Me
preguntabas, emocionada, si se podía amar más; si era posible alcanzar
un sentimiento más intenso que el que habíamos alcanzado nosotros. Nunca
vamos a olvidar cómo nos desesperábamos, el uno frente al otro, el uno
con el otro, en los brazos del otro, sin saber qué beso, qué caricia,
que palabra serviría para calmar la ansiedad que nos producía el no
llegar a expresar cuánto nos queríamos.
Recordaremos siempre las
risas nerviosas, agotadas, la renuncia divertida a lograr jamás verse
uno satisfecho del otro, la postergación interminable para separar las
pieles, la frustración por no poseer cuerpos planos, que contactaran
entre sí en el cien por ciento de su superficie, la pertinaz tendencia a
hablarnos con susurros, como si no quisiéramos nunca ser más duros que
una caricia. El orgullo, sobre todo, mayor cuanto mayor era nuestro
amor; cuanto más pensábamos que hacíamos lo que se debe hacer y todo el
mundo espera lograr para sí mismo, pero no logra.
Y tu pregunta, tu broma
de perplejidad ante la magnitud insuperable: “Mi vida, ¿se puede llegar a
amar más de lo que nos amamos nosotros?”
Teníamos un truco:
habíamos encontrado el secreto para llegar hasta un lugar más alto.
Descubrimos que muchos se ven frenados por la tentación de decidir en
nombre del otro. Que en el momento en el que confundían amor con
posesión, al primero lo sustituía la lucha por el territorio hasta el
agotamiento o la sumisión. Nosotros no lucharíamos. Nos regodearíamos en
nuestra libertad intacta. Nos congregaríamos alrededor de nuestro
sagrado derecho a hacer sin que el otro fuera más que el objeto de
nuestra admiración por su alarde de respeto. Y en esa paz infinita,
terreno libre y fértil, sin techo ni fronteras crecía, tú lo sabes,
nuestro amor, como el de nadie podía llegar a crecer. Estábamos
hinchados por una potencia incontrolable que ya era más grande que
nosotros, que había ya superado nuestras dimensiones, dejando de estar
en nuestro interior, y liberándonos ahora dentro de ella, flotando
azarosos y felices en una atmósfera que era pura de amor.
Ahora sé que aquel
deslumbramiento no era el amor infinito. He aprendido que cualquier
norma puede ser superada si el deseo es suficientemente grande. He
aprendido que una regla autoimpuesta tiene siempre un límite en su
capacidad de contención. Ahora conozco el siguiente paso, el que hay
después de nuestro pacto, el paso para el que no disponemos de pacto ya,
y que es el momento siguiente a todos los que parecen momentos
definitivos.
Siempre, amor, hay un
amor más grande que el último límite, y yo he llegado a él. Ahora te
quiero más allá de trato alguno, de reglas, de principios y de razón. Te
quiero tanto que me es posible sentir nuestra armonía hasta allí donde
ni siquiera sabes que has estado, a pesar de saber que no lo sabes y de
que tú, en realidad, no sientes armonía alguna. Tanto te quiero por todo
lo que haces que mi admiración me ha dejado atrás, muy atrás, incapaz
de compararme contigo, ni de creer que tú puedas jamás admirarme así. Te
quiero tanto que mi deseo de darte llega siempre más allá de lo que
tengo para ti. Tanto, tanto te quiero que nada tuyo puede no
obsesionarme hasta lograrlo.
Ahora sé que éste es el
amor definitivo y completo; que querer del todo es crecer por encima del
máximo control del que uno pueda hacer acopio, y que superado y vencido
el control, arruinado y perdido el orden, uno llega, por fin, a no
tener más amor que dar.
Siempre me has tratado de
la manera más extraordinaria posible, pero ya no me es suficiente. Hoy
te he odiado por primera vez, mi amor. Al sentir por primera vez el
deseo de luchar contra ti he decidido saltarme la batalla y, derrotado,
he aceptado odiarte.
Cuando sólo nos odiemos
no recuerdes con nostalgia el momento en el que sólo nos amábamos.
Recuerda esta carta, recuerda éste momento, en que por fin logré
quererte tanto que no pude evitar odiarte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario