. Ésa es una de las cosas que debemos al puritanismo.
Otra de las cosas que le debemos es la creencia en el trabajo. He dedicado la mayor parte del tiempo que he pasado en América a predicar la ociosidad. En mi juventud tomé la decisión de que no dejaría de predicar una doctrina simplemente porque yo no la he practicado. No he podido practicar la doctrina de la ociosidad porque predicarla requiere mucho tiempo. No me refiero a la ociosidad en el sentido literal, pues mucha gente, la inmensa mayoría de la raza blanca, no disfruta sentada al sol sin hacer nada. Nos gusta estar atareados. La ociosidad a que me refiero es simplemente un trabajo o actividad que no forma parte de su trabajo profesional regular. Bajo la influencia de este dogma, el puritanismo nos ha obligado a conservar entre nuestras creencias actuales la idea de que la parte importante de nuestra vida es el trabajo. Eso, en cualquier caso, es aplicable a la mayor parte de la humanidad: que la parte importante de lo que hacemos es la de perseverar en nuestros negocios y conseguir una fortuna que podamos legar a nuestros descendientes, y que ellos, a su vez, consigan una fortuna mayor para dejarla a los suyos. Este propósito ha ocupado el lugar que antes tenía vivir para alcanzar el cielo, pues en los viejos tiempos del puritanismo trátabamos de prescindir de los placeres a fin de ganar el cielo.
El cielo ha desaparecido, pero no así la idea de vivir de manera que dejemos una gran fortuna, y la clase de vida que se requiere para ese propósito es en gran manera la misma que se requería para el otro: prescindir el goce presente en favor de los beneficios futuros. Eso es lo que hemos conservado de la vieja actitud puritana, y creo que eso no es, en su forma moderna, una actitud muy bella o noble. En los viejos tiempos contenía algo espléndido, pero en esta forma moderna no es nada que debamos admirar en especial, y por conseguir ese propósito prescindimos de todo lo que haría la vida civilizada, libre y feliz.
Por cierto, permítanme decirles algo que he observado a menudo cuando viajo por el continente europeo, donde hay bellas obras de arte. He visto al hombre de negocios norteamericano de edad mediana arrastrado de un lado a otro por su mujer y su hija, en un estado de aburrimiento casi intolerable, porque estaba lejos de su despacho. Sería mejor que, en vez de concentrarse en el trabajo, la gente tuviera unos intereses más amplios. Si tuviéramos un buen sistema social, ninguno de nosotros tendría que trabajar más de cuatro horas al día (aplausos). Bien, me alegra mucho esa respuesta de ustedes, pero cuando hice esa observación a otros públicos norteamericanos, se estremecieron de horror y me preguntaron: “¿Qué diablos haríamos en las otras veinte horas?”. Entonces tuve la sensación de que es muy necesario predicar este evangelio.
Es realmente terrible que al ser humano, con todas sus capacidades, se le pongan anteojeras y tenga una perspectiva tan estrecha que sólo pueda avanzar por un estre sendero. Eso es una desfiguración del ser humano. Se está desarrollando una población de seres humanos mal desarrollados, privados de los placeres que comporta la compañía humana, los placeres del arte, el placer de todas las cosas que hacen la vida realmente digna de ser vivida. Porque, después de todo, luchar un día tras otro para amasar una fortuna no es una finalidad digna de nadie.
No quiero sugerir que el placer, el mero placer sea un fin en sí mismo. No creo que lo sea, y me parece que el efecto de la moralidad puritana ha sido el de realzar los placeres a expensas de la felicida, porque, como los bajos placeres pueden obtenerse más fácilmente, están menos controlados por la censura de la moral oficial. Por supuesto, todos sabemos de qué manera la persona ordinaria que no vive de acuerdo con la moralidad oficial de su tiempo hace tal cosa: busca los caminos que son más frívolos y que uno mismo valora menos. Ése será siempre el efecto de una moralidad que se predica pero no se practica.
Los chinos tienen una moralidad oficial que se puede practicar, y creo que así demuestran su sabiduría. Los occidentales que hemos adoptado el plan contrario nos enorgullecemos de la magnificencia extraordinaria de nuestra moralidad y creemos que eso nos excusa de practicarla. Creo que para tener una verdadera moralidad, para tener una actitud vital que haga la vida más rica, libre y feliz, es preciso eliminar el elemento restrictivo, evitar que esa actitud se base en cualquier clase de restricciones o prohibiciones. Debe ser una actitud basada en las cosas que amamos y no las que detestamos. Hay una serie de emociones que guían nuestra vida, y pueden dividirse aproximadamente en represivas y expansivas. Las emociones represivas son la crueldad, el miedo y los celos; las emociones expansivas son la esperanza, el amor al arte, el impulso constructivo, el amor, el afecto, la curiosidad intelectual y la bondad, todas las cuales intensifican la vida en vez de reducirla. Creo que la esencia de la verdadera moralidad consiste en vivir de acuerdo con los impulsos expansivos y no los represivos.
Me temo que lo que estoy diciendo tiene unas consecuencias muy revolucionarias y no puedo esperar que todo el mundo esté conforme. Muchas personas pensarán que mis deducciones no son aceptables. Por ejemplo, el amor es una emoción expansiva mientras que la emoción de los celos es represiva. Ahora bien, cuando sometemos a análisis psicológico nuestra moralidad tradicional y vemos de dónde ha salido, tenemos que admitir que los celos han sido la fuente principal, que han sido los celos la emoción originaria. No me parece muy probable que un código con esos antecedentes sea el mejor posible, más bien creo que un código basado en las emociones positivas sería mejor que uno basado en las negativas, y que las restricciones impuestas a la libertad deberían basarse en el afecto o bondad hacia el prójimo y no en la pura emoción represiva de los celos. Si se aplicara ese principio conduciría a un mejor desarrollo del carácter y a un tipo más sano de persona, una persona liberada de muchas de las crueldades que limitan al moralista convencional.
La moral tradicional contiene un elemento muy fuerte de crueldad, y parte de la satisfacción que todo moralista obtiene de su moralidad se debe a que le proporciona justificación para infligir dolor. Todos sabemos que castigar es un placer para muchas personas. Cierta vez, un primer ministro que viajaba de Constantinopla a Antioquía se pasó ocho horas contemplando cómo torturaban a su enemigo. Creo que el impulso hacia el placer en el sufrimiento ajeno surge en personas cuyas emociones naturales se han frustrado, que han sido incapaces de encontrar una salida libre para sus impulsos creativos.
No de manera categórica si esa es realmente la base de muchas crueldades, pero no puedo dejar de pensar que una enorme masa de la crueldad que vemos en el mundo se debe a una envidia inconsciente. Ése es un sentimiento muy arraigado en la naturaleza humana, y cuando existe un bonito y conveniente código que la encarna es, naturalmente, muy popular.
Me pregunto si podré explicarles con precisión de qué manera creo que uno puede vivir más feliz. En los Evangelios hay cosas que ilustran mi postura, no textos que se citen con frecuencia, sino po ejemplo “no pienses en la comida, la bebida o los medios con que te vestirás”. Si viviéramos de acuerdo con ese principio, que, por cierto, prohibe toda discusión de la ley Volstead, la vida nos parecería muy placentera. Hay cierta clase de liberación, de actitud despreocupada que, si uno es capaz de adquirirla, le permite ir por el mundo tranquilo, sin que le trastornen todas las pequeñas molestias que surgen. El meollo del asunto estriba en liberarse del miedo, una emoción muy arraigada en el corazón humano. El miedo ha estado en el origen de la mayoría de las religiones, el miedo ha sido la fuente de la mayoría de los códigos morales, el miedo conforma nuestros instintos, en nuestra juventud nos inculcan el miedo y, en definitiva, el miedo está en el fondo de todo lo que es malo en el mundo. Una vez nos hemos liberado del miedo, tenemos toda la libertad del universo. Todos ustedes conocen, por supuesto, las oscuras supersticiones de eras más bárbaras, cuando hombres, mujeres y niños eran sacrificados a los dioses por puro miedo. Consideramos esa superstición como oscura y absurda, pero no opinamos lo mismo de nuestras propias supersticiones. Pues bien, no puedo afirmar que ningún gran desastre vaya a sobrevenirnos jamás, pero sí afirmo que el miedo a las cosas que podrían sobrevenirnos es un mal mayor que las cosas en sí, y sería mucho mejor ir por la vida sin temor, y tropezar con algún desastre, que ir por la vida de puntillas, prudentes y cautos, con la carga del temor, sin haber gozado de la vida en ningún momento y, no obstante, muriendo apaciblemente en la cama.
Sin duda queremos que nuestras vidas sean expansivas y creativas, queremos vivir al máximo obedeciendo a los impulsos, y al decir impulso no me refiero al impulso transitorio de cada momento pasajero, sino a los grandes impulsos que realmente gobiernan nuestra vida. Ciertas personas tienen grandes impulsos artísticos, otras científicos y otras tal o cual forma de afecto o creatividad. Y si uno reprime esos impulsos, siempre que no infrinjan la libertad de otro, atrofia su desarrollo. Por ejemplo, conozco a muchos hombres que son socialistas y han dedicado su vida al periodismo, escribiendo para los periódicos más conservadores. Tales hombres pueden obtener placer de la vida, pero no creo que puedan obtener felicidad. La felicidad no está al alcance de quien reprime esos impulsos fundamentales con los que la vida debería desarrollarse.
Diría exactamente lo mismo de los afectos privados. Cuando existe un afecto realmente intenso o poderoso, el hombre o la mujer que se le opone sufre la misma clase de daño, es la misma clase de destrucción interior de algo precioso y valioso, algo que han dicho todos los poetas. Lo hemos aceptado cuando lo decían en verso, porque nadie se toma los versos en serio, pero si se dice en prosa y en público pensamos que es terrible.
No sé por qué se permite a todo el mundo decir una serie de cosas en privado que no se le permite decir en público. Creo que ya va siendo hora de que digamos en público lo mismo que decimos en privado. Walt Whitman dijo en alabanza de los animales: “No gruñen y sudan por su condición, ninguno de ellos es respetable o desdichado en todo el mundo”. Debe decir que siento un gran afecto por Walt Whitman, el cual ilustra lo que digo, cómo el hombre que vive expansivamente vive de una manera bondadosa, está libre de crueldad y el deseo de impedir a los demás que hagan lo que quieran.
