Nadie
camina sin rumbo. Ni los locos. Al final de cada trayecto espera algo
con suficiente valor como para hacer el esfuerzo de cubrir la distancia.
Yo lo sé bien. Hasta los paseantes que deambulan, cambian de rumbo,
vuelven atrás, se detienen… hasta ellos persiguen algo, tal vez sólo una
sensación de desembotamiento o de liberación, pero que puede rastrearse
en sus idas y venidas.
Tú
no caminas sin rumbo, por más que no llegues a ningún sitio. Al
contrario, tu camino es seguramente el más exacto y minucioso que se
puede realizar, mucho más que el avance tosco de quien se dirige a una
meta localizada en un punto al que accede tras un puñado de pasos
imprecisos y aproximados. Para llegar a donde tú vas hace falta acertar
en cada movimiento, porque cada uno, si es incorrecto, puede alejarte de
tu objetivo para siempre. Tu objetivo es no ser descubierto. Realizar
tu actividad sin dar la menor pista de lo que buscas, aunque te obligue
incluso a perderlo. Mientras no te descubran podrás seguir, da igual
tras quién.
Pero
yo te he descubierto. Ha sido difícil, lo reconozco. Estuviste a punto
de convencerme de que eras la excepción. Sin embargo, hoy has cometido
un error. O tal vez no has contado con que te siguieran tanto tiempo. O
tuviste demasiada suerte, decidiste jugártela y has perdido. Tu éxito
era lo que yo necesitaba para resolver el enigma. Sin esta pieza final,
sin esta noche pasada en un hotel, tus comportamientos fragmentarios no
habrían tenido nunca sentido para mí. Ahora, sin embargo, sé que no
pierdes la mirada en la multitud, sino que la fijas en una mujer que
pasa intentando detectar en ella claves que te permitan abordarla. Sé
que tus caprichosos cambios de ritmo obedecen a los de ella, con
respecto a la cual te sitúas para seguir observando, te preparas para
abalanzarte desde la más perfectamente diseñada casualidad. Sé a ciencia
cierta que cambias de área porque sabes que alguien pasará por allí,
alguien para quien ya tienes un plan que ningún observador casual podría
considerar premeditado. Y estoy seguro de que esas notas que tomas no
son impresiones, ni reflexiones, ni
recuerdos inesperados que deseas conservar, ni versos de un poema que
dejas iniciado para terminar algún día. Estoy seguro de que llevas un
diario pormenorizado de lo que observas y lo que haces que suceda, y
estoy convencido de que lo consultas y analizas para confeccionar tu
siguiente plan de la manera más eficaz que eres capaz de concebir.
Te
tengo. Eres justo lo que tu mujer sospecha que eres. No, eres mucho
más. Eres lo que ella no podrá sospechar nunca que llegas a ser. Porque
ella piensa que la engañas, pero jamás imaginaría cuánto esfuerzo pones
en engañarla, cuánto compromiso, cuánto ardor. Ella cree que tienes una
amante. O quizá varias. Pero ni siquiera se le podría ocurrir que tu
verdadera traición es este laberinto de ardides construido para tener
una vida con ella y, a la vez, fuera de ella. Ella no puede imaginar que
tu adulterio es continuo, sofisticado y furioso, no con otra, sino con
otra forma de vivir. Me pagó para que descubriera si te ausentas para
acostarte con otra mujer. Pero tú no tienes una doble vida con otra
mujer. Tienes una doble vida contigo mismo, nada más, y de esa compañía
nunca podrá separarte.
Esperaba
encontrar a un adúltero con el que convencerla de que siguiera
pagándome. Pero eres un monstruo, un monstruito, que ella no querría
descubrir nunca y por el que no me va a dar nada. Disfruta de tu noche,
aberración. Eres libre.
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