Considero muy importante que nos cercioremos de que toda moral artificial significa crecimiento de la crueldad. Por supuesto, no podemos vivir como los animales de Walt Whitman, porque el hombre posee previsión y memoria y, al ser previsor, tiene que organizar su vida en una unidad. Es ahí donde desarrollamos nuestras supersticiones. Y saben ustedes muy bien que sería contraproducente obedecer cada capricho sin cierta disciplina. No deseo que lleguen a la conclusión errónea de que no hay necesidad de disciplina. Por el contrario, la hay, pero debe ser la disciplina que procede de dentro, de comprender las propias necesidades, de la sensación de algo que uno desea alcanzar. Nada de importancia se ha conseguido jamás sin disciplina. A veces no estoy totalmente de acuerdo con ciertos teóricos de la educación modernos, porque creo que subestiman el papel que representa la disciplina. Pero la disciplina que uno practica debe estar determinada por sus propios deseos y necesidades, no impuesta por la sociedad o la autoridad.
La autoridad procede del pasado y los viejos, y, puesto que me hallo en una Liga de la Juventud Libre, supongo que no es necesario que hable de la autoridad con el respeto que de mí podría esperarse, porque aunque se suponga que los viejos son sabios, no lo son necesariamente. Aprendemos mucho en la juventud y es mucho lo que olvidamos cuando somos mayores. El punto máximo está en los treinta años, cuando aprendemos a la misma velocidad que olvidamos. Luego empezamos a olvidar con más rapidez que aprendemos. Por lo tanto, si es necesaria una autoridad, debería ser un consejo formado por treintañeros, pero, en general, creo que es mucho mejor que no haya ninguna autoridad en aquellos aspectos que no afectan directamente al resto del mundo.
Naturalmente, si uno de ustedes asesina a alguien, es asunto suyo, pero también es asunto del muerto, por lo que no puede poner objeciones cuando otros le pidan cuentas de su acción. Ahora bien, con respecto a los actos que sólo nos afectan a nosotros mismos es absurdo que el Estado o la opinión pública tengan la menor intervención. La sociedad no debería ocuparse en absoluto de las relaciones privadas, que son cosa del individuo. Por supuesto, el bienestar de los niños interesa a la sociedad, y lo cierto es que en la actualidad no le interesa lo suficiente. En cuanto a los hijos, ha de haber suficientes, pero no demasiados, pues deseamos que estén sanos y se les eduque. Éstas son las cosas de las que el Estado debe ocuparse, pero hoy esa ocupación es parcial: afecta a unos sectores de la población y no a otros. Todas estas cosas deben ser competencia del Estado. Ahora bien, cuando no hay hijos me parece que toda interferencia es una impertinencia y que el Estado no tiene nada que ver en el asunto. Pero no quiero referirme solamente a ese problema, porque lo que acabo de decir es aplicable a otros muchos aspectos, sobre todo al lado estético de la vida. En nuestra civilización industrial hemos tomado del puritanismo y el cristianismo cierta actitud utilitaria, cierta creencia en que los actos que realizamos no deben estar limitados a sí mismos, sino tener alguna motivación ulterior, cierta finalidad distante. Las cosas se han de juzgar por sus usos y no por sus valores reales. Esto supone la muerte del lado estético de la vida, pues la belleza de cualquier cosa consiste en lo que la cosa es y no en sus usos.
Admito la esfera del utilitarismo, pero no para juzgar las cuestiones artísticas. Creo que hemos salido perdiendo no sólo en el mundo del arte, cosa generalmente admitida, sino también en compañía humana, en amistad, al no tener un sentido tan grande de la cualidad intrínseca como lo teníamos antes. Se tiende a juzgar a un hombre por lo que hace, y eso es algo totalmente distinto de la cualidad intrínseca de esa persona. Por eso acontece que cuando un hombre se ha convertido en una celebridad, todo el mundo sabe que lo que dice es maravilloso, mientras que en su juventud, cuando no se le reconocía como una celebridad, pudo haber dicho cosas más extraordinarias sin que nadie reparase en ellas. Debería reconocerse la excelencia de las observaciones de un hombre aunque no sea famoso, y viceversa.
En cuanto a las relaciones privadas, todos estamos tan atareados que no tenemos tiempo de cultivar afectos hacia otras personas que merecen ser cultivados. No tenemos tiempo para la solidaridad, la comprensión de todas esas cosas que constituyen la belleza de las relaciones humanas, porque todos estamos demasiado atareados, y cuando no, estamos cansados. Si los bienes producidos en este país se distribuyeran de una manera equitativa, habría mucho más de lo que cualquiera necesita para ser feliz y sería posible vivir trabajando mucho menos y, no obstante, tener lo suficiente. Entonces sería posible desarrollar y cultivar esas cosas que son necesarias para la felicidad. Por ejemplo, habría libertad. Un hombre carece de libertad si ha de pasarse el día entero ocupado en actividades que no le agradan. Eso es tan malo como estar uncido a una noria. No siempre podemos hacer cosas agradables, pero sí es posible hacerlas durante la mayor parte de la jornada, y creo que en las naciones industriales avanzadas probablemente lo que más se desea es un mejor ideal de felicidad privada. Realizar las cosas que realmente contribuyen a la felicidad humana es incluso más importante que las reconstrucciones políticas y económicas.
Si nuestras vidas fuesen más felices no estaríamos tan dispuestos a ir a la guerra. A mi modo de ver es asombroso ver la extraordinaria debilidad en el mundo moderno de lo que podríamos llamar la voluntad de vivir. Existe una voluntad de trabajar, pero no de vivir. No observamos que la perspectiva de una destrucción a gran escala se considere intolerable. No encontramos gente dispuesta a sacrificar el dinero y el poder para poder librarse de la amenaza de la guerra, porque en realidad no quieren librarse de ella. Una nación feliz no estaría dispuesta a sacrificar la vida, la salud y la felicidad por la vaga actividad de luchar y posiblemente ganar. Esto se debe a que nuestras vidas son demasiado colectivas y muy poco individuales. Forzados por el molde mecánico de nuestra civilización a parecernos cada vez más unos a otros, experimentamos cada vez más las emociones de las masas a expensas de las individuales, personales. De esa manera se sacrifica al individuo, y una vida en la que se impone ese sacrificio impedirá que el individuo sienta un amor intenso por la vida.
Imaginamos que queremos toda clase de cosas, tales como poder y riqueza, que no son las fuentes de la felicidad. Esas fuentes están mucho más fielmente expuestas en los Evangelios. Me refiero a lo que he citado hace un momento, a no pensar en el mañana. Si uno tiene un ser humano al que ama, un hijo, si tiene cualquier cosa que realmente le importa, la vida deriva de eso su significado, y es posible organizar todo un mundo de personas cuyas vidas importan. Pero si uno empieza con la nación: “Soy miembro de una nación y quiero que mi nación sea poderosa”, entonces está destruyendo al individuo. Uno se vuelve opresor, porque el poderío de su nación depende de una reglamentación estricta, y uno se dedica a imponer las reglas a su vecino.
Lo importante es el individuo. Tal vez piensen ustedes que resulta claro que un socialista diga tal cosa. Creo que el lado material de la vida ha de ser transferido a la organización socialista, pero lo creo así porque el lado material de la vida me parece el menos importante. Mientras uno no tenga lo suficiente para que su vida sea tolerable, las cosas materiales son las únicas que importan, y en la mayoría de los países europeos hay semejante pobreza que las cosas materiales son de la máxima importancia. Pero ahora, con nuestra capacidad de producción técnica, podemos abolir por completo el problema de la pobreza, que sigue existiendo porque somos unos perfectos asnos. Y cuando pensamos en el mundo que tendremos una vez eliminada la pobreza, vemos que en ese mundo las cosas materiales no serán las importantes. En una comunidad socialista habrá que determinar si la gente ha de trabajar una hora extra al día y cada miembro de la familia tener un coche. En semejante comunidad, como los bienes espirituales serán más importantes, valdrán más que las cosas que se obtienen por medio de la comunidad colectiva. Ésta proporcionará el pan y las tareas cotidianas. Uno podrá dedicar su ocio a otra actividad, al fútbol, el cine o lo que sea.
A veces me preguntan cómo puedo estar seguro de que la gente utilizará bien su ocio. No quiero asegurarlo. Cuando uno plantea ese problema es porque se encuentra todavía en la esfera de la moralidad excesiva, la presión excesiva de la comunidad sobre el individuo. Mientras el ocio no se emplee de ninguna manera nociva para el prójimo, es algo que atañe exclusivamente al individuo. Y afirmo que en el mundo espiritual deseamos individualismo. El socialismo lo queremos en el mundo material. Ahora tenemos socialismo en el mundo espiritual e individualismo en el material.
Se supone que lo que debemos pensar, la manera de controlar las emociones son cosas que competen al Estado, pero no tener suficiente para comer, no, eso no compete al Estado. Ahí es donde interviene el sagrado principio de la libertad, que ha sido colocado exactamente donde no se debía. Lo que les estoy diciendo es, al fin y al cabo, lo mismo que han dicho los dirigentes de todas las grandes religiones, que el alma del hombre es importante. Y ésa es la gran verdad que debemos aprender: sentir que el alma, el pensamiento, la comprensión y la simpatía es lo que importa, y que el decorado externo de la vida carece de importancia mientras uno tenga lo suficiente para vivir con dignidad. Debido a que estamos inmersos en la competencia no comprendemos una verdad tan sencilla.
Les he hablado bastante a la ligera, pero lo que quiero decir es algo rebosante de vida, una liberación auténtica: ser libres en este mundo, libres del univero, de modo que las cosas que nos ocurren dejen de preocuparnos, que los acontecimientos dejen de tener importancia. Ésa es la clase de fuego que puede existir en el alma de todo hombre y toda mujer, y cuando uno lo posee dejan de preocuparle las pequeñeces que tanto llenan nuestras vidas. Es posible vivir así, libre y expansivamente. Observarán que cuando hayan prescindidio de esos temores estarán más cerca del prójimo, podrán disfrutar de la amistad en un grado diferente. El mundo entero es más interesante, más vivo, hay algo en él que es infinitamente más valioso. Quien lo haya saboreado una vez sabe que es infinitamente mejor que las cosas logradas por otros metodos. Es un viejo secreto, enseñado por todos los maestros y olvidados por sus sacerdotes. Es el secreto de estar en íntimo contacto con el mundo, de no tener unas murallas del yo tan rígidas que le impidan ver lo que hay más allá. Al moralista el interesa pensar: “Qué virtuoso soy”, y también él es un eogista como los demás. No es en ese mundo de inmorales endurecidos donde encontrarán ustedes la vida que es feliz y libre. Cuando una ha perdido el temor a la vida porque vale la pena soportar un poco de dolor (debido al conocmiento de que hay algo mejor que la evitación del dolor), se asegura una intensa unión con el mundo, un amor intenso, algo brillante, cálido, como el afecto personal, pero que es universal. Si llegan ustedes a obtener eso, conocerán el secreto de una vida feliz.

martes, 17 de septiembre de 2013

Tipos de libros

Hay dos tipos de libros: los libros que te exigen obediencia y los que te ofrecen libertad. Están los que alguien interpreta por ti y los que te abren mares de imaginación. Están los que no cambian siglo tras siglo y los que son nuevos cada vez que vuelves a ellos. Sí, existen dos clases de libros, como existen dos clases de seres humanos: los que viven al amparo de lo dicho y los que cada día sueñan su futuro.
El 23 de abril es el Día del Libro, una festividad comercial que trata de vender libros. No es tanto el día del libro como el día del libro-producto, el día cuyo éxito se traduce en los niveles de las ventas. Pero el éxito de los libros es otro y no todos valen para ello. El éxito de un libro es convencerte de que eres un ignorante. Hay miles de libros que nos ofrecen la sabiduría, que nos aseguran que tras leerlos ya no necesitaremos leer más. Desconfiemos de esos libros prepotentes. Los libros verdaderamente buenos son los que siembran la discordia en nuestras mentes y nos hacen dudar, al menos, una duda razonable. Los buenos libros son siempre preguntas sin responder porque reflejan la perplejidad ante el mundo.
Con los buenos libros ocurre como con la Ciencia. El trabajo de los científicos hoy es saber plantearse buenas preguntas. Saben que sin preguntas no hay respuestas. Y que cada respuesta es la antesala de la siguiente pregunta. Los buenos lectores, como los buenos científicos, siempre están en marcha. Por eso los buenos científicos siguen investigando y los buenos lectores siguen leyendo. Pronto amas más las preguntas que las respuestas, descubres el placer en la energía que te recorre con la duda. No es la duda del miedo; es la duda de la libertad, la duda de ir de la mano de tu propia curiosidad y de ninguna otra mano.
La escritora libanesa Joumana Haddad ha expresado bien la diferencia que marca la lectura, la buena lectura, en un entorno externo represor:

[…] a pesar de mi formación tradicional y del peso del miedo, internamente crecí libre porque mis lecturas me emanciparon (y la libertad, según fui aprendiendo con el tiempo, empieza en la mente antes de reflejarse en la expresión y la conducta de una persona).* (34)

Demasiado volcados en lo público y en lo social, olvidamos que la libertad nace de dentro, en la vida interior. Y el mejor alimento para esa vida interior, para fomentar ese deseo libertad es la lectura de buenos libros. Porque la libertad es un acto de la imaginación; es primero soñarse diferente, imaginarse diferentes respuestas a nuestras múltiples preguntas. Hay libros que nos imponen un destino y nos cierran la imaginación; hay otros que nos arrojan a nuestra libertad interior en mitad de un mundo oscuro, lleno de condicionamientos y restricciones.

 
Nuestra civilización es cada vez más centrífuga, volcada hacia lo externo. Vamos perdiendo una cultura centrada en la reflexión individual, en las preguntas que crecen desde dentro. Somos bombardeados permanentemente con soluciones que se anticipan a nuestras necesidades —espirituales, comerciales o alimenticias— creándolas. Estamos haciendo una civilización de impulsos, de respuestas conductistas programadas. Es lo contrario de la libertad, es lo contrario de la imaginación.
La mayor parte de los libros que producimos tienen muy poco valor. Pero hay unos pocos libros, unos textos que han sobrevivido a los siglos porque sus preguntas siguen sin contestar a la espera de que les demos respuestas provisionales y que nos convencen de que, por más que nos fastidie, somos seres humanos frágiles, confusos e ignorantes. Pero eso nos hace querer ser mejores. Es la conciencia de esa fragilidad la que nos hace respetar a los demás, la que nos hace dialogar, buscar soluciones mejores a preguntas que nunca tendrán respuesta definitiva, afortunadamente. En el otro lado están los que tienen soluciones perfectas y para siempre, los que no dudan nunca, los que consideran que preguntar es peligroso o de mal gusto.
Decía Henri Bergson que la Naturaleza había producido dos obras maestras: por un lado el máximo orden, los insectos sociales, en los que todo está programado genéticamente; por otro lado, en el otro extremo, la libertad humana. Las hormigas no leen. Muchos seres humanos han dejado de hacerlo.

¿Voluntad de vivir o voluntad de morir?

El apego a la vida suele ser más fuerte que todas las miserias del mundo, y aunque muchos juzguen que la vida no vale la pena ser vivida, son pocos los que se suicidan. Esto se debe a que el querer la vida no implica más que el que se la quiera. En este hecho radica el que expongamos y cuestionemos en este artículo la esencialidad del querer, a la luz de la voluntad de vivir y la voluntad de morir. ¿Aquello que queremos es realmente la vida o simplemente vivimos para liberarnos de ella?

Leemos en El mundo como voluntad y representación: "Lejos de ser una negación de la voluntad, el suicidio es un fenómeno de la más fuerte afirmación de la voluntad. Pues la esencia de la negación es que no se detesta el sufrimiento, sino los goces de la vida. El suicida quiere la vida y sólo se halla descontento de las condiciones en las cuales se encuentra. Por eso, al destruir el fenómeno individual, no renuncia en modo alguno a la voluntad de vivir, sino tan sólo a la vida. Él quiere la vida, quiere una existencia y una afirmación sin trabas del cuerpo, pero el entrelazamiento de las circunstancias no se lo permite y ello le origina un enorme sufrimiento" (Schopenhauer 1986, Tomo I, §69, p. 541).
Cuando la explicación del suicidio se aborda desde la sociología o la psicología, se impone en general el discurso crítico que persigue su prevención. La metafísica de la voluntad de vivir no está exenta de aquella tendencia. Bajo la perspectiva de un noúmeno volente, el suicidio no es considerado señal de querer dejar de vivir, por el contrario, resulta ser la manifestación más fehaciente de aceptar y afirmar una vida sin sufrimientos. Sin embargo, cuando las circunstancias no permiten gozar de esa vida o simplemente no permiten superar la condición sufriente en ella, el individuo obra, según Schopenhauer, conforme a su naturaleza como "voluntad metafísica", a la cual, al estar fuera del principium individuationis, le es indiferente la permanencia de cada individuo en particular. Esto último nos podría llevar a una aparente contradicción si consideramos que el fin de la voluntad es perpetuarse en el ser, a través de muchos individuos que ayudan a conservar la especie. Sin embargo, tal argumentación es fácilmente refutable si consideramos que no todos los individuos son aptos para la especie y, por lo tanto, útiles para cumplir aquel objetivo de la voluntad. Para Schopenhauer, el hecho de que la voluntad, por sobre el fenómeno del nacimiento y la muerte, jamás deje de manifestarse, es argumentación suficiente para condenar el suicidio. Con éste se niega el individuo, precisamente a esto remite la raíz latina sui del íMz'caedere (matar a uno mismo), es decir, se destruye el yo en particular, pero no se niega la voluntad ni por lo tanto la especie. En otras palabras, la destrucción voluntaria del cuerpo es la destrucción aparente y fenoménica de la objetivación más directa de la voluntad, mientras que ella, la cosa en sí, al no ser negada, permanece intacta. Al no negarse la voluntad, la nada es ilusoria. "Y él cree arreglar su miseria/A través de la muerte./¡Cómo se ha engañado!/Aquí se escondió detrás de un arbusto/Ahí está solo y desnudo, / Y todo lo que aquí le horrorizó / Está en él prolongado / ¡ Cómo se ha engañado!" (Claudius 1974, p. 624-625).
La condena de orden moral que surge de la metafísica del noúmeno volente se resume en el hecho de que el suicida no puede dejar de querer. El acto de darse muerte a sí mismo es resultado de afirmar en la adversidad las ganas de haber llevado una vida más afortunada, sin tormentos, sin embargo, al no haber podido satisfacer en esencia ya "nada" en ella, el suicida suprime el fenómeno, en este tiempo y en este lugar, dejando la cosa en sí intacta. El suicida detesta el sufrimiento, a diferencia del renunciante que detesta los goces de la vida. El primero afirma la voluntad de vivir suprimiendo el fenómeno de la vida. El segundo, en cambio, niega la esencia de ella, es decir, niega el querer vivir.
Un dolor que se torna intolerable, un sufrimiento que se vivencia como lo absoluto, no puede dejar de generar una necesidad imperiosa de descanso o alivio. Como antítesis del dolor ilimitado sobreviene la avidez vital de la nada. En esta situación límite es posible distinguir una avidez vital de la nada como manifestación pura e inmediata del padecimiento vivenciado, a diferencia de su aspiración que puede estar mediada por reflexiones abstractas. Podríamos decir que el suicidio es la mayor parte de las veces una conjunción de ambos fenómenos, es decir, tanto una desesperación por dejarse caer en una nada subjetiva, como un anhelo por alcanzarla. Lo que busco enfatizar es reconocer el estatus del sufrimiento con que se identifica aquella avidez vital de la nada que puede anteceder un suicidio, ponderando con ello aquella necesidad que puede esconderse tras la "elección" de abandonar la vida. Solo el alma sabe cuan tolerable es este o aquel dolor, y no es uno quien "decide" cuando la necesidad de la nada se ha tornado más vital que la vida misma.
Muchas parecen ser las causas que podemos hipotéticamente suponerle al suicidio; lo cierto es que todas las razones suficientes no resultan ser a menudo fuente veraz de comprensión para quien haya sentido alguna vez compasión por alguien que lo haya cometido. Creo que muchos hombres que se figuraron, antes de suicidarse, que el cometer dicho acto podría implicar comenzar la existencia de una nueva vida, con más dificultades aún, indiferentes hubieron de pensar en ella, porque fue la propia la que se les tornó insoportable. A raíz de esto, el suicidio es realizado sin distinción de credo por personas que han sido minadas por alguna tristeza espiritual, independientemente de que ésta tenga una explicación psicopatológica o no. Este hecho me hace pensar que el acto, en estos casos, puede ser antecedido por una reflexión serena y sensata que en silencio, una y otra vez, se torna en un hábito mental que engendra esta avidez vital de la nada. Es verdad que los hábitos mentales son más fuertes que los físicos, pero necesidad no es siempre indicio de una desesperación obvia. Sin embargo, siempre nos quedamos con esto último. No hay maldad en ello, es una sensibilidad más visible, más evidente, pero no por eso menos superficial. ¿Quién no podría anhelar con nostalgia la muerte de alguien al verlo sufrir y padecer un dolor intolerable, si sabemos que dicho lamento es irreversible? Eurípides dij o una vez: Aúoei |í ó Saíficov ocútóq, óxccv éyco 6é X o (Dios me libertará cuando yo lo desee). (Bacchae, 498). Solo veo en ello que la muerte parece ser aquí la solución al tormento de la vida.
Cuando se trata, sin embargo, de un sufrimiento de orden espiritual, el dolor muchas veces no alcanza la superficie del lamento; quienes rodeamos a este ser corremos el riesgo de permanecer como hipnotizados por aquel silencio que favorece que dichos "Hombres ante el abismo" acaben con el show de la vida y se bajen así repentina y sorpresivamente del escenario de todos los tiempos. Así como una vez hubo un Mario que fue bajado del escenario por un Mago. Nadie se suicida solo./Nunca nadie estuvo solo al nacer. / Tampoco nadie está solo al morir" (Artaud 1971, p. 118). Lo cierto es que ante un suicidio, lo absurdo cobra sentido, los detalles ínfimos se pueden transformar en variantes decisivas. Se precisa un público de seres indiferentes, cuya pasividad pudo haber actuado de estímulo para acabar con el acto final y descender del escenario, donde se vive el show de la vida. Habría que saber si el mismo día que cometió un suicidio, esperaba esa persona una llamada o una carta que no recibió o simplemente un pariente o un amigo le habló con un tono indiferente.
Schopenhauer condena el suicidio a partir de su metafísica, sin considerar que quien padece un dolor tan intenso puede olvidar todo credo o proyección de vida individual y eterna. Perpetuar la vida sería prolongar una tortura. Es precisamente mediante la fe en la voluntad de vivir desde donde se reprueba el suicidio como un acto inútil y egoísta, incluso en enfermos psiquiátricos, pese a saber el filósofo qué clase de dolores comporta la locura: "La locura es el Lethe de un dolor enorme" (Schopenhauer 1990, p. 396), pero de un dolor que no es de orden físico. Cuando Schopenhauer anula en estos casos los efectos prácticos e inmediatos del suicidio, se aleja mediante su concatenación argumentativa no de la temática concerniente al dolor, sino que lo teoriza hasta transformarlo en una mera abstracción, y es precisamente a partir de ella desde donde legitima su condena. El suicidio no me parece de ningún modo "un acto completamente infructuoso e insensato" en el círculo de enfermedades esquizofrénicas, maníaco-depresivas u otras tantas de la misma índole (Schopenhauer 1986, Tomo I, § 69, p. 542). Casos donde la persona destruye un yo, el cual no solo se le escapa, sin poder dominarlo, sino que la mayor parte de las veces se transforma éste en el peor de sus enemigos (Laing 1988, pp. 155-173).
En este hecho se reflejaría, según mi opinión, la imagen de la contradicción más patente que sufre la voluntad de vivir consigo misma, sería "la obra maestra de Maja", puesto que fuera de esta lucha a todo trance que se da en la diversidad de las objetivaciones, el individuo se declara, por así decirlo, la guerra contra sí mismo.
Señalo como contraargumento el caso de la locura, considerando la ausencia de condiciones que permitan acceder a un conocimiento mejor o a una conciencia continua que posibilite negar la voluntad de vivir. No debemos ignorar este hecho al ponderar, desde la crítica schopenhaueriana, el suicidio como el equívoco que se produce en el modo de enfrentar el dolor, al ser anulado con éste el único camino válido donde puede proyectarse un ideal de redención: "El sufrimiento le ronda y le abre como tal la posibilidad de negar la voluntad, pero él lo ahuyenta de sí, al destruir el fenómeno de la voluntad, el cuerpo, por lo que la voluntad permanece inquebrantable" (Schopenhauer 1986, Tomo I, § 69, pp. 542-543). En lo anterior se realza el hecho de que la voluntad no puede ser destruida más que por el conocimiento o la conciencia, y ningún acto de violencia puede aspirar jamás a dicho fin. Solo negándose la voluntad de vivir se puede acabar definitivamente con el dolor que significa el fenómeno de la vida, sin embargo, eliminando el fenómeno no se puede acabar con la esencia de ésta. Producto de ello, Schopenhauer se detiene principalmente en las consecuencias de orden ontológico, deslegitimando la eficacia inmediata del suicidio.
He aquí, paradójicamente, un "discípulo" de Schopenhauer que si bien pudo ponderar el sentido y el significado de la negación de la voluntad de vivir, fue llevado por dicha conciencia a una peligrosa antinomia, que no podemos dejar pasar por alto. El "discípulo" dice: "En febrero de 1860 llegó el día más grande, más significativo de mi vida. Entré a una librería y le eché un vistazo a los libros frescos llegados desde Leipzig. Ahí encontré El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer. ¿Schopenhauer? ¿Quién era Schopenhauer? El nombre nunca lo había oído hasta entonces. Hojeo la obra, leo sobre la negación de la voluntad de vivir y me encuentro con numerosas citas conocidas en un texto que me hace preso de sueños" (Mainlander 2004, pp. 8-9).
En 1860, Mainlander contaba con diecinueve años. En lo que respecta a la vida de Philipp Batz (su verdadero nombre) sabemos que era el menor de seis hermanos, tres de los cuales cometieron después suicidio. Recibió su formación escolar en la Realschule de Offenbach, su ciudad natal, situada a orillas del río Main. De ahí proviene su seudónimo Mainlander (región del Main). A partir de 1856 frecuenta la escuela de comercio en Dresden. Dos años más tarde viaja por Francia hacia Italia hasta Ñapóles, para ocupar un puesto en una casa de comercio. En este significativo "tiempo napolitano", de aproximadamente cinco años, es cuando descubre a Schopenhauer. A su regreso a Offenbach se hace cargo del negocio de su padre. En 1868 se traslada a Berlín donde recibe el nombramiento de "Martin Magnus" en una casa de banca. Pasados algunos años vuelve nuevamente a su ciudad natal para redactar parte de su obra principal, pero luego decide entrar voluntariamente como coracero en Halberstadt. Finalmente, en noviembre de 1875 se establece de un modo definitivo en Offenbach, para concluir el segundo tomo de su obra principal: La filosofía de la redención (Die Philosophic der Erlosung).

La filosofía de la redención no es sólo continuación de las doctrinas de Kant y Schopenhauer, sino también confirmación del budismo y del cristianismo puro. Aquellos sistemas filosóficos son rectificados y completados por ella, reconciliando además estas religiones con la ciencia. La filosofía de la redención fundamenta el ateísmo no en una creencia cualquiera como estas religiones, sino como filosofía en el saber y, por esta razón, queda el ateísmo, gracias a ella, por primera vez fundamentado de un modo científico (Mainlander 1996, Tomo I, p. VIII).  

Según Mainlander, la moral cristiana no es más que un mandamiento de suicidio lento (Mainlander 1996, Tomo II, p. 218), el cual se puede lograr tomando conciencia de la caída y la decadencia profetizada como destino del mundo. Esto queda de manifiesto no solo en la vida de Cristo, sino también en la de Buda. Ambos, según el filósofo, habrían expresado el suicidio sensu allegorico a través de sus vidas.
Mainlander tiene una visión propia acerca del origen del universo. Dios, saturado de su propio "super-ser", decide de un modo suicida y arbitrario la catástrofe absoluta. Conforme a ella, el universo surgió no por un deseo de creación divina, sino que fue el resultado de un agotamiento de voluntad divina. En un comienzo existe una vuelta repentina e inconcebible de perfección, sin tiempo ni espacio, que tiende hacia la nada. Increíblemente ésta es en su descarga energética lo que hoy la ciencia llamaría Big Bang. El curso irreversible de esta gran explosión se extiende, a través de su fuerza omnipotente de creación, hasta el exterminio de toda su precedencia, la cual únicamente se encuentra aún presente existiendo, pero deviniendo hacia su extenuación (Mainlander 2004, p. 15).
El hecho es que para Mainlander la conciencia advierte, a través de los tráfagos de la vida, que la no existencia es mejor que la existencia. Este conocimiento le abre al hombre la posibilidad de negar perpetuarse y tender a autoaniquilarse, para consumar finalmente el gran ciclo de la redención (Erlósung) del ser: todos somos fragmentos de un Dios, que al igual que en el "Big Bang" del principio de todos los tiempos, se destruyó, ávido de no ser: "Esta unidad simple que ha sido, ya no existe más. Ella se ha fragmentado, transformando su esencia absoluta en el mundo de la multiplicidad. Dios ha muerto y su muerte fue la vida del mundo. (...) Ya no estamos más en Dios porque la unidad simple se ha destruido y muerto" (Mainlander 1996, Tomo I, p. 108).
Mainlander, sin embargo, es consciente de sus límites: existió efectivamente una unidad simple (einfache Einheit), sin embargo no es posible descifrar en modo alguno lo que ella fue. Solo afirma que su ser fue saturado por su propio "super-ser" (Mainlander 1996, Tomo I, p. 320) y que no se asemeja a ningún ser que podamos concebir, porque todo ser que se conoce es, por el contrario, un ser cuya manifestación es movimiento o devenir.
Mainlander resume sus teorías centrales -la desintegración de la unidad en la multiplicidad, la transición del campo trascendente hacia el inmanente, la muerte de Dios y el origen del mundo- en los siguientes puntos (Mainlander 1996, Tomo I, pp.326-327):

1.   Dios quiso el no-ser.
2.   Su esencia fue el obstáculo para la entrada inmediata en el no-ser.
3.   La esencia tuvo que desintegrarse en un mundo de la multiplicidad, cuyos individuos tienen todos el afán de no-ser.
4.   En este afán se obstaculizan mutuamente, luchan los unos con los otros y debilitan de esta forma su fuerza.
5.   La completa esencia de Dios vino hacia el mundo a través de una forma transformada, en una determinada suma de fuerza.
6.   El mundo completo, el universo, tiene una meta, el no-ser, y logra ésta mediante el continuo debilitamiento de su suma de fuerzas.
7.   Cada individuo llegará a través del agotamiento de su fuerza, en su proceso evolutivo, hasta el punto que su ansia de alcanzar el exterminio pueda llegar a ser cumplida.

De lo anterior se desprende una cosmovisión que concibe la historia universal como la oscura agonía de los fragmentos que correspondieron a un Dios y que apela, debido a ello, a la destrucción del mundo y del yo para acelerar el proceso de destrucción. "La ley del debilitamiento de la fuerza es la ley universal. Para la humanidad esta se llama ley del dolor" (Mainlander 1996, Tomo II, p. 510). En consonancia con ello, solo una teleología del exterminio es capaz de aliviar aquel dolor cuyo proceso es un padecer irreversible, por lo que solo se debe colaborar con la desintegración total del mismo: ¿y cómo lograr esto? A través de la autodestrucción o autodesintegración. Para Mainlander el dolor noesunSeúxeQog ti X ove,, sino solo parte de un engranaj e que se debe terminar de desintegrar. Por eso Mainlander defiende su propia metafísica: "El verdadero significado metafísico del mundo, el credo de todos los buenos y justos, es el desarrollo del mundo con la humanidad hasta el extremo. El mundo es el punto de tránsito, pero no para un estado nuevo, sino para el exterminio, el cual desde luego se encuentra fuera del mundo: ello es metafísico" (Mainlander 1996, Tomo II, p. 509).
El pesimismo autodestructivo mainlanderiano transmuta el concepto de negación por el de destrucción. Voluntad de muerte (Wille zum Tod) es la conciencia de la vida como medio para alcanzar la liberación a través de la muerte. Bajo esta cosmovisión, toda cosa en el mundo es inconscientemente voluntad de muerte. El mundo se mueve "como si" tuviera una causa final, pero lo que en verdad se quiere no es la vida, puesto que ésta es solo apariencia de la voluntad de muerte. Sin embargo la redención (Erlósung) puede comenzar en vida al tomar conciencia de que lo esencial ya no es aquella voluntad que tiene como fin la vida, sino aquella que sirve como medio para la muerte. Mainlander nos habla de sí para persuadirnos de aquello: "Quisiera en adelante destruir todos los motivos fútiles que puedan amedrentar a los hombres para buscar la noche sosegada de la muerte, y cuando pueda tranquilamente quitarme de encima la existencia, cuando mi nostalgia de la muerte se acreciente sólo un poco más, entonces mi confesión podrá tener la fuerza de apoyar a cualquiera de mis semejantes en su lucha contra la vida" (Mainlander 1996, Tomo II, p. 218).
Camus en la misma línea de la confesión, casi un siglo más tarde sostiene: "Matarse, en cierto sentido, y como en el melodrama, es confesar. Es confesar que se ha sido sobrepasado por la vida o que no se la comprende" (Camus 1996, p. 16). Sin embargo, ambas confesiones difieren entre sí. El hecho es que Mainlander sí elaboró un tratado de más de mil páginas, donde incluye una minuciosa Teleología del exterminio (Teleologie der Vernichtung). En ella manifiesta su absoluta convicción de haber hallado la redención al problema de la existencia humana. "Finalmente el filósofo inmanente ve en el universo completo sólo la profunda nostalgia de un exterminio absoluto, y esto es oído por él, el llamado claro que atraviesa todas las esferas celestiales: ¡redención! ¡redención! ¡muerte a nuestra vida! Y la respuesta consoladora dice: todos ustedes encontrarán el exterminio y serán redimidos" (Mainlander 1996, Tomo I, p. 335).
El amor a la muerte de Mainlander apela a la valentía espiritual en su lucha contra la vida:

 Quien no le teme a la muerte, se precipita en una casa envuelta en llamas; quien no le teme a la muerte, sale sin vacilar en medio de un diluvio; quien no le teme a la muerte, irrumpe en una tupida lluvia de balas; quien no le teme a la muerte, emprende desarmado la lucha contra miles de titanes alzados -con una palabra-, quien no le teme a la muerte, es el único que puede hacer algo por los otros, sangrar por los otros, y recibe al mismo tiempo la felicidad única, el único bien deseable en este mundo: la verdadera paz del corazón (Mainlander 1996, Tomo II, p. 251-252).

Cuando Camus afirmó: "No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía" (Camus 1996, p. 9), el existencialista planteó un problema que en Schopenhauer no nos conduciría jamás a la autodestrucción, sino a la autonegación. Por muy pesimista que parezca la cosmovisión schopenhaueriana, ella jamás busca el cese inmediato, violento y autodestructivo de la vida, sino, por el contrario, un camino lento de luchas internas, donde se busca negar el querer que produce el fenómeno sufriente de la vida. En esta concepción, el suicidio es antecedido por motivos que nacen de un yo volente, marcado visiblemente por las barreras individuales propias del principium individuationis, pero que más allá del fenómeno resultan ser solo una causa infundada. Precisamente porque la voluntad de vivir no vale la pena ser afirmada y nos sobrepasa en ella lo inconcebible y lo doloroso, es que se debe negar su esencia y no destruir el fenómeno particular de ella, que se vive y se vivirá siempre en uno. Paradójicamente, el apego a la vida suele ser más fuerte que todas las miserias del mundo, y aunque se juzgue que la vida no vale la pena ser vivida, son pocos finalmente los que obran según esta premisa. Esto se debe a que el querer la vida no implica más que el que se la quiera. En este hecho radica el que expongamos hoy su esencialidad. En vez de preguntarnos si la vida vale o no vale la pena ser vivida, debemos sobrecogernos simplemente con el hecho de que la vida nunca ha resultado ser vivible para todo ser humano.
Camus afirma que ve morir a muchas personas porque estimaron que la vida no vale la pena ser vivida, pese a que tuvieron la convicción en algún momento que sí era valioso hacerlo. Sin embargo, afirma: "Nunca vi morir a nadie por el argumento ontológico. Galileo, que defendía una verdad científica importante, abjuró de ella con la mayor facilidad del mundo cuando puso su vida en peligro" (Camus 1996, p.14). Klaus Thomas, en su libro Hombres ante el abismo, parece ser más cauteloso al recordar a Hegesias, a quien se le dio el significativo apodo de Peisithánatos, en la medida en que, como lo dice su nombre, era un hombre que precisamente persuadía a matarse, y esto mismo hizo él, porque creía que la felicidad tan frecuentemente ensalzada por los hombres era simplemente inasequible y nunca jamás alcanzada. Sin embargo, Klaus Thomas también se manifiesta algo vacilante: "Hay pocos que estarían dispuestos a morir por una demostración ontológica" (Thomas 1970, p. 28).
¿Puede en verdad morir alguien por un argumento ontológico? Volvamos al año 1876. Precisamente el primero de abril, el día de la víspera de la impresión de la Philosophie der Erlósung, Philipp Mainlander acabó con su vida. Con los escritos de su obra levantó un cúmulo de papeles que utilizó como pedestal, como base de su redención filosófica. Me lo represento colgando la cuerda en la viga y rodeando con el lazo mortífero su cuello. Luego comienza con el movimiento de las piernas.
Los físicos podrán ponderar hoy y mañana la agudeza de su sensibilidad para expresar vivencial y consecuentemente lo que hoy la ciencia llamaría Big Bang, o también el aumento de la entropía, fuera de todos los aportes que pudo expresar así, concernientes a la teoría del caos y los postulados que dicen relación con las leyes de la termodinámica. Sin embargo, me doy cuenta de que el Big Bang o la teoría de la gran explosión matematiza y salda la fantasía mitopoética destructiva del "comienzo-final" catastrófico, el cual fue vivenciado por Mainlander como suicidio. Este hecho nos permite reconocer a la par su sensibilidad mitopoética como expresión de su dolor vivenciado y teorizado. Ironizar que su suicidio fue un acto perpetrado para enaltecer su obra es un juicio que no concierne en este caso a una reflexión que busca ser consciente de la esencialidad propia de su vivencia. Realzo en ella su sensibilidad mitopoética: "más allá del mundo no hay ni un lugar de paz ni un lugar de tormento, sino sólo la nada. (...) Esto puede generar un nuevo contramotivo y un nuevo motivo: esta verdad puede hacerlo retroceder a uno hasta la afirmación de la voluntad, y a otro puede llevarlo poderosamente hasta la muerte" (Mainlander 1996, Tomo I, pp. 350-351).
Este ensayo sobre el suicidio, a la luz de la voluntad de vivir y la voluntad de morir, fue concebido como intento de profundizar y comprender, a partir de dos teorías antagónicas, una argumentación ontológica que lo condena y otra que lo legitima, hasta la radical consecuencia de consumarse en su praxis. El supremo cumplimiento que ha de atreverse a acometer el suicida es la abdicación en pro de la nada, cuyo llegar a ser lo anula él mismo, anulándose a sí mismo como resultado de una avidez vital de la nada que se trasciende a sí misma.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Atreverse a todo

Hace unos meses, para presentar la exposición fotográfica de dos de los más grandes fotógrafos estadounidenses del siglo XX, un periódico español utilizaba un titular que, de algún modo, revela los engranajes mentales más profundos de nuestra época: “Harry Callahan y Edward Weston rompieron códigos morales: fotografiaron a sus esposas y amantes desnudas”. La elección y el tono de la frase, junto al -digamos- marco social de la recepción, llevan al lector a aceptar inmediatamente, como lo más natural y asumido del mundo, que “romper códigos morales” constituye siempre un acto de valentía y progreso e, incluso, de forma paradójica, un acto de “coraje moral”. Aún más: nuestra época, que es la combinación de un modelo de producción y consumo y de una tecnología determinadas, considera esta “superación de los límites” como la fuente misma de la belleza, la verdad y el valor objetivo de las cosas. Todo el que se atreve a “romper códigos morales” está introduciendo un mayor bien y una mayor libertad en el mundo, y esto a partir de la convicción rutinaria de que la “moral” es un obstáculo para el progreso de la humanidad, como el canibalismo o los “crímenes de honor”.
Este prestigio social de la iconoclastia y la transgresión, que nos hace pensar en Nietzsche, procede del terreno del arte y, más concretamente, de la intersección entre revolución industrial y revolución estética que, desde el siglo XIX (pensemos en Rimbaud, Flaubert o Baudelaire, condenados en su época por “inmoralidad”), identifica al “autor” con una fuerza fáustica, demiúrgica, que arranca chispas de luz de la gelatinosa moral burguesa. Pero este concepto de “autor”, a su vez, está ligado al mito griego por excelencia, el de Prometeo, de cuya transgresión habría nacido la cultura humana en su conjunto. El capitalismo -digámoslo así- se apoya en la audacia de la estética, matriz de objetividad mundana, para reivindicar la audacia contra los límites -morales y materiales- como el contenido mismo de la felicidad y la civilización humanas.
Pero esto es lo que yo llamaría una “trenza de sentidos”: para anclar en la cultura griega esta “audacia contra los códigos” hay que deformar y enredar mucho el espíritu original. Los griegos mantenían una relación muy ambigua con las grandes gestas de los héroes; admiraban y reconocían su contribución individual al bienestar de los hombres, pero también las temían y trataban de impedirlas o, al menos, de no estimular su imitación. En el mundo de hoy, en el que internet hace girar millones de fotos y vídeos de amantes desnudos, la audacia de Callagan y Weston aparece como un acto pionero individual muy modesto a la luz del tsunami que liberó. Había que “romper esos códigos morales” una primera vez para que esa “ruptura” se incorporase a la naturaleza cotidiana de la “libertad humana” junto a la mini-falda y el divorcio . Pero para los griegos la audacia de Callagan y Weston era todo lo contrario de un progreso. De hecho, Heródoto cuenta la historia de Candaules, rey de Lidia, quien estaba tan enamorado de la belleza de su mujer que quiso mostrársela desnuda a Giges, el primero de sus lanceros, acción que fue la causa de que perdiera al mismo tiempo su esposa y su reino. Los lectores de Heródoto extraían de esta historia una lección que hoy consideraríamos puritana y moralista: la de que “romper los códigos morales” entraña un castigo casi automático y, lejos de aumentar la libertad de la humanidad, destruye la existencia y la fortuna del atrevido.
En cuanto a Prometeo, su famosísimo mito da fe de esta ambigüedad de la cultura griega. Hollywood es el molde promueven identificaciones y alineaciones netas: héroes y villanos, buenos y malos. Pero para los griegos Prometeo no era exactamente el “bueno” cuyo destino el lector seguía sin aliento, indignado por la injusticia de los “malos” que lo castigaban por su audacia. Los griegos no querían ser Prometeo, como hoy queremos ser Superman o Indiana Jones. Los griegos, que agradecían a Prometeo su regalo, contemplaban al héroe con desconfianza y reticencia. Les parecía peligroso. Su historia no era un cuento de buenos y malos en el que Prometeo, abnegado y heroico, nos entregó la civilización y los malvados dioses lo encadenaron y torturaron por ello. Para los griegos, si era positivo que Prometeo robara el fuego, era justo que se le castigara por ladrón. Los griegos no tomaban partido por uno de los dos (Prometeo o Zeus) sino por los dos al mismo tiempo. Los dos gestos eran necesarios; y agradecían a los dioses que contuvieran y eventualmente castigaran esas iniciativas individuales “excesivas” o transgresoras, incluso si beneficiaban a los seres humanos. De algún modo percibían que en el fuego de la cocina estaba ya el cañón, Hiroshima y los hornos del Holocausto. Y -por supuesto- que no se puede enseñar a los hijos a robar.
Esto es lo que no se comprende desde el mercado capitalista: que lo que da valor al robo de Prometeo no es que robara sino que robara el fuego. La belleza y el bien estaban en el fuego, no en el gesto. Se nos olvida que no admiramos a Prometeo por ladrón sino por benefactor; y se nos olvida que igualmente benefactores eran los dioses que lo castigaron por romper, como Callahan y Weston, “los códigos morales”. El mito de Prometeo, releído desde la tecnología y el capitalismo, alimenta y legitima la ilusión de una correspondencia estricta entre los avances de la ciencias -contra los límites de la oscuridad- y la “superación” de todos los límites, sociales o morales, por parte de las multinacionales y los individuos: la “moral” es una superstición, como la “generación espontánea” o la “autocombustión”. Cada vez que sentimos que no debemos hacer una cosa (desnudar en público a nuestro amante o derretir un glaciar) lo hacemos con la certeza de que ese “sentimiento moral” es un residuo evolutivo y esa infracción la garantía de que nuestro gesto es bueno, bello y verdadero. Prometeo robó el fuego; pero el verdadero progreso será el de incendiar la tierra entera. Dejemos a un lado los prejuicios morales y atrevámonos. Todo lo que es “vistoso”, todo lo que “suena”, es hermoso.
En términos estéticos, podemos decir que el misterio del arte desaparece con esta interpretación “burguesa” del mito. A veces la belleza -como el bien- exigían cometer una infracción, pero la infracción no dejaba de serlo por eso, ni la belleza residía en ella. Hoy creemos haber descubierto el mecanismo de todos los progresos y lo aplicamos conscientemente, con independencia del contenido: creemos que basta cometer una infracción para que el resultado sea bello o bueno y, por lo tanto, para que la infracción deje de serlo. Todo lo que quiebra un límite es liberador, ya se trate de una cremallera o de una montaña. Pero no. Es exactamente al revés: no hay belleza -ni bien ni liberación- sin límites: los cuerpos y el horizonte enmarcan todo el bien y la belleza del universo. Y si a veces hay que desobedecer las leyes -hacer, por ejemplo, una revolución- es precisamente porque nos preocupan los contenidos. No tengo nada contra una democracia formal, porque las formas también cuentan; lo que no debemos aceptar de ningún modo es una permanente revolución formal y precisamente porque destruye, junto con las sustancias, todos los moldes. El mercado capitalista, que desprecia los bosques y las manos, no permite conservar ni siquiera las formas. Esa es la verdadera tarea del héroe: dar a cada mano su guante, a cada rostro su molde.
Y en cuanto a robar, sólo a los dioses... o a los bancos.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Fahrenheit 451

Fahrenheit 451: la temperatura a la que el papel se enciende y arde.

Guy Montag es un bombero y el trabajo de un bombero es quemar libros, que están prohibidos porque son causa de discordia y sufrimiento. El Sabueso Mecánico del Departamento de Incendios, armado con una letal inyección hipodérmica, escoltado por helicópteros, está preparado para rastrear a los disidentes que aún conservan y leen libros.

Como "1984" de George Orwell, como "Un mundo feliz" de Aldous Huxley, "Fahrenheit 451" describe una civilización occidental esclavizada por los medios, los tranquilizantes y el conformismo. La visión de Bradbury es asombrosamente profética: pantallas de televisión que ocupan paredes y exhiben folletines interactivos; avenidas donde los coches corren a 150 kilómetros por hora persiguiendo a peatones; una población que no escucha otra cosa que una insípida corriente de música y noticias transmitidas por unos diminutos auriculares insertados en las orejas.

Nos encontramos ante un modelo de sociedad perfecto, ¿o, no? Todo parece estar previsto, hasta la felicidad de quienes la componen. El dilema se establece entonces con el papel del individuo y cuál es su grado de libertad. Esta cuestión ocupa y preocupa a muchos intelectuales en la actualidad. Debemos renunciar a una parte de nuestras libertades por ganar en seguridad o hay un límite en el que cabe asumir un cierto grado de incertidumbre (uno de los aspectos que definen la vida), donde no todo quede regulado.
Cuidado, estamos avisados contra la trivialidad como forma de vida. El ser humano, por evolución, se ha ganado la capacidad de ser algo más que un simple televidente, un ser que vive sin encontrar un sentido, una persona que ocupa su tiempo en conversaciones vacías, alguien que desatiende la cultura como si de agua hirviendo se tratara…
El autor dibuja un mundo que surge como consecuencia de no atender a las advertencias expuestas. Así, ahora a la realidad se le ha dado la vuelta y nos encontramos bomberos con lanzallamas, barras por las que se deslizan hacia arriba, rechazo a la palabra escrita como reflejo de la cultura… Nuevamente cuidado, pues podemos hacer algún paralelismo con nuestro mundo que no resultaría demasiado forzado.
El autor, al comienzo del libro, cita a Juan Ramón Jiménez: “Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado”. La frase es una advertencia y, a la vez, encierra un contrasentido. Tiene la forma de una frase imperativa y sin embargo recomienda lo contrario.
La palabra intelectual se convirtió en el insulto que debía ser”. Desde luego los modelos de éxito que inundan los medios de comunicación tienen más que ver con la farándula y el deporte como objetos de entretenimiento que el mundo científico e intelectual. Quizás sea exagerado, pero esta frase nos pone sobre aviso de cuáles son los riesgos que corremos.
No todos nacimos iguales y libres como dice la Constitución, sino todos hechos iguales”. Esta es una de las consecuencias en las que puede devenir una mala gestión de la democracia. Cuando se trata de igualar, puesto que no todos somos igual de altos, solo cabe hacerlo cortando las extremidades inferiores, así se logra que todos estén a la altura de los más bajos.
Cada hombre, la imagen de otro. Entonces todos felices”. Es inevitable que nos preguntemos dónde queda la genialidad. Qué habría de pasar con los gigantes que han impulsado a la humanidad;  hombres de la talla de Buda, Sócrates, Newton, Da Vinci…
Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión para preocuparle; enséñale solo uno. O, mejor aún, no le des ninguno”. Esta teoría podría suscribirla cualquier tirano actual o pasado. Someter gracias a la ignorancia de la masa es una tentación demasiado grande para quienes ostentan el poder.
Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares…”.  De qué mundo estamos hablando, del que ha recreado Bradbury o quizás nos sugiere algo de este que consideramos real. Estemos atentos, no vayamos a descubrir demasiado tarde que los bomberos no portan mangueras sino lanzallamas.
Atibórralos con datos que no combustibles, lánzales encima tantos hechos que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a la información”. En la edad media se mantenía sometida a la gente, entre otros motivos, a causa de una limitación extrema en la transmisión de conocimientos. En la actualidad se ha conseguido prácticamente lo mismo con una estrategia distinta. El volumen de información que recibimos es tan exorbitante que impide poder atender cualquier noticia. En el espacio de un telediario podemos asistir a tantas guerras, atentados, epidemias y hambrunas que al finalizar tendríamos dificultades si quisiéramos recordarlas todas.
Una vez más, nos encontramos ante uno de los mitos más recurrentes del pensamiento y la literatura. Nos referimos al “mito de la caverna” expuesto por Platón en su obra La República. Unos pocos mueve los hilos y todos los demás asistimos a la representación convencidos de la autenticidad de lo allí contado. Afortunadamente, siempre nos queda la esperanza de que alguien, con las condiciones adecuadas, pueda romper las cadenas, descubrir la realidad de las cosas y tener la generosidad necesaria para transmitírnoslo a los demás.
Cuando se ha llegado a un punto como el dibujado por el autor en su libro, la regeneración es posible si el cambio es lo suficientemente drástico para conseguirlo. Los intelectuales de este mundo confían en los efectos de la guerra para volver a un punto de partida donde el mundo pueda volver a inventarse, esta vez mejor y más justo.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Carta de José Saramago

Querida Pilar,

Aunque sabes que siempre he sido ateo, nunca he renunciado al sentido filosófico de la vida. Nosotros, los ateos, somos las personas más tolerantes del mundo. Es cierto, me voy de algún modo, pero no olvides que el viaje no termina jamás y que también los viajeros persisten en la memoria, en la narración. Tal vez estoy en un momento en que creo, tontamente, saber algo de la vida.

Me mantuve alejado del poder, al menos del poder formal, instituido. El poder lo contamina todo, es tóxico. Es posible mantener la pureza de los principios mientras estás alejado de él; pero siempre he creído que necesitamos llegar hasta él para poner en práctica nuestras convicciones; por eso mi espacio de resistencia son mis textos, mis historias; esa cofradía de personas, épocas, contextos, invenciones que me han acompañado.
(…)
He cuestionado muchas veces mi defensa de este mundo, y de los hombres que lo habitan, pero cómo no dudar de un mundo que puede mandar máquinas a Marte y no hace nada para detener el asesinato de un ser humano. Tú mejor que nadie sabes que no he sentido jamás la necesidad de un triunfo, de tener una carrera o ser reconocido. De igual modo, he aprendido a no intentar convencer. El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro. Creo que solo he tratado de entender y explicar este mundo.
(…)
Pero a esta hora, esas cosas son solo nomenclaturas que van y vienen. A fin de cuentas, somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos. Te agradezco estos años aunque estoy convencido de que el nombre sustituye lo que somos: no sabemos nada del otro.
La memoria es selectiva y tiende a borrar las partes duras, va armando un recuerdo basado sólo en lo más dulce… Pero hay que tratar de ser honestos. Pretendemos comprender la vida a través de sus coherencias e identidades, cuando ciertamente estas se explican por sí solas y no nos aportan nada. Deberíamos buscar la comprensión a partir de sus contradicciones. Y al final descubrimos que la única condición para vivir, es morir. Algunas veces, las vidas largas significan soledad… Solo te pido que llegado el momento, esparzas mis cenizas al pie de un olivo, hay uno de mi infancia que recuerdo especialmente. Tengo tan presente a ese niño como si fuera por ahí, llevado por él, de la mano.